Prólogo de Gregorio Selser

“Era un periodista y un escritor de garra. Y su vocación olía más a tinta de imprenta que a la de político presidenciable (y créeme —Pedro Joaquín, hermano, colega—, que este es el más respetuoso y afectuoso honor que se me ocurre tributarte)”

Gregorio Selser*

PEDRO JOAQUÍN CHAMORRO CARDENAL
20 AÑOS DESPUÉS

Hace casi veinte años, hacia fines de 1958, en Buenos Aires, mi entrañable amigo Germán Gaitán, puso en mis manos Estirpe sangrienta: los Somoza. Fue también él quien hizo todo —y más— para que una editora argentina reimprimiera la obra y llevara como prólogo algunas anotaciones y observaciones que me sugirió su lectura.

Recuerdo que en un principio fui muy renuente. Ya estaba entablada la lucha frontal contra una de las expresiones más visibles de la obra desintegradora que el imperio desarrollaba en nuestra América, la SIP (Sociedad Interamericana de Prensa), organización a la que los militantes de mi generación denunciábamos permanente y vehementemente.

Prologar a un miembro conspicuo de la SIP me pareció poco congruente con mi posición; pero Gaitán me convenció con dos argumentos decisivos: el primero, que mis críticas a esa entidad, no sufrirían censura, y el segundo, lo mucho que importaba que alguien apellidado Chamorro se expresara respecto de Augusto C. Sandino con el respeto con que lo hacía Pedro Joaquín. Si este podía sobreponerse a prejuicios y estereotipos, ¿por qué no me ubicaba yo con análoga actitud de distante objetividad frente a la obra, es decir, el libro, y la juzgaba y comentaba por sus contenidos antes que reservas que pudiese inspirarme un apellido?

También recuerdo que al cabo de unos meses de publicada la edición argentina con mi nervioso y acomplejado prólogo, recibí el único comentario procedente de Pedro Joaquín: a su juicio, él debía ser el único autor de un libro cuyo prologuista le propinaba una zurra.

Al cabo de los años y con la relectura de esas pocas páginas por mí olvidadas, percibo que en cierto modo no le faltó razón. No tuve generosidad y ánimo dispuesto en favor de quien no solo había escrito un documento vibrante y un alegato testimonial digno de figurar entre rulos de su género, sino que cuidé más de no parecer justo y entusiasta, que de hacer posible cualquier confusión que me hiciera políticamente vulnerable, esto es sospechoso de simpatías con un adversario.

Tengo la certeza de que con posterioridad ambos percibimos la naturaleza de aquella debilidad mía, y de que Pedro Joaquín la archivó para siempre. Nos escribimos algunas pocas veces, siempre con cortesía y mutuo respeto, y sobre todo a partir de 1976 con mayor asiduidad vista mi mayor cercanía a Nicaragua y al hecho de que teníamos referencias mutuas por amigos comunes.

Mucho deploré no encontrarle en México, a fines de 1977, cuando él regresaba de su primer viaje de Estados Unidos en muchos años, camino de Nicaragua. En esos mismos instantes, yo me hallaba en Estados Unidos cumpliendo tareas de investigación, en parte relacionadas con la historia de la patria de Zeledón y Sandino.

Sin embargo, mucho antes de que fuese asesinado, yo había aprendido a respetar y honrar aquella su lucha casi solitaria de varios lustros contra la Dinastía a la que él había caracterizado en su libro autobiográfico, y a admirar su coraje y persistencia. De ahí que, cuando conocí la noticia de su muerte y no obstante no estar en ejercicio de mi vieja profesión de periodista, escribí a vuelamáquina para la agencia Inter Press Service algunas cuartillas de homenaje a quien siempre había considerado más mi colega de profesión que a mi afín político. Por lo que sé, aquellas páginas emocionadas se reprodujeron en el semanario Auténtico, de Caracas, Venezuela, el 24 de enero de 1978.

Como descuento que la censura de los Somoza interfirió en el envío que hice de una copia a Nicaragua, me permitiré reproducir parte de aquel apresurado testimonio de mi reacción ante el crimen, testimonio que inicié declarando no poder ni querer hablar de Pedro Joaquín como político, por no considerarme con “derecho a juzgar la actuación de quien, con su acción política, se ha venido jugando el pellejo desde hace veinticinco años en un país donde nunca fue un juego amable ser opositor”.

