Opinión

Nicaragua sin testigos

Es evidente el intento de dejar sin testigos la represión y, a la vez, construir un relato hegemónico, en el que la culpa recae en la sociedad civil



Gabriela Selser ha contado en el periódico La Jornada los últimos atropellos de Daniel Ortega y Rosario Murillo en Nicaragua. Luego de allanar la sede de Confidencial, un medio crítico del Gobierno, dirigido por Carlos Fernando Chamorro, el régimen intervino el canal de televisión 100% Noticias y apresó a su director Miguel Mora y a las periodistas Verónica Chávez y Lucía Pineda. Ortega y Murillo siguen al pie de la letra un guión que hemos visto escenificado antes en La Habana y en Caracas. Los opositores y los críticos del autoritarismo, según ellos, “conspiran a favor del terrorismo”.

Cuestionar públicamente las acciones del Gobierno es aliarse con el “imperialismo yanqui” y los enemigos internos de algo que siguen llamando, impertérritos, “Revolución sandinista”.

La arremetida del Gobierno nicaragüense contra los pocos medios independientes que quedan en el país busca dejar sin testigos el avance hacia el despotismo. Ortega y Murillo han ordenado, también, la ilegalización de una docena de organizaciones no gubernamentales que denuncian la violación de derechos humanos y demandan acciones judiciales contra más de 300 muertes y centenares de encarcelamientos en los últimos meses.

El apellido Chamorro recuerda automáticamente el asesinato de Pedro Joaquín, padre de Carlos Fernando, asesinado por la dictadura somocista en 1978. La represión de los antiguos comandantes revolucionarios está llegando a niveles parecidos a los del somocismo. Y la justificación no podría ser más parecida: los opositores son “agentes subversivos”. En tiempos de Anastacio Somoza, del “comunismo internacional”. En los actuales, de la “globalización neoliberal”.

A la embestida contra los medios críticos ha seguido toda una operación de lavado informativo en la que Ortega y Murillo conceden indultos navideños a presos comunes y hacen regalos a familias pobres, como Santa Clauses centroamericanos. Es evidente el intento de dejar sin testigos la represión y, a la vez, construir un relato hegemónico de la crisis, en el que la culpa recae en la sociedad civil.

El descrédito de Ortega y Murillo en la izquierda latinoamericana está bastante generalizado, como prueba la cobertura de La Jornada, pero los nuevos déspotas de Nicaragua cuentan con respaldos suficientes para permanecer en el poder. Ahí están Cuba y Venezuela para servirles de soporte incondicional y ahí están también las redes geopolíticas bolivarianas, que llegan hasta Rusia y China, para contrarrestar cualquier denuncia desde el exterior.

Sin embargo, la verdadera resistencia frente a ese tipo de regímenes nunca proviene de afuera. Son las sociedades civiles internas las que pueden poner un alto a los abusos del poder. Es por ello que Daniel Ortega y Rosario Murillo eligen como blanco a la prensa independiente y a las organizaciones defensoras de derechos humanos. Es ahí donde el despotismo encuentra sus mayores obstáculos.

*El autor es historiador e internacionalista. Este artículo se publicó originalmente en el diario La Razón, de México.