Opinión

Los reyes magos, tampoco

Managua

Son innumerables las necesidades en nuestro pobre país, que podrían ser atendidas con éxito con recursos que el gobierno invierte en “obras” circences



Las relaciones desiguales entre las naciones grandes y las pequeñas, es un fenómeno que corresponde al carácter de esta época. Es un fenómeno universal propio y originado con el desarrollo capitalista.  En consecuencia, esas desigualdades se experimentan en mayor medida y en detrimento de la vida política, económica y social de las naciones más pobres como Nicaragua. Mucho o algo de esas consecuencias las seguimos experimentando en nuestro país, con el cercenamiento arbitrario de la institucionalidad y los derechos democráticos que practica el gobierno, lo que ha impulsado a un sector de la oposición a buscar –como es su costumbre— el apoyo del padrinazgo que Estados Unidos ha ejercido históricamente.

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El nombre que ahora ostenta el instrumento del gobierno estadounidense para hacer patente su ejercicio imperial paternalista, se llama “Nica Act”. No sé cuál es el significado de esa palabrita, ni es de mi interés saberlo, porque es obvio que está sirviendo como pretexto y canal transmisor de la influencia gringa y es un nutriente de las vanas esperanzas de ese sector opositor en lo que quiera determinar el congreso del gran padrino, respecto al “Nica Act”. Al mismo tiempo, el mismo gobierno autor y promotor de las violaciones contra la institucionalidad, busca cómo neutralizar sus posibles efectos recurriendo al mismo Congreso. La oposición no escarmienta con la fracasada gestión de Luis Almagro, de quien aún espera soluciones a sus inquietudes a nombre de la OEA, alcahueta de gran padrino.

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Defraudados por el Santa Claus de la OEA, ahora algunos opositores de varias tendencias políticas depositan su fe en lo que el Congreso gringo quiera decidir sobre la aplicación o no del “Nica Act” contra Ortega, y este se apresta a saquear los recursos públicos para comprar los servicios de unos parásitos llamados “lobbystas” para que, a su vez, traten de comprar la voluntad de los congresistas. Al parecer, esos opositores ni siquiera imaginan que lo máximo que puede hacer Almagro para frustrar la amenaza con el “Nica Act” sería montarles un “diálogo” con Ortega para que les haga pequeñas concesiones y unas promesas “democratizantes” para después de sus otros cinco años en el poder. Más que eso, ni san Almagro lo lograría. ¿Por qué?

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Porque está claro que Ortega no les quiere hacer ni promesas, y prefiere ofrecer 420 mil dólares mensuales a los “lobistas” parásitos. Es su “Act Nica” para evitar el “Nica Act” gringo y no ceder nada o muy poco a la oposición. El cacareado “Nica Act”, más parece un motivo de diversión para los “politólogos mediáticos” que creen conocer hasta de lo que sueña cada congresista gringo. También cantinflean sobre el caso con un sí o un tal vez no, con lo cual sacan pecho de tanta satisfacción que le causa sus adivinanzas. Entre tanto, en las esferas públicas –privadas y oficiales— juegan tan fácilmente con las cifras millonarias que se derrochan como solo pueden hacerlo quienes no hacen mayores esfuerzos para obtener algo de esos millones, ni les cuesta producirlos ni pagarlos.

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Y ahí, por debajo de ese escenario, está la dramática paradoja: a los sectores del pueblo que trabajan y poco agarran de lo que producen, y sobre quieres recae el trabajo de pagar los intereses de las deudas millonarias, no les pareciera un asunto grave ni les genera mayor preocupación. Tan adormecidos parecen, por efecto de la manipulación ideológica e informativa mediática, que no relacionan mucho los gastos para mantener el parasitismo político y el fachadismo oficialista con los recursos saqueados al Estado que deberían invertirse en los destartalados hospitales públicos, carentes de condiciones apropiadas para recuperarle su salud cuando lo necesitan.