Añadí que prefería trazar el recuerdo de “una relación que para mí infortunio nunca llegó a ser personal”, así como “explicar el porqué de mi profundo respeto” por él. Relaté en pocas palabras mi primera relación con él y mis primeras renuencias a prologar su libro, que aquí llevo referida. Y añadí:

“Su autor me era absolutamente desconocido, pero el apellido, el apellido, era el que automáticamente despertaba mi rechazo e indiferencia. El libro era una crónica descarnada de los padecimientos del autor en la cárcel particular de los Somoza y, como denuncia e imprecación, tenía sobrado derecho a figurar entre los documentos de historia latinoamericana de obligada consulta (…) Por entonces mi intolerancia juvenil me hizo ser pragmático con la obra y hasta descortés con su autor (…) El prólogo que le enjareté y que Pedro Joaquín no pudo conocer con antelación por haber sido interceptado por la censura de los Somoza junior, contenía una violenta diatriba contra el apellido Chamorro en general, con apoyo en referencias históricas de las cuales el joven autor no tenía por qué ser imputado, ni como derechohabiente —que no lo era— ni como albacea lateral —que tampoco era su caso—”.

Líneas más adelante recordé que su libro se agotó en Argentina en pocos meses y que los “nicas” que financiaron la edición, destinaron sus beneficios en favor de los presos en las cárceles somocistas, y que Pedro Joaquín, no aceptó un solo centavo como autor, según le correspondía. Después añadí:

“José Santos Zelaya, Benjamín Zeledón, Augusto C. Sandino y tantos miles de ‘nicas’ más que fueron sus seguidores o sus émulos (muchas veces oscuros y desconocidos), dieron sentido entrañable al sentimiento de patria que precisamente un Chamorro de este siglo, Emiliano, el infeliz entregador de Nicaragua al ‘bárbaro invasor’ de que hablaba Rubén Darío, había abajunado hasta grados de abyección e infamia. El pariente colateral de ese ignorante aventurero estaba rescatando la honra del apellido y la de su patria (…)”.

“Creo que desde que comencé a apreciar su labor como director de La Prensa, a analizar el medio en que libraba su batalla diaria y se exponía crecientemente al riesgo que ominosamente presagiaba el título del libro que yo había prologado, en la misma medida empezó a crecer mi respeto por él. Es posible que nuestra condición de periodistas nos haya vuelto a acercar”

“En un continente donde ser propietario o director de un periódico no equivale necesariamente a ser periodista y sí en cambio asocia aquellas locuciones a las de un simple empresario o mercachifle, las funciones que ejercía Pedro Joaquín lo destacaban por mérito propio e intransferible”.

“Era un periodista y un escritor de garra. Y su vocación olía más a tinta de imprenta que a la de político presidenciable (y créeme —Pedro Joaquín, hermano, colega—, que este es el más respetuoso y afectuoso honor que se me ocurre tributarte)”.

Hago aquí un alto en la reproducción parcial de esa nota para traer a colación lo de la SIP que tanta desconfianza me provocaba. Recelaba de los halagos y mimos de la Sociedad Interamericana de Prensa, de los algodones y lauros con que envolvía a sus miembros latinoamericanos hasta que advertí que en no pocos casos y magüer su origen y sus fines, ofrecía resquicios no desdeñables para quienes estuviesen dispuestos a actuar dentro de ella no renunciando a sus principios y, por el contrario, enalteciéndolos desde los frecuentes foros públicos que ella deparaba. No me fue difícil percibir a continuación que precisamente en virtud de esa afiliación pudiese deber Pedro Joaquín la vivencia de su diario y hasta de su persona de los aleves atropellos de la Dinastía sangrienta. Y me fue fácil comprobar que esa especie de patrocinio externo cautelaba su batalla que, por lo que a Nicaragua atañía, jamás le hizo claudicar en sus convicciones ni en su ideario patriótico.

Precisamente, también, guardaba entre mis papeles la crónica que la agencia norteamericana AP hizo el 20 de octubre de 1977, de la asamblea anual de la SIP que se realizó en la ciudad de Santo Domingo. Allí se informaba de una discusión frontal entre Pedro Joaquín y el director del periódico oficial de los Somoza, de olvidable nombre. Pedro Joaquín había denunciado, una vez más, la falta de libertad de prensa, la violación de los derechos humanos y la represión política imperantes en su patria, acusaciones que el representante de la Dinastía sangrienta refutó como falsas en el Listín Diario dominicano.

