Opinión

Ni entendimiento ni negociación, sino pláticas políticas

Desde hace diez meses el pueblo ha sabido cuál es la ruta: la salida de los dictadores se terminaría la disputa.



Después de cuatro días de tanteos en las pláticas entre la Alianza Cívica y el gobierno no han encontrado una “hoja de ruta”. En cambio, desde hace diez meses el pueblo ha sabido cuál es la ruta: la salida de los dictadores se terminaría la disputa.

A nadie debe sorprender la abundancia de criterios sobre las pláticas, muchos son criterios encontrados, pero son corrientes de opinión que confluyen en la vorágine de ideas circulantes en nuestro violento medio político de casi un año.

Estas correntadas de ideas se pueden rozar entre sí, pero van en la misma dirección hacia los cambios que todos deseamos como el objetivo fundamental: la renuncia de los dictadores, y el  establecimiento de un gobierno que respete la institucionalidad, más el libre ejercicio de los derechos humanos y políticos.

Eso lo ha sintetizado la Alianza Cívica en la libertad de todos los presos políticos (en verdad, presos de conciencia), cese de la represión, elecciones adelantadas con un nuevo Consejo Electoral y justicia para los ciudadanos asesinados.

La presencia de los garantes internacionales no es lo que más le preocupa a la dictadura, aunque lo parezca, sino el hecho de que no tiene nada que pedirle al pueblo después de todo lo que le ha quitado.

Por eso hay que hablar claro y pelado: esta no es una negociación, pues no se trata del vulgar “dame y te doy”, porque no están en discusión cosas materiales, sino cosas de la vida de seres humanos y sus libertades, de las cuales no es propietario el gobierno ni la oposición, sino exclusivamente de la ciudadanía nicaragüense.

De manera que el gobierno no tiene por qué pedir nada a cambio de la libertad de los secuestrados, ni la oposición tiene nada con qué retribuirle.  Fueron las víctimas de la represión los que ya “ofrendaron” su la libertad y su vida en la lucha contra la dictadura.

En estas pláticas, tampoco tienen cabida las invocaciones al “amor”, un concepto manoseado por todo demagogo al que se le antoja hacerlo, sabiendo que el “amor” nunca ha tenido lugar en la política.  Cuando el “amor” lo invocan el opresor y el oprimido, se desvanece en su propia absurdidad “conciliatoria”, porque en la política solo se persiguen intereses.

La idea de la señora dictadora, de que con las pláticas políticas actuales se busca el “entendimiento” entre los nicaragüenses es igual de absurda, porque no se trata de comprender los abusos del carcelero y ni de razonar sobre los derechos de sus cautivos.  Es imposible comprender al represor y más imposible encontrar una razón para encarcelamiento de los ciudadanos, menos para quitarles la vida, solo por reclamar sus derechos humanos y constitucionales.

El argumento de que “la mayoría quiere vivir en paz” es, además de un deseo obvio y una simple perogrullada, una frase vacía, porque “vivir en paz” sin tomar en cuenta en cuáles condiciones, es falso e hipócrita. A menos que hablen de “vivir en la paz” de los cementerios.

Lo que el ser humano merece, y por ello lucha, es vivir en una paz no perturbada por el hambre, ni por la presencia amenazante de policías, paramilitares ni sapos; poder transitar las calles sin el temor a ser secuestrado y luego sometido a con un juicio político amañado y en la indefensión jurídica; saber que los niños y los jóvenes juegan sin que ningún patán con ínfulas de autoridad les amenace; que los estudiantes vivan en paz su período escolar, y a los maestros no les perturben la paz de su conciencias, obligándolos a manipular a sus alumnos a nombre de sectas religiosas ni de partidos políticos.

Por otra parte, cuando se habla sobre quienes protagonizan las pláticas a nombre de la Alianza Cívica no se pueden ocultar sus orígenes sociales, pero tampoco puede hacerse demagogia por esos motivos, porque eso, además de ser una obvia cizaña política o labor de zapa de la dictadura, no tiene ningún rasgo de sinceridad ni de realismo político.

Además, en las pláticas no se están discutiendo los objetivos de una revolución social, en donde sí sería razonable cuestionar respecto a la condición social de los delegados y es positivo que se  incorpore a la comisión de la Alianza Cívica a miembros del movimiento campesino anti-Canal.  Pero esta debe ayudar a conciliar las  diferencias entre los líderes campesinos, porque desde hace mucho tiempo la dictadura ha intentado destruir su unidad.

Tampoco en estas pláticas se representa a ninguna intención contrarrevolucionaria, pero haciendo un ligero ejercicio de imaginación, podría pensarse en que en una de las partes en las pláticas es contrarrevolucionaria… ¡esa sería la comisión del orteguismo!

Pero en estas pláticas, no están los políticos tradicionales y ninguno de sus partidos, y está muy bien que no estén, porque a su tiempo –que son todos nuestros tiempos históricos— nunca fueron leales al pueblo trabajador, ni a los sectores medios, ni a la juventud, ni a Nicaragua.  Esos no pueden reclamar presencia en las pláticas cuando se discuta la cuestión electoral –como ya lo pidió un politiquero conservador—, porque en ese campo de la política electorera es donde los políticos tradicionales han practicado su traición, como un deporte.

La Alianza Cívica nació en las calles, tiene –y ha jurado respetar— el mandato recibido del amplio movimiento político del pueblo auto convocado en plena lucha de masas callejeras, no en un recinto exclusivo para oligarcas.

En este movimiento cívico, no predomina el empresario, el profesional, el político, el campesino ni el estudiante como representantes exclusivos de sus sectores, sino que representan –sin documentos protocolarios— a toda la población empeñada en conquistar la institucionalidad y los derechos democráticos conculcados por la dictadura.

Ninguna campaña insidiosa –de procedencia oficialista o de la oposición tradicional— deberá despertar la desconfianza hacia los delegados de la Alianza Cívica, mientras ellos no den motivos.  En política, todos debemos estar atentos y unidos en torno al cumplimiento del mandato que los comisionados han recibido.

Si alguien me preguntara, ¿por qué razón confiar en un personal que llegó al movimiento representando a todas las clases? Podría ensayar varias respuestas, sin salmodias teorizantes:

  1. Porque los diez meses de lucha y sacrificios no ha sido –ni se vislumbra que pudiera ser— una lucha por el triunfo de una revolución social, sino por la democratización de la vida política nacional.
  2. Porque no se trata de una contrarrevolución política, dirigida solo por un sector, sino una amplia unidad en lucha contra una dictadura que a todos los sectores perjudica.
  3. Porque esta lucha es de la mayoría de la población, no para satisfacer un programa político partidario ni sectorial, sino un proyecto nacional democrático donde se respete las actividades políticas y los derechos humanos de todos.

Son simples objetivos políticos, pero nunca han sido respetados por las dictaduras somocista y orteguista, ni de forma cabal han sido respetados por los gobiernos llamados democráticos.

Esa es la verdadera razón en que se fundamenta también la confianza de que estamos en el momento histórico de poder desterrar esas políticas limitantes, y de darle a la sociedad un ámbito de libertad, sin represiones contra las luchas económicas, políticas y sociales empeñadas en la búsqueda de una Nicaragua progresista.

Tras ese objetivo, también se ha buscado y aceptado la solidaridad internacional sincera, sin condicionantes que lesionen nuestra condición de país independiente.