Opinión

Pedro, en la “república” de Daniel

Pedro Joaquín Chamorro

Nuestro Héroe Nacional y Mártir de las Libertades Públicas, hoy más que nunca continúa existiendo



Este 10 de enero de 2019, Pedro Joaquín Chamorro Cardenal, Héroe Nacional y Mártir de las Libertades Públicas, cumplirá 41 años de estar venciendo la pretensión de asesinarlo y de silenciar su palabra. No pudieron sus asesinos con la erupción de un volcán inextinguible. Y aun cuando el patriota que profetizó que “Nicaragua volverá a ser  república”, y que siendo el adalid de las libertades públicas, cayó porque esas libertades siempre fueron su bandera azul y blanca, ve hoy como quienes enarbolan esa bandera, por ser azul y blanca, van a parar al exilio o a la cárcel por “golpistas y terroristas”.  Y confirman, sin ser derrotados, que “existe un país en donde cualquier conato de vivir está abolido.” Pero la lucha por una existencia digna continúa.

Nuestro Héroe Nacional y Mártir de las Libertades Públicas, hoy más que nunca continúa existiendo. El volcán continúa en erupción dando la lección de periodismo combativo e independiente, jamás dada en nuestra historia, que hoy incluye la persecución de su hijo Carlos Fernando, y de sus discípulos periodistas, en toda Nicaragua, que por mantener principios iguales a los suyos, se atrincheran en la verdad y la justicia, o parten al exilio a iniciar nuevas batallas, sustentadas en la dignidad, en el derecho a la libertad de expresión y de prensa. En fin a no permitir que les sean arrebatados sus derechos humanos y de libertades públicas.

No es la muerte la que nos puede arrebatar nuestro derecho a una vida digna. Recientemente publiqué aquí mismo, en Confidencial, “Resurrección”, un artículo en el cual cito a Pedro encarcelado: “Tres veces he vuelto condenado a este mismo lugar, con la misma ropa, la misma cama, y cargado del mismo cansancio…Las tres veces he sentido lo mismo: es necesario resucitar. ¡Hay que resucitar! Dice un amigo mío a quien quiero como hermano, que un fracaso es como una crucifixión, y que nadie puede resucitar sin haber sido antes crucificado…Este es pues el fin…pero es también el comienzo”.

Estamos resucitando. Estamos comenzando a vivir, y libres. Hace tiempo, Pablo Antonio Cuadra, compañero de Pedro en la dirección de “La Prensa”, la calificó, en medio de la persecución a la que la sometía Somoza, como “La República de Papel”. Es decir, la referencia escrita de la libertad, extensiva, digo yo, por añadidura, a toda expresión de libertad de prensa, como hoy perseguida en sus medios y en sus divulgadores. Los periodistas independientes son portadores de ese virus, por el que fue asesinado Pedro, calificado de ”libertades públicas”. En fin, debemos de deducir que si cuando Somoza construíamos una fortaleza llamada “República de Papel”, hoy esa fortaleza, sin derrumbarse, pero antagónica a la de Pedro y Pablo, se llama “República de Daniel”, y está ubicada en “El Chipote”. Ahí, y en cualquier parte en donde haya un preso político perseguido por periodista, los acompaña Pedro. Su erupción anuncia el mañana libre. La resurrección que es tan sólo el comienzo.

Siempre me he preguntado el por qué los tiranos no tienen el don de la palabra, ni como ética ni como estética. Creo –no sólo lo pienso- que es por lo que dijo el escritor José María Valverde, cuando la dictadura de Franco: “Sin ética, no hay estética.” Pedro les ha demostrado a Somoza y a Daniel, el enorme caudal de ética y oficio de escritor, que lo acompaña siempre. Baste citar, únicamente de su acervo literario, sus novelas Jesús Marchena; Richter 7; El enigma de las alemanas, sin mencionar sus testimonios de preso y torturado, y otros escritos políticos y sobre Derecho.

En una pequeña estampa de PEDRO, digo: “Todo esto tiene que ver con el Pedro escritor, pues el oficio de escribir es como buscar conocidos en el cielo, o, sufriendo la terrible represión de la ESTIRPE SANGRIENTA, tararear todas las mañanas, hasta la mismísima mañana del diez de enero de 1978: Valentina, Valentina, si me han de matar mañana, que me maten de una vez, una de sus rancheras preferidas y que es el origen que una de sus nietas lleve ese emblemático nombre, así como Tolentino el de uno de sus cuentos, lo cual demuestra que gran parte de su entorno fue literario, que se activaba fructíferamente ante la adversidad de la cárcel, la represión y la censura, como cuando comentaba que a nosotros nos había hecho escritores Coronel Urtecho, y a él, el Coronel Luna, su censor.”

Ahora que Carlos Mejía Godoy (2018) tuvo que marcharse al exilio, me pregunto que se hicieron los recuerdos de cuando, dentro del “Grupo Gradas” (1970-1974) apoyó con gran generosidad a Rosario Murillo, en sus viajes a pueblos y ciudades de Nicaragua, para apostarse en las gradas de las iglesias, cantar, recitar, leer proclamas sandinistas, y todo ello, sin cobrar ni un centavo. Existe un silencio y una frialdad como la de la agente, en El Chipote, que nunca respondió a los desesperados reclamos de Carlos por el destino de unos compañeros músicos apresados.

En 1974, estando yo de Asistente de la Dirección de La Prensa, en una de esas laudables giras político culturales apresaron a Rosario Murillo en Estelí, junto con Raúl Orozco y Carlos Martínez Sánchez, según recuerdo. Como pasaron dos días, Pedro me pidió que de nuestra parte, suya y mía, pidiera una cita con el Coronel Aquiles Aranda, para gestionar su libertad, y la de sus compañeros. Ciertamente que Aquiles, aunque me hizo llegar dos o tres veces con el pretexto de tenerme buenas noticias, siempre me endilgaba una plática en clave, que Pedro y otros interpretábamos como mensajes cifrados de la Guardia Nacional, para Pedro.

Esto ocurría porque Aquiles se preciaba de ser amigo de los poetas y de ser uno de los pocos que en la G.N. comprendían a Pedro; argumentaba no compartir la tardanza en responder de la OSN y que le costaba obtener las noticas que me daba de Rosario y sus compañeros. En el fondo trataba de congraciarse con Pedro convirtiéndose en el “protector” de la vida de su secretaria. Un día, como dándome una señal de la inminente libertad de Rosario, a la vez que para insinuarle a Pedro un posible entendimiento con un “sector bueno” de la G.N., me dio, para la poeta Murillo, cuya libertad ya era segura, un poster verdaderamente precioso, en el que aparecía una paloma dentro de una jaula, con el siguiente texto: “Algún día seremos libres”.

Hoy, ante ese recuerdo tan difuso, se impone un presente aún más antiguo que el recuerdo al que aludo: “Nadie puede resucitar sin haber sido antes crucificado. Este es pues el fin, pero es también el comienzo.” Pedro siempre fue puntual, escribí hace tiempo, y sus asesinos le conocían ese hábito. Por eso el 10 de enero de 1978 llegó puntual al definitivo encuentro que sus asesinos creyeron que era con la muerte, y que todo el pueblo de Nicaragua sabe que fue con la eternidad.