Jóvenes

Que no me toque la generación del no me toque

Si hay algo que esta Generación Yo tiene en común es un bajo autoestima y poco optimismo sobre “MI futuro”

Querido PxMolina,

He leído con cierto asombro tu mensaje a los jóvenes nicaragüenses, publicado en Confidencial. No todos los días los humoristas y caricaturistas se detienen a comentar las reacciones del público lector, sobre todo con el propósito de dar una segunda estocada a los ofendidos. Aparentemente no es suficiente caracterizar a toda una generación como indiferentes e indolentes sino que también es oportuno tildarlos de llorones y gruñones. Pero vayamos por partes.

En el mensaje nos aclaraste que: No quiero “caer bien”. Quiero cuestionarles, hacerles pensar, y a lo mejor, de vez en cuando, reír. La primera parte parece que se ha cumplido: No les caíste bien y en definitiva se sintieron cuestionados. Hasta ahí, todo en orden. La segunda parte es en la que parece radicar el problema: Hacer pensar y reír. ¿Se ha logrado ese objetivo? A juzgar por las “decenas de epítetos, etiquetas e hilarantes comentarios” que has recibido, asumo que no. Nadie ha reflexionado sobre el asunto y nadie se ha divertido con las caricaturas – más bien, todo lo contrario.

¿De quién es la culpa?

¿Quién es el responsable de que tu trabajo no los haya hecho pensar ni reír? El mensaje me invita a concluir que los jóvenes nicaragüenses. 1) Porque no estás tan viejo así que es más bien una autocrítica. 2) Porque sí estás viejo y tenés el derecho y la obligación de criticar. 3) Porque no los estás criticando realmente, solamente estás expresando tu inconformidad. 4) Porque los jóvenes de Ocotal están más interesados que los jóvenes de la UAM. 5) Porque los jóvenes se esconden en lo políticamente correcto. 6) Porque los que no pensaron ni rieron están motivados a no pensar ni reír por diferencias ideológicas, artísticas e intelectuales. 7) Porque los jóvenes viven la mentira de Peter Pan.

En fin, porque sí.

Sin ánimo de controvertir, quiero darte otra perspectiva. Pero quiero que hablemos el mismo idioma y por tanto, como actor y director de teatro, te abordaré de artista a artista. A mí también me gusta cuestionar a mi público, hacerlo pensar, reír, llorar. Me gusta tratar temas difíciles y confrontar a los espectadores con las flaquezas de la condición humana. Te doy un ejemplo: He vivido y trabajado en Asia por los últimos 8 años y en noviembre pasado produje en Tailandia la obra “La verdadera historia de la trágica vida y la triunfante muerte de Julia Pastrana, la mujer más fea del mundo”, por la que merecimos varios premios en el Festival de Teatro de Bangkok.

La puesta en escena es un espectáculo único pues sucede enteramente en la oscuridad y el público permanece con los ojos vendados durante toda la función, percibiendo la historia a través de los otros sentidos: la audición, el tacto y el olfato. Con esa obra trajimos a colación el problema de tráfico de personas y, al momento de remover la venda, exponíamos al público a una pequeña exhibición sobre la Julia Pastrana histórica, además de datos actuales sobre el tráfico de personas en la región y el mundo. (Tailandia es un epicentro de este problema.) La metáfora es potente: De la misma manera que el espectador cede su derecho de ver –además de que paga para ello–, muchos víctimas sucumben hoy día ante las artimañas de los traficantes. “¿Pueden simpatizar con las víctimas?”, les preguntábamos al final. “¿Han removido la venda que no les permite ver este nefasto fenómeno global?” Por el diálogo que establecimos con especialistas en el tema así como la respuesta del público y la crítica teatral, creo que nuestro arte sí logró el propósito de hacer pensar y reflexionar, sensibilizándolos – sin ridiculizarlos ni ofenderlos.

Ahora regresemos a Nicaragua. Soy nicaragüense y, aunque ya es hora de que me deje de auto-proclamar “joven”, sí encajo con el artefacto demográfico estadounidense que  etiqueta como “millenials” a los nacidos en los años ochenta y, por tanto, a los que alcanzaron la mayoría de edad a principio del nuevo milenio. En Nicaragua, la niñez de este segmento poblacional coincide con el régimen revolucionario y su adolescencia con la transición a la democracia. Dicho esto, creo que las divisiones generacionales son armas de doble filo, y acarrean beneficios y daños en iguales proporciones. Beneficios en la medida que nos ayude a entender los retos que enfrentan ciertos segmentos poblacionales. Daños en la medida en la que fomenta los prejuicios contra un grupo de personas por el simple hecho de compartir el año de nacimiento.

Lamento informarte que las caricaturas en cuestión caen en la segunda categoría. No me hacen pensar ni reír, simplemente me meten a verga en un estereotipo con el que no me identifico y que no representa mi realidad. Nuestra generación –si es que se le puede llamar así– tomó pacha en tiempos de guerra y racionamiento. Aprendió a sumar 1 fusil más un fusil. Jugó sin juguetes. Se entretuvo con un único canal de televisión. Vio a sus mayores morir en combate, sufrir una incapacidad o migrar. Y votó toda su vida de adulto en fantoches democráticos, bajo la sombra del pacto antes y ahora bajo constante amenaza de fraude.

Es ofensivo ser catalogado como Generación WiFi precisamente porque somos la generación sin WiFi – el acceso de los jóvenes al Internet es extremadamente bajo en comparación con otros países del mundo (incluyendo otros países en desarrollo como Vietnam y Tailandia en los que he vivido). Es ofensivo ser llamado Generación Peter Pan porque fue, por el contrario, un tiempo terrible para ser niño. Es ofensivo ser criticado como Generación Yo porque somos una generación sin “yo”, sin mí, ausente, una generación de migrantes que no tienen oportunidad de trabajo digno en su propio país y asumen la responsabilidad de mantener a sus familias a través de remesas. Es ofensivo ser encajonado, del todo, en una generación porque el concepto de generación es artificioso y carente de significado. La pobreza, el desempleo, la corrupción, la falta de institucionalidad y el declive ambiental que enfrentamos es responsabilidad de todos y los jóvenes no son particularmente más o menos indiferentes, indolentes, llorones y gruñones que el resto.

De la misma manera que las caricaturas no lograron su propósito, el “compromiso social” y el “activismo político” tampoco está logrando el suyo. En un país con una infraestructura económica, política, social y cultural tan pobre, enfocarse en “MI título, MI carrera, MI vida” es en sí un acto más disruptivo y significativo que la “política” tradicional. Yo agregaría “MI empresa, MI familia, MI comunidad”. Si hay algo que esta Generación Yo tiene en común es un bajo autoestima y poco optimismo sobre “MI futuro”. Un futuro que no se escapa de la sombra mitológica de la revolución ni de sus imponentes templos en ruinas.


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