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Y mucho que lo necesitan, pues solo basta recordar que tres de los cuatro hospitales públicos (el Manolo Morales, el Lenin Fonseca y el Berta Calderón), fueron construidos de emergencia como centros de salud después del terremoto de 1972 y, hasta ahora… ¡después de 44 años! están terminando de construir el primer hospital público de verdad en Managua. Igual cosa puede decirse acerca de la educación, porque la salud y la educación son dos de las áreas en donde los empresarios privados y políticos oficialistas se despachan muy bien con sus negocios en salud y educación, disponibles solo para quienes pueden pagar sus servicios.

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Y si fuera necesario, pero realmente no lo es, aquí cualquiera es capaz de abundar en ejemplos y detalles de las necesidades sociales que requieren atención del Estado y de cómo este demuestra no interesarles nada, mientras derrocha el dinero en “obras” de fachada como los altares dizque en “honor a la virgen” y al “niñodios”, para deslumbrar a ingenuos. Si se trata de los árboles de lata, quizás con lo que gastan en un mes en energía, podría solventarse el problema de las inundaciones de la capital después de cualquier aguacero. Son innumerables las necesidades en nuestro pobre país, que podrían ser atendidas con éxito con los recursos que el gobierno invierte en “obras” circences.

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Cuando ya nos estamos “acostumbrando” a tanta fanfarria ridícula pagada con recursos del pueblo por el “Chayismo”, y como si eso fuera poco, ahora el gran hermano invertirá en “su defensa” 420 mil dólares mensuales –y nadie sabe por cuánto tiempo— para librarse de las amenazas gringas, en vez de invertir inteligencia –por muy poca que fuera—, podría evitarse muchos inconvenientes como gobernante y a Nicaragua el derroche de sus pocos recursos. Y el sector de la oposición que tiene depositada sus esperanzas en los reyes magos del Congreso gringo, debería invertirlas en el pueblo, y junto a las organizaciones sociales, los sectores gremiales y políticos de base de cualquier partido e ideología organizar un gran movimiento de masas sin exclusiones ni sectarismos, como la única forma patriótica y democrática de establecer un gobierno progresista y honesto.

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Por supuesto que, antes de ponerse a pensar en la urgencia de organizar ese movimiento de masas amplio, los políticos opositores necesitan cambiar esa mentalidad de “cipayos indios” respecto a los Estados Unidos. Pero no solo deben dejar de estar a su servicio ideológico y dejar de pensar –si es que aún les queda un poco de nicaraguanidad— como estadounidenses sobre los asuntos políticos. Que piensen alguna vez, en que ese país no tiene ningún interés de resolver los problemas de Nicaragua cuando se decide a intervenir, sino solo en sus propios intereses imperiales; en que le vale poco o nada la institucionalidad violada de nuestro país, siendo que el suyo se la ha violado con sus intervenciones armadas muchas veces.

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Son muchos los políticos que, con máscara democrática y hasta de izquierda, pregonan la idea falsa de que eso del imperio “era antes” y que ahora la política exterior estadounidense se guía por intereses, algo así como “fraternales”, para proteger la democracia en este continente y en el mundo. Para ellos, allá no hay transnacionales, ni productores de armas interesados en el doble negocio de provocar guerras para buscar quien se las compre y capturar los recursos naturales cuando traidores y patriotas ya están vencidos o muertos. Y no son pocos quienes, se han vuelto fieles creyentes del ejército mediático, un ejército que, con sus periodistas y comentaristas, es capaz de matar conciencias con más eficacia con que los ejércitos armadas matan los cuerpos. Si se liberaran de sus cadenas ideológicas, podrían obtener lo que no les pudo darles Santa Claus y tampoco les darán los reyes magos.

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Ruperta y Ruperto

  • Contestame esta pregunta, Rupertó, acerca de cuál es la verdadera gobernante: ¿la que se dice Socialista, Cristiana y Solidaria, o la que hace cosas como una Socia Lista, comete hipocresías como una Cristera y parasita como una Solitaria?
  • Esa pregunta no se pregunta, porque tiene muy fácil respuesta; es como si yo te preguntara: Ruperta, ¿qué nutriría más a un pobre: ver los altares en la Avenida Bolívar durante tres horas al día, o ver tres veces al día un plato de comida en su mesa?

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