Opinión

Los símbolos insurrectos

Nunca como en estos días, la bandera de Nicaragua ha estado presente en todas las expresiones de movilización social



Uno de los rasgos más importantes de la Insurección de Abril, como se le está llamando al nuevo ciclo de movilización social en Nicaragua, es la disputa de los símbolos del poder. Durante diez años, el Gobierno Ortega-Murillo construyó símbolos poderosos que incluían sitios, colores, mensajes y música, entre otros, y los impuso a la sociedad nicaragüense a través de sus medios de comunicación y los discursos oficiales. La movilización de las últimas semanas no sólo los derribó, sino que los ha vaciado de significado. Todos están en disputa ahora.

Los primeros símbolos en caer fueron los llamados “árboles de la vida”, que la gente ha bautizado como “arbolatas” o “chayopalos”; un poco más de 100 estructuras metálicas de colores que la vice presidenta Rosario Murillo mandó a instalar mayoritariamente en Managua y que desde el inicio fueron identificadas como los íconos que representaban al poder. Los chayopalos fueron los primeros blancos del enojo estudiantil después de la represión inicial. Los estudiantes los quemaron y luego los derribaron de uno en uno hasta un total de 9. Las explosiones de júbilo de las personas que presenciaron su derribamiento son más que evidentes, y muestran la animadversión que alimentaron, primero porque fueron impuestos; porque la gente los asocia a la figura de Murillo y porque su derribamiento pareciera anticipar el deseado propósito de las protestas: el fin del Gobierno Ortega-Murillo.

Las calles y sitios públicos son otros símbolos importantes que la gente también le ha disputado duramente al poder. Las sistemáticas y masivas marchas realizadas en las principales ciudades del país despojaron al Gobierno de las calles, un espacio que se había convertido en su propiedad exclusiva, impidiendo sistemáticamente y con todos los recursos de la fuerza, cualquier expresión pública que no fuera avalada u organizada por ellos. El Gobierno perdió las calles desde el día que los estudiantes que protestaban por la negligencia en atender el incendio de la reserva biológica Indio Maíz, enrumbaron su marcha hacia un punto distinto del anunciado y llegaron hasta un sitio emblemático para el poder: la llamada Plaza de las Victorias. La repentina decisión de los jóvenes, los tomó por sorpresa y cuando reaccionaron, ya era tarde. Los jóvenes habían llegado al lugar. Las multitudinarias marchas en diferentes ciudades del país los días 23 y 28 de abril, así como la marcha realizada en la ciudad de Masaya el pasado 6 de mayo también son una muestra de la apropiación de un espacio que a la vez es un símbolo. La gente ha salido a las calles sin miedo y a pesar de la represión abierta.

Lo mismo ha sucedido con numerosos sitios públicos considerados emblemáticos por el Gobierno. Es el caso de las rotondas, o redondeles, en Managua, especialmente la Jean Paul Genie, donde los manifestantes colocaron un altar público dedicado a la memoria de los jóvenes asesinados en esta jornada de Abril y que desde los primeros días de las protestas se convirtió en un punto crítico. El Gobierno lo ha mandado a destruir varias veces y la gente vuelve a instalar las cruces, banderas y carteles en homenaje a los jóvenes. Otro sitio disputado es la llamada Plaza de las Victorias, también en Managua. Hasta antes de ahora, el Gobierno nunca había permitido su ocupación e impidió cualquier marcha o movilización en el sitio aun a costa de utilizar la fuerza bruta. El 30 de abril, cuando el Gobierno organizó su última movilización importante, la Plaza de las Victorias lucía bastante despoblada.

Otro sitio emblemático es el reconocido barrio indígena de Monimbó en la ciudad de Masaya, el cual ha sido considerado históricamente como un lugar de resistencia y lucha popular. Insurreccionado desde los primeros días, levantó nuevamente barricadas y se lanzó nuevamente a las calles para protestar contra el Gobierno. La ciudad de Niquinohomo también es considerada un lugar simbólico por ser la cuna del General Augusto C. Sandino, la figura cumbre del sandinismo. Apropiada como patrimonio cuasi personal por la vice presidenta, la ciudad de Niquinohomo ha sido uno de los sitios más violentamente disputados durante los últimos días. Los pobladores insisten en pintar el pedestal de una estatua de Sandino en los colores azul y blanco, mientras que los simpatizantes de Ortega la pintan de rojo y negro. Luego de dos marchas multitudinarias y violencia policial, prevaleció el azul y blanco. Sandino no es más una propiedad personal, sino un patrimonio verdaderamente colectivo.

Las consignas, la música y los colores también han sido arrebatados al poder. Conocidos e históricos lemas y canciones como “El pueblo unido jamás será vencido” y “Qué vivan los estudiantes”, son parte del legado musical que acompañó la lucha contra la dictadura somocista. Los estudiantes y la gente se las ha apropiado nuevamente. El himno nacional, poemas, así como una nueva y abundante producción artística nacida de estos días de Abril, se han sumado como símbolos resignificados o nuevos. Los colores han adquirido una dimensión y un sentido especial para la movilización social. El rosado fucsia impuesto por la vice presidenta Rosario Murillo desde hace diez años, ya no prevalece más y por encima se han impuesto el azul y blanco de la bandera nacional. En todas las marchas, los jóvenes pasan pintando árboles, carteles, paredes y cuanto pueden con el azul y blanco. El mismo Gobierno se ha visto obligado a borrar el fucsia de los edificios públicos donde prevalecía en abundancia, repintándolos con el azul y blanco.

Pero tal vez uno de los símbolos más resignificados y revitalizado es la bandera nacional. Nunca como en estos días, la bandera de Nicaragua ha estado presente en todas las expresiones de movilización social. Nunca como antes, la sociedad nicaragüense se había cobijado tanto con ella, en oposición a la rojinegra que el Gobierno impuso todos estos años como símbolo de su poder dominante. La rojinegra ha desaparecido de los edificios públicos, vehículos y otros espacios donde antes se imponía; en su lugar, la azul y blanco ahora luce en las casas de la gente, en vehículos, sitios públicos, paredes, carteles y todos los lugares posibles. Ya nadie siente temor de exhibirla. Más bien, hay un enorme orgullo y alegría de enarbolar la bandera patria.

Muchos otros símbolos han nacido a la luz de esta inesperada e inédita movilización social, por ejemplo, jóvenes diseñadores gráficos han elaborado una rica y vistosa línea de carteles en clave anime para rendir homenaje a los jóvenes héroes de Abril. Las redes sociales también han dado vida a una gran cantidad de nuevos símbolos como carteles, memes e íconos. Todos ellos, los viejos resignificados y los nuevos, son una forma de expresión de la sociedad empoderada que ha vaciado de sentido a los símbolos del poder. Esos ya no dominan más.