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Opinión

Mis primeras maestras

Mis primeras maestras

¿En qué momento ocurrió el quiebre para que las escuelas públicas dejaran de ser lo que fueron? Ahora no son ni la sombra de lo representado



El tiempo se ha encargado de ratificar la excelencia académica que gozamos quienes estudiamos en las escuelas públicas. Desde los cuarenta del siglo pasado, hasta finales de los sesenta, las escuelas públicas en todos los niveles —primaria, secundaria y universitaria— gozaban de prestigio. Los estudiantes más destacados del país salían de sus aulas. La gratuidad no implicaba planes y programas de estudio flojos, maestros de segunda o tercera, carencia de laboratorios, pésimas instalaciones, falta de canchas deportivas, etc. Todo lo contrario, la rigurosidad de los maestros era el común denominador. Maestros y escuelas competían entre ellos mismos por la excelencia. Sentían orgullo de saberse reconocidos y valorados, su comportamiento dentro y fuera del aula era ejemplar. Se esmeraban por ajustar la prédica con la teoría. Su voz se traducía en hechos. Nada teníamos que envidiar a los colegios privados.

Mis maestras, las hermanas Leopoldina y Rosibel Castrillo Morales, pese a su severidad extrema o tal vez por eso, eran consideradas como las mejores en primero y segundo grado de primaria. Tenían famas de temibles, entregadas por completo a su magisterio. La puntualidad y el aseo personal formaban parte del proceso formativo, una divisa en todas las escuelas. Nadie podía llegar tarde ni presentarse con las uñas y zapatos sucios, ni con la camisa y el pantalón ajados. Los reglazos, jaladas de orejas y los pellizcos: la santísima trinidad en la que se apoyaban para enderezar nuestro rumbo. No había forma de evadir nuestras responsabilidades. Diario pasaban lista, revisaban las tareas, tomaban las tablas de sumar, multiplicar y dividir. Practicábamos la lectura en voz alta y nos inducían a memorizar nuestras primeras lecciones. Los horrores ortográficos eran penalizados, nos quitaban puntos.

Aprobar primer grado era una odisea, nos enseñaban las tablas de sumar del dos al doce de corrido, explicaban la importancia de la ortografía, se esmeraban porque tuviésemos buena letra, no había manera de promover al siguiente grado si no rendías. En segundo las exigencias eran mayores. Aprendías a tomar los primeros dictados. Escribíamos con lápiz de grafito. Luego pedían el cuaderno para saber si las palabras estaban bien escritas y evaluar tu letra. Nuestro vocabulario empezaba a ensancharse. Las lecciones de memoria eran tomadas frente a tus compañeros y si respirabas para tomar impulso, ¡fallabas! La primera lección que memoricé fue el descubrimiento de América, cuatro o cinco párrafos que pasé practicando al final de  una tarde. Al día siguiente mi tía Rosibel nos llamaría a recitar la lección. Una vez aprendida, sentí una inmensa alegría. Para mí fue como si hubiese remontado las estrellas.

Crucé la calle y fui donde mi tía Leonor, para hablarle de la hazaña descomunal realizada por Cristóbal Colón. No contento hice lo mismo con mi madre. Creo que nunca más he vuelto a sentir una alegría similar. No solo Colón había descubierto un nuevo mundo. El marinero contó para su proeza con el apoyo de la reina Isabel, la católica. Imaginaba a Rodrigo de Triana encajado sobre el mástil gritando desaforado el 12 de octubre de 1492: ¡Tierra! Lo primero que había avistado era una isla, la llamaron La Española. Sabíamos el nombre de las tres carabelas de su primer viaje: La Santa María, La Pinta y La Niña. Mi tía Rosibel se encargó de ampliarnos —con gestos y palabras— la llegada de los españoles a tierras americanas. El mundo a partir de entonces ya no fue igual, era más grande y más hermoso, nos dijo.

La memorización de las primeras lecciones de historia y geografía fue reconfortante. Nos mandaba a que copiáramos largos párrafos en casa y al día siguiente revisaba nuestros cuadernos. Con letra intachable escribía las palabras que habíamos escrito mal y nos la hacía escribir diez veces. ¡Tal vez así aprenden! Insistía. Era inflexible. No hacía concesiones. Al comienzo me incomodaban sus excesos. Las consideraba demasiado rígidas. Me gustaban mucho las clases de historia y geografía. Mi tía se burlaba ante mis compañeros diciéndome qué era una vergüenza que tuviese una letra pésima, cuando María Elba —mi madre— tiene una letra bellísima, tanto que mi padre le dictaba sus trabajos —prosa y verso— para que ella los copiara. Tenía unos trazos perfectos, parecía que hubiese aprendido a escribir en cuadernos de caligrafía.

La tía Rosibel me ubicó en un universo diferente. El descubrimiento de Nicaragua lo aprendimos al dedillo. Colón lo logró durante el cuarto y último viaje, el 12 de septiembre de 1502. El almirante salió del puerto de Cádiz, iba decidido a descubrir Las Indias Orientales. Al doblar hacia Nicaragua sus barcos fueron estremecidos por las aguas, la tripulación estaba temerosa, los vientos de pronto amainaron. Para calmar los ánimos estuvieron rezando. La tía Rosibel, católica ferviente, insistía en la importancia del rezo. A eso se debió —recalcó— que ese lugar fuese llamado Cabo Gracias a Dios. Como no tenían agua para tomar, Colón envió a sus hombres a traerla. Al regreso los vientos del mar voltearon una de las canoas, todos sus ocupantes murieron, el hecho trágico sirvió para bautizar el río, como Río del Desastre, hoy río Grande de Matagalpa.