Pedro Joaquín volvió a tomar la palabra:

“El representante aquí de Somoza dijo a Listín Diario que yo voy a terminar como Miguel Ángel Quevedo, quien como es sabido se suicidó. ¿Por qué dice semejante cosa de una persona normal, sin problemas afectivos ni familiares y ni siquiera económicos? No es la primera vez que lo dicen, porque es una manera de amenazar mi vida. Es como decirme ‘te vamos a matar y ni siquiera dejaremos señales como asesinos tuyos’, igual que han hecho con tanta gente en Nicaragua. Para citar solo un caso, hace escasas semanas, al ingeniero Raúl González lo asesinaron a garrotazos en la cárcel de Estelí, y luego dieron un comunicado oficial afirmando que había muerto en un combate con el Ejército”.

“Curioso combate este, donde la única baja no presenta herida de bala, pero sí destruida la base del cráneo, y las costillas rotas. Y para demostrar que estos no son casos aislados de exceso policial, como lo afirma el director de Novedades, basta recordar el reporte de Amnistía Internacional sobre Nicaragua, que resume una carta pastoral de todos los obispos denunciando torturas, violaciones y fusilamientos sin previo juicio, es decir, asesinatos, como también el testimonio de 35 sacerdotes capuchinos norteamericanos relatando la desaparición de centenares de campesinos junto con sus esposas e hijos, la existencia de campos de concentración y el asesinato de casi todos ellos, inclusive de niños”.

“No se trata de casos aislados como dice el agente de Somoza, sino de una política sistemática, implantada desde los comienzos de los años cuarenta por una familia cuyo objetivo principal es el enriquecimiento, aun a costa de la necesidad social, como se ha venido a demostrar con el hecho de las especulaciones y enormes negocios que ha hecho con un terremoto en el cual hubo 10,000 muertos”.

¿Cuáles negocios? Comprar tierras para la reconstrucción a precios mínimos y venderlas al Estado con ganancias millonarias, como se demostró cuando una delegación de la Contaduría General (General Accounting Office) del Gobierno de los Estados Unidos llegó a Managua, para averiguar cómo se administraban allí los fondos de la A.I.D. (Agency for International Development).

“El agente de Somoza repitió además, el disco rayado de que todo lo que se hace en Nicaragua contra aquél es obra de Fidel Castro, pero da la casualidad de que precisamente hoy los diarios dominicanos publican un cable procedente de Managua, en el cual el Gobierno somocista acusa de conspirar contra él a un grupo de personas entre las cuales —dice el mismo Gobierno— está un millonario dueño de la principal cadena de supermercados de Managua, otro propietario de la fábrica de Café Soluble, aliados con varios intelectuales, poetas, novelistas y tres sacerdotes”.

“¿Cómo puede explicarse semejante contradicción? Es decir, ¿será posible una conspiración de millonarios y sacerdotes dirigida por Fidel Castro? Lo que pasa, simplemente, es que el pueblo nicaragüense —y pueblo son todos, ricos y pobres—, está ya hastiado de la tiranía somocista”.

No creo necesario puntualizar aquí qué costo tendría en cualquier país de nuestra América aherrojada el que el director de un periódico se expresara respecto de la dictadura de turno en su patria en la forma en que lo hizo Pedro Joaquín con las palabras que hemos transcrito, y en un foro internacional. Pero no solo lo hizo en esa ocasión sino que, con el mismo denuedo lo estaba denunciando y varios lustros, de una u otra manera, según lo podemos apreciar ahora de la lectura de sus escritos escogidos en su homenaje por la Revista del Pensamiento Centroamericano.

Pedro Joaquín hizo del ejercicio periodístico un apostolado, en el cual la vida se le iba a cada momento. Y él lo sabía perfectamente, como tantos otros que, a diferencia de su estilo profesional, optaron por la sacrificada y no menos riesgosa opción de la montaña.

Han sido en Nicaragua dos modos distintos de una misma pelea, y muy importante ha sido que en los tiempos más recientes desde todos los sectores se haya reparado en el detalle de que se trataba de una misma trinchera, en la que las armas y pertrechos pueden ser dispares, como también disímiles las ideas de quienes los utilizan, pero a quienes hermana el enemigo, ese que está enfrente y no al costado de uno, ese que está identificado y cuadriculado desde hace muchos años, desde hace muchas décadas y al que es menester destruir de una vez y para siempre, aunque se odie la violencia, la sangre derramada, el luto y la muerte del prójimo.

