Opinión

Medios y redes: golpes y contragolpes

Las redes sociales constituyen formidables dispositivos para vehiculizar cualquier tipo de mensajes. ¿Cómo ponerlo en duda ante evidencias académicas?



Las elecciones en Europa y Estados Unidos han
demostrado en repetidas ocasiones que se puede abusar
de las redes sociales automatizadas para minar la democracia.
Roger McNamee

I

Cuando los Toffler anunciaron cómo serían Las guerras del futuro (Plaza y Janes, 1994), certificaban que estábamos instalados en el presente. Muchísimo antes, los agoreros de todos los tiempos, habían afirmado que el siglo veintiuno comenzó el 9 de noviembre de 1989, con la caída del muro de Berlín. Como ha ocurrido siempre, las tecnologías de la información y comunicación, iniciaron su despliegue durante la Guerra del Golfo (2 de agosto de 1990—28 de febrero de 1991). El estamento militar antecedía una vez más sus usos, para luego trasladarlos al campo civil. Una constante histórica. Durante la segunda década del presente siglo, las formas de ablandamiento e intervención políticas, se han vuelto más sutiles. Más encubiertas. No por eso menos letales. Sus efectos son evidentes. El mundo de la guerra y la política es otro.

La transformación radical del paisaje mediático, propiciado por el uso intensivo de programas informáticos y redes sociales, ha desencadenado una serie de acusaciones y contracusaciones, entre grandes potencias económicas, políticas y militares. Estados Unidos, China, Alemania, Inglaterra, Francia y Rusia, viven en permanentes señalamientos de intrusión indebida en la vida interna de sus respectivos países. Ninguno queda a salvo de cuestionamientos. El momento más álgido de estas refriegas, surgió a raíz de la campaña y elección presidencial en Estados Unidos (2016-2017). Los archivos del partido demócrata fueron hackeados. Wikileaks fue el trampolín usado para filtrar los documentos sustraídos subrepticiamente. Los rusos son señalados de haberlo hecho para favorecer la elección de Donald Trump.

Las alarmas sonaron de manera generalizada, nadie quedaba a salvo de intromisiones ilegales. Surgía una nueva forma de incidir e influenciar en la política interna y externa de los países. La utilización de las redes en la conquista de la mente y corazones de los votantes fue una marejada. Su uso legal e ilegal se incrementó de manera prodigiosa. Dirigentes y gobernantes recurren a ellas. La crisis detonó al comprobarse su utilización sistemática para transmitir noticias falsas. El debate sigue abierto. Las recriminaciones contra dueños y directivos de las redes sociales, son persistentes. Ante el oleaje de diseminación de fakes news, los gobernantes exigieron y tomaron medidas inmediatas para contrarrestar la avalancha. El creciente poder de las redes desborda toda forma de contención y rendición de cuentas. Son ubicuas.

Los directos de Google y Facebook se atrincheraron. Negaron la posibilidad que las redes fuesen canales informativos. El argumento central consistió en obviar estas consideraciones. En un mundo donde la realidad virtual ha terminado por suplantar la realidad verdadera, las suyas solo eran elucubraciones para evadir responsabilidades. Internet terminó desdibujando el panorama mediático. Sus alegatos fueron rebatidos. Sostener que las redes no inciden en la conducta de las personas es una perogrullada. Una falta de consideración a la inteligencia de los mortales. Desde el ámbito del periodismo, expertos del más alto nivel, fueron los primeros en advertir y resentir las transformaciones operadas en la información. Todo cambió. La expansión de la red incidió de forma negativa en los predios de la comunicación tradicional.

El crecimiento exponencial de las mentiras —o bulos— convirtió el ejercicio de la política en un pandemónium. Los medios impresos se adelantaron en hacer un recuento de las mentiras propaladas por el candidato republicano, Donald Trump. The Washington Post y The New York Times, fueron terminantes. La carencia de filtros y la inexistencia de editores, convirtió a la red en un universo exquisito. Sujeto a conquista. Políticos y militares se sirven a la carta. Emprenden sus campañas de manera obscena, siembran mentiras, diseminan discursos xenófobos, imponen la maledicencia y odio contra las minorías raciales, sociales y económicas. La adulteración de cifras, tergiversación de la historia, manipulación de datos, alteración de ánimos, implantación de dudas y verdades a medias, en poco tiempo pasó a ser el aspecto dominante durante los cotejos electorales en distintas partes del mundo.

