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Los falsos profetas

Las ambiciones se sirven de crisis, la democracia usada de forma instrumental lleva (muchas veces) al poder a falsos profetas



Aunque la derrota de Donald Trump en las primarias de Iowa este lunes es un trompazo a sus ideas extremistas, no está todo dicho. El millonario es favorito para ganar en New Hampshire este nueve de febrero, y la carrera por la nominación presidencial republicana apenas empieza; entonces la duda planteada por el periodista Jorge Zepeda, director de la revista mexicana Sin Embargo, sigue vigente: El misterio no es que Trump goce de tanta popularidad, sino el hecho de que millones estén dispuestos a votar por él para presidente.

Una parte de la base republicana —conservadora, amante de las armas y propensa a creer que todo es “comunismo”, en un estancamiento propio de la Guerra Fría— ha encontrado en Trump una respuesta práctica a la “crisis” de Estados Unidos: desaparecer al Estado Islámico con bombas indiscriminadas, prohibir el ingreso de musulmanes al país, y levantar un enorme muro en la frontera con México, entre otras propuestas estrafalarias y racistas. Dice Zepeda que Trump ha puesto “palabras a los sentimientos inconfesables de muchos norteamericanos resentidos”.

Sacando partido de esa “crisis” es que Trump, con buena presencia mediáti-ca, ha liderado el panorama republicano. Un profeta de palabras duras y embadurnadas de “pragmatismo” que pretende “sacar” a Estados Unidos del “fiasco”. Un tono republicano contra Obama (¿será por negro y porque han torpedeado la mayoría de sus iniciativas?) pero exacerbado.

Guardando todas las distancias, otros siniestros personajes han aprovechado las crisis para apelar al nacionalismo y, de esa manera, despejan su camino al poder consiguiendo espacio para encumbrar sus proyectos autoritarios.

Quizá si el Tratado de Versalles, tras finalizar la Primera Guerra Mundial, se hubiese ceñido a los 14 puntos propuestos por el presidente estadounidense Wilson, las sanciones económicas impuestas a Alemania no habrían sido tan fuertes. Los pagos que el Estado alemán debía honrar lo llevaron a la ruina. Eso alimentó los argumentos de Hitler, quien siempre condenó Versalles y recurrió al ultra nacionalismo para ir ganando espacio.

El habilidoso discurso del líder nazi cautivó a parte de los alemanes hartos de la miseria. Buscó culpables por doquier: socialistas, comunistas y judíos incluidos. Aunque Hitler no pudo al principio con la fuerza de sus “camisas pardas”, cuando recurrió a la democracia de forma instrumental no obtuvo tan buenos resultados. Sin embargo, tras sucesivas elecciones el nazismo logró más del 40% de apoyo del electorado, y con truculencias y negociaciones pavimentó su camino hacia la Cancillería, con la promesa de convertir de nuevo a Alemania en una gran nación. Así se gestaba el Tercer Reich, con la creencia de Hitler de su excepcionalidad, como Trump, según él, destinado a devolverle el esplendor a Estados Unidos. Un buen negocio: sacar partido de las crisis y de los ciudadanos ávidos de soluciones.

Dice la canción de Sabina que “en tiempos tan oscuros nacen falsos profetas”. En España, la formación “izquierdista” Podemos capitalizó con la crisis de los indignados. Lograron un buen resultado electoral y ahora están en la tercia para formar gobierno. Nadie niega que el desempleo, la desigualdad, la corrupción de los dos viejos partidos y la monarquía son el cáncer de esa sociedad, las banderas de Podemos. Pero la agenda de los dirigidos por Pablo Iglesias posee rasgos autoritarios detrás de esas reivindicaciones. Guardando las distancias, pretenden usar la democracia de forma instrumental para consolidar un proyecto político que reviente las reglas de la convivencia democrática. Es lo que hemos visto (bastante) en Latinoamérica; en nombre del “pueblo” se destruye la institucionalidad, la separación de poderes, las normas democráticas y en casos extremos, como en Nicaragua, las elecciones libres y transparentes. No es malo apoyar ni que exista Podemos, el punto es saber leer su comportamiento para evitar males mayores. Hasta ahora, en palabras del ex presidente Felipe González, han sido “puro leninismo 3.0”.

Las ambiciones se sirven de crisis, la democracia usada de forma instrumental lleva (muchas veces) al poder, el poder abre muchas posibilidades, entre ellas el autoritarismo como forma de gobierno. Ya sea autoritarismo blando, duro o sustentado en el racismo y la megalomanía. Para mientras veamos lo qué sucede en New Hampshire, ¿no perderá votos Trump aunque se pare en medio de la Quinta Avenida y le dispare a alguien?