A la muerte de Pedro Joaquín escribí que “la SIP y el Departamento de Estado seguramente enviarán sus condolencias”, y a renglón seguido advertí que “sus motivos para dolerse de esta muerte no tienen por qué ser, necesariamente los míos”. En efecto, esa presunción se ratificó un día después, dando así motivo para que desde ciertas posiciones ultruistas se calificara a esas contriciones norteñas como prueba de que a la clase popular de Nicaragua muy poco debía concernir ese asesinato, puesto que —aducían— se trataba de un “conservador” que pertenecía al mismo régimen. Ese tipo de ceguera, ese infantilismo reduccionista, simplificador y simplista, ha sido desde siempre, uno de los mejores aliados de las peores satrapías de nuestra América.

Pedro Joaquín Chamorro no fue asesinado por ser enemigo del pueblo nicaragüense o amigo del invasor invisible, o complaciente con la corrupción, el dolor, la tortura, el tormento a los presos, el asesinato del adversario político, la persecución a los sandinistas; tampoco lo fue porque desde las páginas de La Prensa se aplaudiera la explotación de los obreros y campesinos, o la conversión de la patria nicaragüense en una inmensa propiedad económica de la Dinastía y sus parientes y amigos, o entonara loas porque el somozato diera piedra libre a la Guardia Constabularia para hacer sus negocios privados a costa de los humildes y desamparados. Tampoco le asesinaron por ser conservador, burgués y católico, que lo era en efecto sin que al propio tiempo dejara de ser un héroe civil cotidiano, un nacionalista y patriota como a su modo y en sus tiempos distintos lo fueron Zeledón y Sandino.

Pedro Joaquín Chamorro no era socialista, ni comunista, ni castrista, ni izquierdista en cualquiera de sus matices. Ni postuló que lo era o que podía serlo, ni se vistió demagógicamente con prendas ideológicas o políticas que sentía no eran las suyas. Desdeñar su actuación y su lucha porque la signaban principios democrático-burgueses es ignorar las innumerables pruebas de la historia, que muestran por cuán inesperados y sinuosos cursos se mueve el complejo proceso que converge hacia la revolución verdadera de los pueblos.

A Pedro Joaquín Chamorro lo asesinó el sistema al que él combatía, la sangrienta Dinastía que desde más de cuatro décadas lucra con el hambre, el atraso, la miseria y la desesperación del pueblo de Nicaragua. Puede importar poco que la mano que armó y pagó a los asesinos haya sido local o foránea. Hubo complicidad tácita en el crimen, porque el crimen es en Nicaragua, desde febrero de 1934, el instrumento idóneo de Gobierno, no importa quién sea la víctima. Pero en el caso del periodista Chamorro, como en el de Sandino, no hubo improvisación, ni espontaneísmo, ni casualidad. El blanco fue cuidadosamente seleccionado y, aunque es posible que las razones no hayan sido totalmente políticas, el resultado ha sido el mismo: su mayor beneficiario fue la Dinastía sangrienta.

El problema con Pedro Joaquín residía en que era un no violento, en que era un convencido liberal y por lo tanto un no comunista y quizás hasta un anticomunista, lo que no necesariamente hizo de él un macartista o un imbécil cazarrojos. No se le podía etiquetar falsamente ni descalificarle con maña endosándole mentirosas adhesiones ideológicas como modo de anular o reducir el valor de su prédica. No fue casualidad que durante años se le negaran el pasaporte para poder viajar al exterior. Porque cuando lo pudo hacer, su conocido liberalismo y su moderación pudieron encontrar creciente eco entre algunos sectores de la administración Carter y quizás del Congreso estadounidense.

No lo sé, ni me consta, que sus gestiones en Estados Unidos hayan podido modificar esa invariable línea vigente desde tiempos de Franklin D. Roosevelt, que consiste en valerse de la “No intervención” cuando se trata de dictadores y tiranías civiles o militares de nuestra América, o de los marines cuando estallan rebeliones populares como la de Dominicana en 1965. Pero por simple deducción y análisis de los sucesos y sus repercusiones infiero que Pedro Joaquín pudo aparecer ante los sectores de la administración Carter para quienes los Somoza son una acusación permanente, como un interlocutor válido y responsable en lo atinente a Nicaragua.

