Opinión

¿Podremos vivir juntos algún día?

Paz

Los más comprometidos con la paz deberían ser los gobernantes, no se trata de hacer falsos llamados al entendimiento



Una lucha fratricida. El momento crítico que vive Nicaragua —con centenares de muertos, heridos, encarcelados y desaparecidos— invita a la reflexión. Urge encontrar una salida. El desgaste físico y emocional continúa acrecentándose. La división entre la familia nicaragüense sigue aumentando. Todos estamos obligados a hallar una respuesta a la crisis que vive el país. El luto está generando profundos rencores. El llanto de las madres estremece las conciencias y perturba la razón. Ninguna de estas muertes es aceptable. La explosión de las desavenencias en las redes, vuelve a demostrar que las diferencias políticas desunen. Provocan fisuras difíciles de restañar. El odio empozado sale a borbollones. ¡Nos está ahogando!

La estigmatización, campañas de descrédito, soplonería, acusaciones y contra-acusaciones, difamación, calumnias, insidia, intolerancia política e ideológica, intransigencia y falta de compasión, forman parte de las raciones diarias servidas en las redes. La discordia y la maledicencia ahondan la brecha que separa a las familias. Tal vez la peor consecuencia —además del luto y el llanto— para los nicaragüenses que han perdido a varios de sus seres queridos. El momento histórico que atraviesa Nicaragua hizo que la crisis ética aflorara. El proceso para restañar las heridas va a ser largo y doloroso. El desenfreno y agresividad verbal y simbólica arrasan con la honra y reputación de las personas. No hay escrúpulos con nadie ni para nadie.

Los más comprometidos con la paz deberían ser los gobernantes, no se trata de hacer falsos llamados al entendimiento. Las actitudes y no las palabras son las que en último término ratifican el verdadero sentir de las personas. A nadie más que al presidente Daniel Ortega y vicepresidente Rosario Murillo, compete realizar un giro radical en la búsqueda de una auténtica paz. El país no puede seguir desangrándose. La cordura debe prevalecer frente a toda adversidad. La asimetría entre las fuerzas en pugna es desproporcional. La razón de las armas nunca ha sido aconsejable. Menos entre personas que conforman un mismo conglomerado humano. Cada muerte nos disgrega. Agrieta el tejido social. Torna difícil restablecer la concordia nacional. Deja cicatrices incurables.

La cantidad de muertos y la ocupación de propiedades, reinstalaron el ciclo de violencia que sacude a Nicaragua desde nuestra independencia (1821). ¿Será posible que en algún momento podamos vivir juntos? La reiteración de la violencia nos retrotrae hasta la guerra nacional (1856-1857). ¿Por qué no hemos podido hacer del diálogo la forma natural y más adecuada para zanjar nuestras diferencias políticas? ¿Solo se puede regresar a la mesa de negociones cuando el vencedor —sobre un charco de sangre— trata de imponer sobre los otros su supremacía? ¡La paz de los vencidos! Una paz artificial. Ficticia. Nacida de la boca del fúsil. Los gobernantes nicaragüenses han sido amigos de las montoneras y la eliminación física de sus oponentes.

El uso sistemático de la violencia. El estadounidense Ephraim George Squier, periodista, diplomático y arqueólogo, entre los diversos libros que pergeño sobre la región centroamericana, uno solo basta para conocer la levadura de la que estamos hechos. Nicaragua: Sus gentes y paisajes (1970). Un texto valioso para identificar nuestro pasado inmediato. Jaime Incer Barquero asegura que Squier tuvo el mérito de legarnos una gran riqueza de conocimientos patrios, a través de sus abundantes escritos, ilustraciones y mapas, como ningún otro extranjero o viajero ocasional por Nicaragua lo había logrado antes, ni lo lograría después”. Pondero la valoración de un investigador como Incer Barquero, para que se comprenda el talento y talante de Squier. La primerísima importancia de este texto para el conocimiento de nuestra idiosincrasia política.

Squier constató —entre sorprendido y preocupado— la forma cómo capitalizaban los vencedores sus triunfos en las urnas. Comprobó que ¡quien ganaba lo ganaba todo! A los que discrepaban les esperaba la cárcel, la confiscación, el destierro o la muerte. ¿Será que el mal quedó incubado en lo más profundo del ser nicaragüense? Algunos piensan incluso, que nuestra propensión a la violencia viene desde más lejos. Se habla del Síndrome de Pedrarias, para referirse a Rodrigo Contreras, yerno de Pedrarias y carnicero del obispo Valdivieso. No le perdonó que intercediera ante la Corona española, para que no siguiera enriqueciéndose y matando a la población indígena. Con el ánimo que la ciudadanía escarmentara, se esmeró por darle una muerte atroz.