En tercero mi formación estuvo a cargo de la doña Elizabeth Miranda, bella como pocas. Le quedaba viendo extasiado. A todos nos gustaba. Su belleza inundaba el aula. Ponía más atención a la perfección de su rostro, que a las lecciones impartidas. Enfermé de tifoidea, como mi casa quedaba contigua a la escuela pública, doña Elizabeth llegaba por las tardes a ponerme al día. Los treinta minutos que estaba conmigo eran un sedante. Me sentía mejor. Cuando se marchaba quedaba flotando embelesado. Mi angustia era que si me curaba tendría que regresar a clases y doña Elizabeth ya no dispondría —solo para mí— treinta minutos. Me afligía. Nunca sentí algo parecido por ninguna de mis otras profesoras. Ni en primaria ni en secundaria. ¡Miento! Mi profesora de inglés era letalmente bella. Provocaba suspiros. Doña María Martínez de Castrillo, era la esposa de mi tío Humberto. Eso no inhibía para apreciar su belleza.

Doña Elizabeth fue la primera maestra en hablarnos de la conquista y colonización de América. Nos contó del diálogo que sostuvieron Gil González Dávila y el Cacique Nicarao. Nuestras maestras hablaban de la superioridad de la cultura indígena frente a la cultura del pueblo invasor. El Cacique Nicarao preguntó de González Dávila por su dios; y al conocer la respuesta, le objetó por creer en un dios que no se veía. El dios nuestro es el sol, dijo al conquistador. Con los años llegué a pensar que esta versión la pudo haber discutido con su marido, el profesor Mariano Miranda Noguera, un intelectual de avanzada. Desde su juventud se interesó en estudiar las culturas prehispánicas asentadas en el departamento de Chontales. El interés de Marianito era tanto, que fue uno de los creadores del Museo Arqueológico Gregorio Aguilar Barea. Igualmente fundó la Escuela de Antropología en la UNAN-Managua.

En cuarto participé en mi primera y única velada, desconozco los motivos que tendría doña María Luisa Zeledón, para hacerme cantar Ay que laureles tan verdes. Tal vez fue porque comenté que había visto cantar esa canción —en el Cine Juigalpa— a Miguel Aceves Mejía. Sus canas lo hacían verse como una versión desmejorada de La Tongolele. La cosa es que canté. Las veladas formaban parte de las actividades extracurriculares. Estrenábamos el Centro Escolar Pablo Hurtado. El presidente Luis A. Somoza vino especialmente a inaugurarlo (1959). Chontales contaba con un edificio de tres pisos y un cuerpo de maestras de la más alta calidad. En cuarto empecé a tomarle sabor al Mayales. Por las tardes —después de clases— en muchas ocasiones bajábamos a darnos un chapuzón a la poza de Paiguas. Mantuve mi rendimiento académico, gracias a los aportes de la educadora Etelvina Lanzas Villanueva.

En quinto y sexto me fue mal, no sentía interés por los estudios, no supe aprovechar —como se debía— la capacidad de mis maestras, Leda Montiel de Artiles y Rosa María Gadea. Mis predilecciones estaban orientadas a montar a caballo y bajar al Mayales. En sexto me clavaron injustamente cinco en conducta. Como miembro de número de la pacotilla mal portada, la profesora Gadea me incluyo en la lista. No hubo manera que rectificara. Al ingresar a primer año en el Instituto Nacional de Chontales, Josefa Toledo de Aguerri (INCh), me dieron matrícula condicional. En segundo di un vuelco de ciento ochenta grados. Me concentré en mis estudios. Corregí la conducta y me involucré en el Movimiento Estudiantil. Mis compañeros me nombraron su representante durante segundo, tercero, cuarto y quinto año. Una rectificación oportuna. Me impuse horarios para realizar mis actividades, algo que continúo haciendo hasta hoy.

En estos dos últimos dos años, seguí interesado por conocer la historia de Nicaragua. Supe de las críticas contra La Malinche. Eran despiadadas, regalada como esclava fue mujer de Hernán Cortés, personificaba el símbolo de la traición. Todavía no éramos capaces de contradecir esta narrativa. Conocí cómo fue la fundación de Granada y León (1524), por Francisco Hernández de Córdoba. Ante sospechas de traición, Pedrarias Dávila, el furor domine, mandó a capturarlo y ordenó su decapitación (1526). La cabeza de Hernández de Córdoba fue expuesta en una calle de León, para que los leoneses y toda su tropa, supieran quién era el verdadero jefe de las huestes españolas. Admiré la valentía del Cacique Diriangén, no quiso someterse al yugo español. Una actitud similar asumió el Cacique Chontal. Al saber atrapado, prefirió morir lanzándose desde la peña más alta de Amerrique.

La distancia permite apreciar sin prejuicios circunstancias y personas,  esto lleva a preguntarme, ¿en qué momento ocurrió el quiebre para que las escuelas públicas dejaran de ser lo que un día fueron? Ahora no son ni la sombra de lo que por muchísimos años representaron: centros educativos de enorme prestigio. En Juigalpa la creación de los colegios privados no llegó a disputarles la primacía, más bien provocaron conflictos entre ricos y pobres. Una minoría escogía los colegios privados, con la intención de resaltar las diferencias de clases. Pagaban altas sumas de dinero. Tuvieron que pasar muchos años y que los gobiernos desatendieran a las escuelas públicas, para que los colegios privados ganaran espacio. El tiempo me permite juzgar la enorme valía de mis maestras de primaria, apasionadas en el ejercicio del magisterio, rigurosas en sus enseñanzas y exigentes en nuestra manera de comportarnos. ¡Eran insuperables!