Opinión

El País de las Maravillas

Murillo y la política del avestruz

Murillo se atrinchera en su burbuja y sigue fingiendo demencia ante la grita nacional contra la depredación general del país



Observando el sistema de comunicación de circuito cerrado que es el aparato de medios del oficialismo, una no deja de maravillarse ante la avalancha de reiteración de noticias insulsas e intrascendentes y las puestas en escena que genera la Secretaría de Comunicación que dirige con puño de hierro Rosario Murillo.

Repletos de “buenas noticias” del “buen gobierno”, el monólogo mediático tiene su momento cumbre al mediodía, que es la hora del “ángelus” (hora del ave María) de la Gran Hermana, quien por teléfono dicta cómo se debe nombrar la realidad: un aburridísimo enunciado cuantitativista de acciones; de datos sin lógica ni contexto, que expliquen algo. Es lo que ella anunció en febrero de 2007 como una estrategia de comunicación de “verdad absoluta e incontaminada”.

En el microcosmos construido por Murillo la realidad que palpamos los demás, no existe. Ahí, el país va en orden, en “rutas” de cambio, de prosperidad, de crecimiento, de buena esperanza, de alegría, de belleza, de eficacia, de buen gobierno, de abnegados servidores y competentes instituciones, de “consenso”, de alianzas y amores tripartitos entre el buen gobierno, los empresarios y los trabajadores; de participación y “protagonismo” de las familias y la comunidad, de seguridad ciudadana y “bien común”. Aquello es un paraíso terrenal donde los leones se echan al lado de las ovejas, que retozan felices e iluminados por los árboles de la vida. Para cuando hay sismos, huracanes, erupciones, plagas o epidemias, tampoco pasa nada en este jardín del Edén. ¡Para eso está Ella, señores! Para protegernos, y estar pendiente de tanto inocente minuto a minuto y eso, claro está, por la paternal preocupación y benevolencia de Él, el Supremo. Porque tal y como el mismo Dios, el Comandante Daniel, es invisible y sólo le habla a Ella, ahí, en el centro del microcosmos, en El Carmen, donde está el árbol del bien y el mal.

Pero la inicua serpiente de la realidad y la verdad sigue mordiendo, aunque Murillo no se dé por aludida y haya mantenido inalterable su discurso en estos nueve años. Como la realidad siempre es más poderosa que cualquier discurso, la Neolengua de la Gran Hermana está agotada, como lo están las expectativas y la credibilidad de un Ortega que había rogado por una segunda oportunidad para retornar al poder. Tras mil trampas, tres fraudes, una monumental corrupción y la entronización del autoritarismo y el poder familiar, el discurso mediático de Murillo se revela como lo que es: una burbuja esquizofrénica (del griego, schizen, dividir; phren, mente), es decir, la existencia de una división entre lo que está pasando en su mente y lo que está sucediendo en la realidad. A menos que Ella crea, como Sheldon Cooper en The Big Bang Theory, en la teoría de las cuerdas, que propone que nuestro universo es como una burbuja existente junto a universos paralelos. El resto de nosotros, claro está, seríamos el universo paralelo, puesto que como diría el mismísimo Sheldon de su asiento en el sofá: “Ese es mi sitio. En este mundo siempre cambiante es el único punto de referencia”.

Ciertamente, el uso del poder garantiza el dominio de la palabra (Murillo es la única que puede hablar y hacer callar) y tiene como sello, el sigilo. Es un ejercicio de silencio jánico, que calla con una boca y habla con la otra. De ahí que sea característico que se oculte tras el silencio que la hace inaccesible e indescifrable y sea la única que habla, al tiempo que exige subordinados unívocos. Lo que explica que estos le manden esos insólitos reportes que lee al mediodía -por los que a veces los regaña públicamente- diciéndole lo que ella quiere oír. Como ven, es un sistema de circuito cerrado y control remoto.

A las voces independientes de medios, periodistas y ciudadanos, sea en la calle o en las redes; que informan, denuncian, protestan o reclaman, les aplica la técnica de “matar a silencio”: esto es, rodear con un anillo de silencio los temas o personas indeseables, aislando las voces por medio del estímulo de la cobardía y el miedo en la sociedad. Por otro lado, Ortega y Murillo asumen la posición de no darse por aludidos. Son expertos en “fingir demencia” como dice la gente.

Pero esta estrategia está en crisis, como todo en el país, porque no puede por más que lo intente, ocultar la devastación que su régimen ha causado a Nicaragua y ya nadie tiene ilusiones. Ahí están los hechos: la aberración de la concesión canalera, la depredación sobre la tierra, los bosques y el agua, el crimen del saqueo del Estado y de nuestros impuestos, el robo de los recursos extranjeros, la confiscación de la libertad y de nuestros derechos, la violencia, la exclusión y la persecución a la ciudadanía, la destrucción del proceso democrático y la implosión de un Estado centralista, corrupto e ineficiente. Los papeles de Albanisa y los que faltan de Panamá, son el reflejo del modus operandi del jardín del Edén de la dictadura.

Sin mediadores políticos ni sociales, en total bancarrota moral y política, aislada de la realidad, la Gran Hermana se atrinchera en su burbuja y sigue fingiendo demencia ante la grita nacional contra la depredación general. La Gran Comunicadora, solo ha atinado a responder indirectamente. Como se les vino abajo la estafa del Canal, ahora anuncian un “histórico financiamiento de Rusia destinado a proyectos estratégicos para el desarrollo de Nicaragua”; como la concesión canalera es un símbolo de entreguismo y depredación ambiental, puso a HKND a decir que van a hacer “la más grande reforestación” de la que se tenga oídos; como el ejército y la Brigada Ecológica han sido denunciados como cómplices de la mafia maderera, ahora informan de un supuesto quiebre realizados por estos y así, por el estilo.

Así las cosas, hoy por hoy el gran silencio de Murillo sobre la realidad, ya no es parte de su famosa “estrategia de comunicación”, sino una verdadera política del avestruz. Se suele creer que este animal en presencia del peligro esconde la cabeza bajo el suelo, aunque en realidad lo que hace es bajar la cabeza para pasar desapercibido y parecer un arbusto, si es que no sale corriendo o ataca con sus patas. Como el avestruz, la Gran Hermana tiene miedo y no sabe qué hacer. Solo quiere pasar desapercibida. Su drama es que el universo paralelo de Nicaragua ha chocado con su burbuja y la está obligando a reconocer que todo lo que ha hablado durante nueve años, al mediodía, no ha sido otra cosa que ruido.