El parentesco más cercano entre el texto de Emilio Álvarez Montalván, Cultura política nicaragüense (Cuarta edición, Hispamer, 2008) y La lucha por el poder (Ardisa, 2017) de Enrique Bolaños-Geyer, viene a ser en que ambos coinciden en destacar el uso sistemático de la violencia y autoritarismo, para resolver nuestros desacuerdos políticos. Álvarez Montalván sostiene que “El fondo del drama de nuestra cultura política es que no nos agrada entrar en competencia cívica con el adversario, sino que tenemos la compulsión de apartarlo o descalificarlo usando métodos o triquiñuelas ‘legales’ como la exclusión”. La competencia cívica provoca alergia y rechazo. Los gobernantes prefieren el fraude electoral. Siempre han buscado controlar la institución que cuenta los votos.

¿La enfermedad no tiene cura? Bolaños-Geyer desde el inicio opta por resaltar en cinco títulos (de los diez capítulos que forman su libro), las palabras anarquía, guerra, inestabilidad y dinastía. “En ciento setenta años de vida soberana, desde el 2 de mayo de 1838 (cuando Nicaragua se separó de la federación centroamericana y llegó a ser totalmente independiente), hasta 2007 se han producido —por lo menos— ciento once cambios de gobierno en los que han participado setenta y una personas, muchas veces como producto de la lucha de los caudillos políticos por sentarse y atornillarse de por vida en el sillón del poder ejecutivo”. Señala a los principales responsables del sufrimiento del pueblo nicaragüense. El mal continúa enquistado y pareciera que no existe antídoto contra esta enfermedad. 

¿Cómo ver al otro cuando se trata de un ser de carne y hueso? ¿Cómo tú coterráneo, habitante de un mismo territorio, con quien en algún momento compartiste silla en la escuela, visitaron los mismos lugares, son del mismo pueblo, habitan el mismo barrio, caminaron por las misma calles, les vinculan lazos familiares, jugaron en el mismo equipo de beisbol o futbol, juntos parrandearon, coincidieron innumerables veces en los buses, son grandes amigos de tus hermanos, asisten a la misma iglesia o templo, creen en la democracia como sistema de gobierno, fueron militantes del mismo partido político y comparten las mismas tradiciones? ¿Seremos tan ciegos que pasamos por alto o poco nos importan todas estas afinidades? ¡Todo indica que así es!

Mientras no haya cambios sustanciales en nuestra cultura política, no podremos remontar estas inequidades. El otro sigue siendo extraño. No importa la cercanía que tengamos. Lo crucial en política sigue siendo, ¿cómo concebimos al otro? Mientras lo consideremos como nuestro enemigo y no como nuestro adversario, seguiremos anclados en un pasado que está resultando casi imposible de superar. En la sociedad nicaragüense, las enormes desigualdades sociales, económicas, raciales, educativas y culturales constituyen norma. Hay que cambiar de perspectiva. ¿De qué otra manera saltar el infierno? El pecado original del sandinismo fue pretender instalar la uniformidad de pensamiento. Una pretensión imposible.

¡El otro, es nuestro prójimo! La respuesta a la pregunta, ¿cómo vamos a resolver las desigualdades que tenemos con los otros? Será positiva sí comprendemos que todos habitamos un mismo planeta y vivimos bajo un mismo cielo. “Todos los habitantes de nuestro planeta somos Otros ante otros Otros: yo ante ellos, ellos ante mí”, acota Ryszard Kapuscinski. Tengo la impresión que nosotros —los nicaragüenses— no hemos podido encontrarnos con nos-otros-mismos. Las formas como se han dirimido históricamente las controversias políticas, constituyen una advertencia. Una señal trágica. Entramos al siglo XXI con altísimos índices de intolerancia. Discrepar sigue siendo delito. Durante estos meses de insurrección cívica se ha comprobado.

El número de recursos utilizados para destruir al otro —catálogo de agravios presentado por Emilio Álvarez Montalván— presentes en la cultura política nicaragüense de este siglo, son similares a las exclusiones señaladas por Squier. Censura, confiscación, exilio, cárcel —“juicios para justificar prisiones legalizadas”— hasta la eliminación física. Una espiral interminable. Nuestra historia pareciera caminar sobre una bicicleta estacionaria, (la metáfora la debemos al filósofo Alejandro Serrano Caldera). ¡Mientras no se rompa este círculo de hierro, continuaremos varados en el mismo lugar! No hemos podido desandar la historia. Los caudillos han sabido engatusar a sus seguidores. Les siguen embobados.  

Para poder vivir juntos —es decir para poder vivir en paz— tenemos que dejar de considerar al otro como enemigo. Nadie debería ser criminalizado ni perseguido o encarcelado por disentir. ¡Menos muerto! ¡Cómo nos está costando romper con los valores del pasado! ¡Hay que hacer un alto! Volver a la mesa de diálogo. En una ocasión el poeta José Coronel Urtecho, me dijo: “Poetilla, los nicaragüenses somos genéticamente hijueputas. ¡Convénzase poeta! No se trata de un problema cultural”. Me niego aceptarlo. Como los chinos, veamos la crisis como una oportunidad. Si no nos montamos hoy en el carro de la historia, perderemos una nueva ocasión de reencontramos con nosotros mismos. Entonces llegaría a pensar, ¡qué estamos irremediablemente perdidos!