No lo sé, ni me consta, qué grado de importancia cobró entonces el fogoso periodista ante quienes, tanto en Estados Unidos como en Nicaragua, anhelan la total extirpación de la satrapía y de sus epígonos. Pero sospecho que dentro del sistema dinástico hubo quienes le vieron como el más temible riesgo para sus intereses y posiciones y decidieron eliminarle. La justificación o la explicación pueden resultar secundarios. Lo cierto es que con su muerte, la Dinastía cobró nuevo respiro, aun tomando en cuenta la formidable explosión de ira popular y nacional que siguió el crimen, al nuevo crimen, uno más entre la miríada de los consumados en más de cuatro décadas de somozato.

Frente a lo que está ocurriendo en Nicaragua en momentos en que redacto estas cuartillas, no puedo menos que pensar en un célebre episodio ocurrido a continuación de la terrible matanza de haitianos, ordenada por otra bestia sanguinaria con figura humana, Rafael L. Trujillo. Ante los resultados de la comisión investigadora enviada al lugar de los hechos, el experto estadounidense Summer Welles, subsecretario de Estado adjunto para Asuntos Latinoamericanos, recomendó al presidente Roosevelt la urgencia de la eliminación de Trujillo del poder. Y entre otras alegaciones mencionó la escasamente diplomática de que se trataba de un son of a bitch. La respuesta a Welles fue histórica y tiene asociación automática con casos de otros son of a bitch de esos y posteriores tiempos “I know: that he is a son of a bitch, but is OUR son of a bitch”.

Y como de propiedad o de alquiler norteamericana, Trujillo pudo permanecer en el poder hasta que los avatares políticos del continente indujeron a Washington a prescindir de él del modo nada amable en que lo dispuso. Trujillo nació con la “National Constabulary” creada por Estados Unidos al término de una invasión de marines a Dominicana.

Anastasio Somoza García nació, del mismo modo que su par caribeño, por generación derivada de la “National Constabulary”, creada a instancias del presidente Calvin C. Coolidge, coincidentemente el mismo padre de criaturas destinadas a abominable perdurabilidad. Los Trujillo, los Somoza, como los Pinochet y los Batista, son retoños de una misma mala hierba que no crece por generación espontánea, tienen un padre común históricamente tan indulgente para con ellos como ignorante de sus atrocidades y abominaciones.

Los constabularios, esto es, los policías o militares que con el nombre de Guardia Nacional cautelan y tutelan vidas y bienes en las expoliadas repúblicas de Centroamérica y el Caribe por cuenta de empresas transnacionales y sus asociados interiores, deberían dejar pasos a milicias realmente nacionales y populares. En tanto subsistan con las características impresas y selladas por el invasor y ratificadas en sus escuelas y academias militares, subsistirá la amenaza de recaídas y recidivas.

Pedro Joaquín Chamorro lo advertía con perspicacia y madurez. Nicaragua —¿y por qué no El Salvador, Honduras y Guatemala?— es lo que viene siendo desde que Zelaya y Madriz fueron botados por el invasor, porque este no solo no movió un dedo para promover cambios en calidad y cantidad, sino que cuando movió ese dedo —y hasta manos y pies— hizo para perpetuar en el país el inmovilismo, el atraso, la humillación y el expolio, la enajenación y la dependencia, el orden de la fuerza bruta y la razón de las balas, de la sumisión y de la muerte. Este invasor hizo al país como es, y no habrá modificación en sustancia y hondura si a este sátrapa lo reemplaza otro de rostro más benigno y de maneras más corteses y refinadas, El molde es que lo que importa arrojar y destruir por siempre jamás, extirpar la fistula purulenta y permitir que la convalecencia, la cura y el renacimiento sean obra y creación del propio pueblo nicaragüense, sin tutelas ni asesorías, sin interferencias ni invasiones de los principales responsables de la tragedia, por sí mismos o por lacayunas y serviciales oeas.

En pocas palabras, que a los Somoza no los sucedan los Balaguer, porque entonces todo seguirá igual, excepto la fachada. Y se asesinará de nuevo a Zeledón, a Sandino, a Chamorro y a los miles de nicaragüenses que como ellos pagaron con su vida la pasión de patria y libertad.

Entre los escritos que solo recientemente conocí de Pedro Joaquín, figura uno titulado “Quieren otra vez matar a Sandino”. Se publicó en La Prensa el 25 de febrero de 1965 y considero que su inserción completa en estas cuartillas explica sobrada y cabalmente, más allá de todas otras elucubraciones, porque a mi juicio Pedro Joaquín, conservador, burgués y católico, debe ser visto por todo nicaragüense que ame a su patria, con el mismo respeto y devoción que merecen los Zeledón y los Sandino: “Así como es natural que en el aniversario de un hombre ilustre, trate de revivirse su memoria, también es natural que los culpables de su muerte traten de matarlo (otra vez) o que los partidarios o sirvientes de quienes cortaron su vida, intenten cortar su recuerdo”.