II

La controversia generada por líderes políticos, gobernantes, dirigentes de partidos políticos, académicos y dueños de periódicos, empezó a fructificar. Las medidas adoptadas por el Bundestag alemán, imponiendo multas millonarias a quienes difundan mensajes de odio, discriminatorios y mentirosos, fueron proseguidas por el parlamento inglés, creando la Unidad de Comunicación de Seguridad Nacional. A los centenares mentiras de Google y Facebook, hechas evidentes por los medios escritos, se suman las protestas de los usuarios. Nadie desea ser timado, menos sumergirse en un mundo donde pululan las mentiras. La gravedad del momento exige cambios. Con retraso, los dueños de las redes más grandes, han decidido modificar su actitud. De no haber sido por las presiones todo seguiría igual. ¿Será el único lenguaje que entienden?

Una inflexión significativa de los directivos de Facebook, ha sido reconocer que las redes sociales pueden dañar la democracia. Un giro oportuno ante abusos sistemáticos. Samidh Chakrabarti —responsable de producto de colaboración cívica— estableció que la red creada para acercar amigos y familiares, tardó en percatarse “que algunos actores nocivos estaban abusando de la plataforma”, aludiendo la difusión de propaganda y desinformación generada por perfiles falsos de origen ruso. Se autocritica. “Hice mal al minimizarlo. Lo admito… tenemos que ver juntos cuáles son las desventajas de las redes sociales en democracia y ver lo positivo para fortalecerlas”. Un reconocimiento tardío. Las redes sociales constituyen formidables dispositivos para vehiculizar cualquier tipo de mensajes. ¿Cómo ponerlo en duda ante evidencias empíricas?

Las redes poseen una ductilidad asombrosa y se adecúan a los usos más disímiles, no solo se circunscriben a propiciar relaciones amistosas. La certidumbre de su importancia, es aportada por los mismos dirigentes de Facebook. Chakrabarti señala que actores rusos crearon 80 mil posts en 2016. Durante los dos últimos años tuvieron acceso a 126 millones de personas en Estados Unidos. “Nos aborrece que un país use nuestra plataforma para hacer ciberguerra y dividir a la sociedad. Nos costó detectar este tipo de amenaza y tendríamos que haberlo hecho mejor”. La solución puesta en marcha consiste en exigir —a quienes se promocionan en Facebook— verificar su identidad y mostrar nombres de quienes pagan los anuncios. La contratación de 10 mil nuevas personas para que trabajen en seguridad y protección forman parte de estas medidas.

Mark Zuckerberg optó por redefinir la política de Facebook. Las exigencias se han multiplicado. Medios y enlaces pasarán por la criba de un nuevo modelo de ponderación basado en datos objetivos. No importa cuál sea su tamaño ni su tendencia política. A partir de ahora tienen un peso significativo en el sistema de valoración, el título del trabajo, quienes escriben sobre el tema y las personas de quiénes hablan. ¿Será que los usuarios puedan decidir qué es lo más objetivo? ¿Marcará esta política el declive definitivo del anonimato? ¿Evitarán la filtración de mensajes racistas y discriminatorios? ¿Desaparecerán las declaraciones atribuidas a funcionarios públicos, qué jamás han abordado determinados temas? ¿No incurrirán en abusos y lesiones a la libertad de expresión? ¡Desde ahora hay que anticipar excesos!

Las decisiones marcan la búsqueda de un reacomodo. La intensificación de golpes y contragolpes de ciertos gobiernos contra redes y medios, preludia que estamos en el inicio de nuevos forcejeos. El gobierno estadounidense exigió a Televisión Rusa (RT), registrarse como agencia del Kremlin. La réplica rusa a Washington fue de igual magnitud. La Duma Estatal aprobó una ley que habilita etiquetar como agentes extranjeros (espías), a personas físicas que reciban recursos económicos o cualquier otro tipo de ayuda proveniente del exterior. Los ingleses crearon la Unidad de Comunicaciones de Seguridad Nacional, encomendada a analizar el fenómeno de las fakes news, sus límites “e impacto en el entendimiento público del mundo y en el periodismo tradicional”. Un desafío de los tiempos. Existen otras iniciativas en marcha.

III

Al final ha ocurrido lo previsible, Zuckerberg ha insinuado su interés de participar en política. En un universo altamente tecnificado, los tecnócratas de Silicon Valley aspiran a ubicarse en primera línea. En Estados unidos todo es posible. Hay quienes han sugerido que podría ocupar la presidencia de ese país. ¡Después de Trump! ¡Cualquier cosa! podría alegarse. Google no se ha quedado atrás. Durante 2017 se metió de lleno en los juegos de poder. Gastó 18 millones de dólares para influenciar a los legisladores estadounidenses. Amazon invirtió 13 millones y Facebook 11, en la contratación de lobistas. Asistimos al despegue de acomodos y reacomodos de los líderes tecnológicos en los predios políticos. Saben que medios y redes forman la avanzadilla del nuevo entramado educativo, político, militar y económico mundial.