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Pocas alternativas a exiliados en Panamá

Panamá es destino alternativo de migrantes y exiliados, quizás por la ilusión de que el país ofrece más opciones de empleo

Los nicaragüenses que eligen irse del país para escapar de la persecución, represión y hambre, prefieren el sur. Costa Rica en primer lugar, Panamá como destino alternativo, quizás por la ilusión que hace pensar en que el país del canal interoceánico, y fuerte plaza financiera regional, ofrece más opciones de empleo.

Las estadísticas muestran que 1039 nicaragüenses se quedaron en ese país en 2017, después que entraran 44 230, y solo salieran 43 191.

Eso cambió radicalmente en 2018 cuando de hecho, se multiplicó por nueve la cantidad de compatriotas que escogió ese país como destino para buscar paz y cobijo en una patria que no es suya. 53 940 nicas entraron ese año, y solo salieron 44 156. Los 9784 restantes se quedaron ahí.

La situación es muy similar en este moribundo año 2019, en que otros 9780 compatriotas se quedaron en Panamá, después que entraran 52 351 pinoleros, y solo salieran 42 571.

Contrario a lo que se podría pensar, el que ahora haya 19 564 nicaragüenses más en la tierra del canal, no significa que la estén pasando bien. CONFIDENCIAL habló don dos nicas que llegaron a ese país en este contexto, y ambos narran historias plagadas de dificultades para obtener algo tan básico como la comida del día.

Daniel, un nicaragüense conocido como ‘Rifle’, tiene 15 meses de estar en Panamá. Al llegar ahí buscando alivio a las dificultades que vivía en Nicaragua, solicitó refugio y lo único que le dieron fue una hoja que lo identifica como solicitante de refugio, “y más nada. Ya me rechazaron”, relató.

Su historia reciente lo muestra desempleado durante ocho meses, a lo que le sigue un empleo por los cuatro meses siguientes efectuando ventas por catálogo.

Con todo, sabe que siempre existe el riesgo de despido en cualquier momento. Por cualquier razón. No lo dice porque sea un pesimista empedernido, sino porque recuerda que trabajó unos 15 días en un proyecto de construcción que estaba a cargo de un nica con mucho tiempo de residir en ese país, “pero no me pagó, porque dijo que a él no le habían pagado, y luego yo confirmé con otros contratistas que sí le habían pagado”, rememora con amargura.

A partir de lo que ha visto estos quince meses en Panamá, sabe que su mala experiencia no es única, porque “también le pasa a muchos que trabajan como guardas de seguridad”, asevera.

Ni salud, ni educación, ni empleo

Las malas experiencias de los nicas en Panamá tienen en común lo difícil que es conseguir un permiso de trabajo, una licencia de conducir, un cupo en una universidad para continuar los estudios que dejaron atrás muchos estudiantes ahora exiliados, o atención médica básica.

“El sistema de salud es deplorable, incluso para los panameños. Todo te lo cobran”, asevera ‘Rifle’.

Entrevistada por separado, Adriana, una joven que dejó las aulas en la Universidad Politécnica (Upoli) para ocupar un lugar en las trincheras, y luego tuvo que cambiar ese sitio por un asiento de avión para escapar a una orden de captura, refiere a CONFIDENCIAL que “para el solicitante de refugio no hay apoyo”.

“Aquí la medicina carísima. Casi muero en el hospital”, donde tuvo que asumir una deuda de 595 dólares en atención médica, por lo que ella considera una negligencia de quienes atendieron el parto de su hija.

“Fueron casi 30 horas de labor y parto, desde que se me rompió la fuente; la bebé se desecó; me hicieron una cesárea tardía que me dejó en cuidados intensivos con el intestino atrofiado, y luego una apendicitis que elevó a casi mil dólares la cuenta hospitalaria”, narra desilusionada.

Adriana relata a CONFIDENCIAL que su bebé estuvo hospitalizada siete días, pero “ella ya está bien, aunque en mi condición [de salud] no la puedo cargar”.

Su realidad actual, más que pensar en el retorno, se concentra en buscar cómo pagar las deudas que ahora tiene, lo que es especialmente difícil en este contexto en que no tiene empleo ni permiso de trabajo.

Su cesárea y apendicitis se suman al trago amargo que le tocó vivir cuando el dueño del negocio de lavado de autos en que trabajaba, la despidió al saber que ella estaba encinta, a lo que se sumó que “el embarazo impidió que pudiera moverme a hacer gestiones para mi refugio, siendo que no puedo regresar a Nicaragua, donde aún tengo una orden de captura”, reflexionó.

Por más que los miembros del Movimiento 19 de Abril ‘Alvarito Conrado’ de Panamá (del que Daniel ‘Rifle’ es miembro fundador), trata de ayudar a otros nicas como Adriana, es poco lo que pueden hacer dependiendo de los pocos que tienen trabajo, muchas veces mal pagados.

“Tratamos de ayudar a los más vulnerables. Hasta donde sabemos, acá en Panamá no hay nadie que ayude a otros exiliados como nosotros”, lamentó.

¿Se queda, o se va?

A la par que crece el número de nicas que se queda en Panamá, crece también la solicitud de permisos de residencia, que pasó de 481 en 2017, a 714 y 777 en 2018 y 2019.

Datos ofrecidos por la Dirección de Migración de Panamá, muestran que Nicaragua es el tercer país -después de Venezuela y Colombia- con más casos en proceso de regularización de ilegales.

Si en 2016 se ofreció esa opción a 236 connacionales, su número creció de forma desmesurada en los años siguientes: 3973 personas en 2017; bajó a 3124 en 2018, y se elevó a 5471 en 2019.

El establecimiento y recrudecimiento de la crisis pinolera hizo que hubiera cada vez menos compatriotas interesados en aceptar la opción del retorno voluntario: de los 1185 y 1495 que lo hicieron en 2016 y 2017, solo 925 aceptaron regresar en 2018, y menos aún (872) en 2019.

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