Opinion

¿Podemos aprender de la experiencia venezolana?

Las sanciones internacionales son necesarias para debilitar al régimen, pero si internamente no pasa nada, sencillamente, no pasa nada.

No hay la menor duda de que fue el apoyo de Hugo Chávez, principalmente por medio de la cooperación petrolera, el factor decisivo para que Daniel Ortega pudiera imponer su régimen dictatorial. De acuerdo a las estadísticas oficiales, aproximadamente cinco mil millones de dólares fueron canalizados como fondos privados, que el mandamás administró a su discreción y que sirvieron para construir un poderoso grupo económico familiar, comprar conciencias y lealtades, cultivar su clientela política, corromper a religiosos, empresarios, políticos, mandos policiales y militares, y edificar una alianza con los grupos económicos más prominentes.

Al secarse el chorro de petrodólares, el modelo de dominación entró en crisis y, si bien se vinieron a pique las relaciones de cooperación económica con Venezuela, se preservó la alianza política, continuada con Maduro, una vez que falleció Chávez.

Está alianza política se despliega en distintos ámbitos, uno de ellos es en la valoración y aplicación de estrategias. De hecho, cuando se examina la evolución de ambos regímenes pueden identificarse cómo han aplicado tácticas semejantes, desde diálogos amañados, pasando por campañas embusteras, hasta llegar a fraudes electorales, manipulaciones institucionales y represión pura y dura. Y han aprendido uno de otro.

Menciono lo anterior porque, en días recientes, tuve oportunidad de participar en una sesión de intercambio de experiencias con un muy lúcido dirigente político venezolano. Aunque cada país tiene sus realidades y contextos particulares, buena parte de los desafíos que enfrentamos son semejantes, así como episodios vividos a lo largo de la lucha por la democracia. De ahí que hay un espacio para aprender de las experiencias. Por tal razón, consideré oportuno compartir las enseñanzas que me parecieron más relevantes del intercambio.

Para comenzar, repasemos un poco la situación de Venezuela. En el 2015 se realizaron elecciones parlamentarias y la oposición, aglutinada en la Mesa de Unidad Democrática, propinó una contundente derrota al chavismo, alcanzando una amplia mayoría en la Asamblea Nacional.

La dictadura buscó por todos los medios anular las facultades de la Asamblea, primero valiéndose de su control sobre el aparato judicial y, más tarde, apoyándose en su dominio del aparato electoral, convocó a una Asamblea Constituyente para despojar de toda función a la mayoría opositora. Nicolás Maduro impidió, además, la realización del referéndum revocatorio establecido en la Constitución y se hizo reelegir presidente en unas elecciones fraudulentas. La oposición, con apoyo de gran parte de la comunidad internacional, desconoció el mandato de Maduro y eligió como presidente provisional a Juan Guaidó. De esta manera, quedaron coexistiendo dos asambleas, con poderes legislativos, y dos presidentes. Guaidó fue reconocido por más de cincuenta países. Sin embargo, la realidad es que el poder efectivo siempre lo preservó Maduro, con el respaldo, principalmente, de las fuerzas armadas.

Vale decir que la oposición registró divisiones internas, a tal punto que la MUD no sobrevivió a su propia victoria.

En diciembre próximo se realizarán de nuevo elecciones legislativas. Esta vez, Maduro se está anticipando a cualquier sorpresa.

¿Qué hizo?

Designó unilateralmente a magistrados del tribunal electoral, modificó la ley electoral alterando circunscripciones, reglas del juego y aumentando el número de diputados, entre otras arbitrariedades. Y, vea usted qué casualidad, copió la artimaña que Ortega aplicó en 2016 con la Alianza PLI: despojó a los cuatro principales partidos de oposición de sus directivas legales e impuso como nuevos directivos a personajes a su servicio. Igualito que ortega. De esta forma, Acción Democrática, Nuevo Tiempo, Primero Justicia y Voluntad Popular, los partidos mayoritarios, están encabezados no por los Enrique Capriles, Julio Borges, Leopoldo López o los otros líderes venezolanos que conocemos, sino por sirvientes de Maduro.

En estas condiciones, después de proponer, exigir y denunciar, 27 organizaciones políticas, incluyendo los partidos citados, anunciaron su decisión de no participar en la farsa electoral, en medio de un debate sobre la conveniencia de participar, o no. Un debate, por cierto, que se nos viene encima.

Pues bien, el político venezolano compartió varias experiencias, de las cuáles me permito destacar las siguientes:

  1. El destino de la lucha por la democracia no puede descansar solamente en la acción de la comunidad internacional. La presión internacional y las sanciones son necesarias para debilitar al régimen, pero si internamente no pasa nada, sencillamente, no pasa nada.
  2. Generar expectativas infundadas en la población sobre fechas cumbre, o desenlaces decisivos, a la postre resulta contraproducente. Cuando llegan las fechas o cuando los eventos anunciados no resultan, el impacto en la moral de la gente se traduce en desánimo, desmovilización y desconfianza.
  3. Siempre hay distintos planteamientos sobre objetivos y formas de derrotar al régimen, desde quienes confían en una intervención armada, pasando por quienes apuestan a una rebelión interna, hasta quienes argumentan que la única forma de lucha es participar en elecciones. Más que las frases altisonantes, lo fundamental es acompañar los planteamientos con propuestas de estrategia y, sobre todo, de acciones. Un planteamiento, sin estrategia y sin acción termina reducido a una frase o una proclama.
  4. La lucha política y la lucha electoral deben estar acompañadas de la lucha social. Es imperativo acercarse a los problemas de la gente. Con todo y el ambiente de represión, la población no puede quedar inerme frente a la pandemia, la crisis económica y las carencias sociales. La lucha social es también lucha política.
  5. Anticipar los debates y forzar definiciones de manera extemporánea, sin una hoja de ruta clara, contamina el ambiente y genera tendencias divisivas.
  6. Finalmente, hay que mantener permanente contacto con la comunidad internacional para que estén debidamente informados y evitar que las urgencias nacionales provocadas por la pandemia saquen de la agenda de gobiernos y organizaciones la lucha por la democracia en nuestros países.

Aclaro que estas son mis notas personales, a raíz del intercambio. No son literales, así que no comprometen a nadie. La intención es que nos ayuden a escarmentar en cabeza ajena.

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