Opinión

Orador

"En tiempos de revoluciones y de reacciones, la moderación puede ser la alternativa más peligrosa".



“Poseemos tanto: artes y conocimientos, leyes, tesoros, esclavos, la belleza de Italia, el dominio del mundo. ¿Entonces, por qué siempre cedemos al impulso de cagar nuestro propio nido?”.

Así habla Cicerón en la obra teatral, Imperium. Veo este drama político en un teatro del West End londinense, durante un caluroso anochecer de verano. La sala está repleta; tuve suerte al conseguir una entrada. Imperium es uno de los éxitos de la temporada en Londres. Misteriosamente, el público aclama esta obra protagonizada por romanos de hace dos mil años y que además ¡dura siete horas! La habitual pericia de la Royal Shakespeare Company y la astuta dramaturgia, basada en una excelente novela de Robert Harris, no bastan para explicarse ese fenómeno.

Yo creo que el mérito es de Cicerón. El mérito pertenece a la fe de Cicerón en el poder de las palabras.

Tanto la novela de Harris como este drama teatral, intercalan citas textuales de discursos de Cicerón. Estas citas retratan, con una elocuencia que atraviesa los siglos, la terrible crisis social y política que destruyó a la república romana y entronizó el imperio despótico que la sustituyó.

Marco Tulio Cicerón, que vivió entre el año 106 y el año 43 a. C., fue político, abogado y filósofo. Pero sobre todo fue un orador. Sin nobleza, ni fortuna, ni poder militar, sólo gracias a su extraordinaria elocuencia, Cicerón se elevó desde la clase media provinciana hasta la cúspide de la República: llegó a ser Cónsul.

Cicerón combatió a los populistas que exigían derechos a destajo, y atajó a los conservadores que quitaron libertades al pueblo tras cruentas guerras civiles. Contra ambos, Cicerón defendió la centenaria constitución republicana que separaba y diluía los poderes. Los senadores nobles necesitaban de los tribunos de la plebe para aprobar sus leyes. Por su parte, el mandato supremo de los cónsules (siempre elegidos en pares) era muy breve y sin reelección antes de diez años. Con todas sus imperfecciones, ese orden constitucional le había dado estabilidad y poder a Roma, convirtiendo una ciudad-estado en una potencia mundial.

En tiempos de revoluciones y de reacciones, la moderación puede ser la alternativa más peligrosa. “Muchos dicen que unas cosas son ciertas y otras falsas. Yo digo que unas son más probables que otras”. Cuanto más mediaba Cicerón, más desconfiaban de él ambos extremos. Un tribuno de la plebe consiguió enviarlo al exilio. Cuando Cicerón pudo regresar a Roma la República sólo existía de nombre. Un dictador populista, Julio César, lo obligó a dejar la política y le prohibió hablar en público. Sin quererlo, le hizo un favor.

Cicerón se retiró a su casa de campo en Tusculum. (Tras instalar allí su biblioteca, afirmó: “Ahora esta casa tiene alma”.) Impedido de hablar, escribió tratados de filosofía que nos guían aún hoy. Ayudado por su amanuense, Cicerón ordenó e hizo copiar el enorme archivo de sus cartas y sus discursos. Así consiguió que su elocuencia perdurara más de dos milenios, hasta ahora.

Tras el asesinato de Julio César, Cicerón quiso volver a la política. Pero, en esa polarización, su discurso en favor de las leyes y en contra de la intolerancia resultó intolerable para los exaltados que alentaban la guerra civil. Un triunvirato, que incluía al futuro emperador Augusto, mandó matar a Cicerón.

Su cabeza y sus manos fueron cortadas y clavadas en la misma tribuna desde la que solía hablar. Los enemigos de sus palabras se vengaron de su lengua pinchándola con un largo alfiler. ¡Fue el mejor homenaje a su elocuencia!

En la obra de teatro representada en Londres, Cicerón dice: “Mis únicas armas son las palabras. César y Pompeyo tienen sus legiones; Craso tiene su riqueza; Clodius tiene sus pandillas en las calles. Mis soldados son mis palabras. Con el lenguaje subí adonde estoy, y mediante el lenguaje sobreviviré”.

Marco Tulio Cicerón sobrevive en sus palabras, es verdad. Pero la elocuencia parece moribunda.

La buena oratoria es filosofía y es teatro; es una argumentación profunda demostrada de una manera tan clara como conmovedora. Conforme a Cicerón, el orador debe probar que tiene razón (docere); debe hacerlo de manera elegante y deleitable (delectare); y debe animarnos a la acción (movere).

Esa elocuencia es improbable en nuestro estado de anemia verbal colectiva. Hoy en día los políticos y otros personajes públicos se expresan –en general– con menos eficacia que los relatores de fútbol. Los buenos discursos son sustituidos por eslóganes publicitarios, por “cuñas” televisivas y últimamente por ese picadillo verbal que es Twitter. No es descartable que esta declinación de la oratoria contribuya al desprestigio de la política. También falta a su palabra quien no la emplea con exactitud y vigor.

Poseemos tanto: artes y ciencias, riquezas y técnicas, una tierra todavía hermosa. Y sin embargo descuidamos el verdadero nido de nuestra convivencia: el lenguaje.