Opinión

México violentamente dulce

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¿Por qué México no aprendió la lección? ¿Quién responde por esos muertos y por esas lágrimas provocadas por esos muertos?



¿Qué les pasó a las pirámides de Teotihuacán durante el sismo que sacudió las entrañas de México el pasado 19 de septiembre? ¿Qué fue del Panteón Civil de los Dolores? ¿Revisaron esas tumbas? ¿Quedaron inhabitables, como el corazón de los jóvenes mexicanos que se lanzaron a las calles con palas y cascos y mazos y focos y picos a romper los pedazos de los escombros de los edificios colapsados para luego pedir silencio mientras intentaban identificar la voz de las víctimas desaparecidas que quedaron sepultadas bajo la negligencia de las compañías constructoras de inmuebles, que no cumplieron con los estándares de seguridad dispuestos en la ley de una Constitución que este año cumplía 100 años?

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Brigadas japoneses rescatan a un perro en el conjunto multifamiliar de Tlalpan, en Ciudad de México. EFE | Mario Guzmán | CONFIDENCIAL.

¿Qué pasó con doña Conchita, la señora que ofrecía pozole en Calle Sur 71, allá, por el Centro Nacional de las Artes, cuando yo le compraba atole de chocolate y charlábamos sobre las películas de Cantinflas? ¿Qué fue de la cafetería artesanal de don Miguel, que vendía granos de Oaxaca, Puebla y Chiapas en la esquina de Doctor Navarro y Doctor Lucio, donde yo iba a tomar un americano todas las mañanas mientras los vientos fríos del Valle de México sacudían el cabello largo de doña Victoria, la señora que sacaba la esencia del café desde una antigua máquina de bronce? ¿Dónde está Paco, ese muchacho de 50 años que perdió a su madre cuando tenía 10 y encontró a su padre muerto en la planta baja del edificio donde vivía mientras iba a comprarle su almuerzo, luego de reconocerse demente?

¿Dónde está Paco, repito, ese niño de 50 años que usaba la misma ropa desde hace 4, y no se bañaba desde hace meses, y tenía curtida la barba oscura, y tenía costras en el pecho blanco, y tenía el pelo tan largo y duro que se le caían los mechones en la cara como pedazos de carbón mientras sus profundos ojos verdes observaban una ciudad donde Dios no se manifestaba? ¿Qué fue de ese joven artista callejero que me mostró los secretos de La Condesa y la obra de Rafael Cauduro que inmortalizó el metro de Londres y el Metro de París en el Metro Insurgentes de la Ciudad de México? ¿Qué fue de ese Quijote del Tercer Mundo? ¿Qué pasó con ese amigo entrañable con quien recorrí la Colonia Roma-Norte, donde se cayeron edificios y casas fundadas en 1904?

¿Qué pasó con todos los gatos que vivían en la Unidad Morelos, en la Colonia Doctores de la Delegación Cuauhtémoc, allá en 102? ¿Qué fue de los gatos que se hicieron amigos míos cuando no tenía con quien platicar y me miraban con sus redondos ojos toltecas? ¿Qué fue de esos animales enigmáticos que andaban en pandillas y se echaban a dormir en las sombras, bajo los pinos, bajo los ocotes y las araucarias, cubiertos por un plumaje espeso que semejaban alfombras persas llenas de elasticidad y brillo? ¿Dónde duermen ahora? ¿Quién les da de comer si comían en esa Unidad que quedó en ruinas, como el corazón de los mexicanos que todavía socorren a sus compatriotas atrapados bajo los escombros y alzan el puño cuando piden silencio?

¿Qué fue de la copia del David de Miguel Ángel, ubicada en la Plaza Rio de Janeiro de la Colonia Roma, en el epicentro de la desgracia pronosticada? ¿Quedó entero ese David, en pie, siempre altísimo como todo monumento hecho con esmero? ¿Todavía las palomas llegan a posarse sobre sus hombros? ¿Qué fue de Marianito, ese señor de 100 centímetros de altura que trabajó como actor secundario en innumerables películas de la época del cine de oro mexicano, y vivía, apenas hace dos meses, vendiendo billetes de lotería cerca de la Avenida Álvaro Obregón, frente al Café Garat, para ser preciso, contiguo al viejo edificio donde antes había una repostería El Globo? ¿Qué fue de don Roberto, ese señor de 65 años que ya casi no miraba porque tenía cataratas, y le daba miedo operarse, y trabajaba como celador para llevarle dinero a su hija, Daniela, que descollaba con notas sobresalientes en una escuela pública del sur del DF que, al igual que la escuela Rébsamen, colapsó? ¿Qué fue de don Alejandro, el señor diabético de 45 años, que andaba en silla de ruedas y cuidaba carros frente a un OXXO mientras rodaba por las banquetas de la calzada Ermita-Iztapalapa para comprar tacos al pastor, cerca de Coyoacán, donde la Iglesia Central casi se vino abajo?

¿Qué fue de todos esos trompos de todas esas taquerías de todos esos barrios? ¿Por qué nadie habla de los camoteros en los grandes medios de comunicación que presentan la tragedia moderna como un circo rentable para la corrupción de un país con una absurda deuda pública? ¿Por qué no publican en CNN el video de Peña Nieto posando con la primera dama frente a las cámaras de Televisa para fingir que está conmovido por los cientos de mexicanos que perdieron la vida la semana pasada? ¿Hasta cuándo el pueblo mexicano seguirá permitiéndolo? ¿Hasta qué punto, este terremoto, no provocará un tsunami social necesario? ¿Quién dijo que los jóvenes eran una masa de apáticos? ¿Una bola de agachados?

¿Qué fue de los edificios de Copilco, allá por CU, donde la gente se acostumbró a convivir con cucarachas que amanecían revueltas en su pelo? ¿Qué tipo de daños sufrió el Museo Nacional de Antropología, donde se conserva gran parte del acervo cultural y el patrimonio de los pueblos Mayas y Aztecas que, pese a darle color a las artesanías que se venden en los parques de todo México, todavía son reducidos a simples reliquias prehispánicas? ¿Qué tipo de daños sufrió ese maravilloso edificio donde aprendí que los nicaragüenses chorotegas también somos mexicanos porque venimos de Cholula?

¿Es posible, acaso, asumir con absoluta tranquilidad todo lo ocurrido? ¿Es posible, acaso, asumir con absoluta normalidad que exactamente 32 años después del terremoto del 85, México sufrió un cataclismo igual de trágico pese a que fue 10 grados menor en la escala de Richter? ¿Por qué la alarma sonó tan tarde? ¿Por qué México no aprendió la lección? ¿Quién responde por esos muertos y por esas lágrimas provocadas por esos muertos? En fin, si nos sobran las preguntas, ¿adónde van a parar las sobras?