“Eso está pasando este año con Augusto C. Sandino, auténtico héroe de nuestra patria, a quien mientras todo el país reconoce como el exponente más alto de su bravura y de su independencia en el siglo presente, tratan de matar de nuevo, quienes lo mataron físicamente”.

“Era de esperarse semejante cosa. Era de esperarse que así como ayer el fusil artero mató a Sandino, hoy la pluma de quienes manejaron aquel fusil intentará echar lodo y suciedad a su memoria”.

“Esa pluma —naturalmente albergada en el diario de la Dinastía somocista— falsifica la verdad, tergiversa los motivos y trata aunque sin lograrlo de empañar la gloria del guerrillero, cuestión que, como decimos, era de esperarse, pero no puede pasar sin comentario”.

“Bastaría decir en honor de Sandino, que él, hombre sin estudios, aprendió a cultivarse en sus primitivos campamentos y estableció allí, escuela y maestro para enseñar las primeras letras”.

“Bastaría decir que prohibió el guaro en el territorio dominado por sus fuerzas, para llegar a la conclusión de que algo había en él excepcional, o por lo menos de distinto contradictorio, si lo comparamos con quienes en el Gobierno, son enemigos de la alfabetización, grandes productores de guaro, y protectores de todos los vicios. Es decir, con sus victimarios”.

“Pero esas virtudes que señalamos en Sandino, son mínimas si se las compara con la virtud de su patriotismo, de su amor a Nicaragua, que lo llevó a mantener una lucha desigual, sin vituallas, sin comida, sin armas, contra el Ejército mejor equipado del mundo”.

“Y dicen sus detractores que Sandino mató y quemó casas y fincas. Pero bien, decimos nosotros, ¿y el que asesinó a Sandino, consumando la más negra de las traiciones, podrá acaso arrojar la primera piedra, ya no digamos contra el General de Hombre Libres, pero siquiera contra cualquiera de sus subalternos?”

“¿Qué es peor, cortar la cabeza de un invasor extraño o ametrallar a un hombre después de haberlo abrazado…?”

“¿Qué es peor, matar en la guerra, o torturar a un indefenso, metiéndolo amarrado a un pozo, o aplicándole corriente eléctrica…?”

“No hablemos por lo tanto de crueldades, pues lo malo que hicieron los sandinistas ha sido superado ampliamente por los otros, en tanto que la parte buena de su gesta, el heroísmo, la lucha contra la intervención extraña, es solamente de ellos”.

“La memoria de Augusto C. Sandino no puede ya mancharse, ni es razonable decir de él que fue un mito, porque cinco años y medio de guerra desigual con un saldo de nombres gloriosos como El Chipote, Palacagüina, Wiwilí, Saraguasca, Las Vueltas, Quilalí, El Rapador y otros quinientos combates, así como no pudieron ser inventados por propaganda alguna, jamás serán destruidos por las plumas que pagan quienes segaron la vida del patriota más grande que ha dado Nicaragua en el presente siglo”.

Deseo terminar este extenso homenaje al colega, al amigo, al hermano Pedro Joaquín, insinuando que si la parábola de la historia cumple su derrotero, su sangre estaría destinada a conjugarse en una única y sacra comunión con la de Zeledón, Sandino y todos cuantos las derramaron a conciencia por la honra, la libertad y la independencia cabales de Nicaragua.

Un Chamorro de tétrica memoria inició a fines de 1909 la entrega de una nación pequeña, pero altiva, al invasor norteño que la convirtió en dependencia económico­política. No valen nombres como los de Juan José Estrada, Adolfo Díaz, Luis Mena, José María Moncada, con todo y lo traidores que fueron a su patria frente al bárbaro extranjero, lo que totalizaron en abyección y ludibrio Emiliano Chamorro y su tío Diego Manuel Chamorro. Estos dos, más Adolfo Díaz, es cierto, llamaron en agosto de 1912 a los marines y blue­jackets al mando del contralmirante William H. Southerland, para que ingresaran en Nicaragua y les auxiliara contra el rebelde Benjamín F. Zeledón, y no titubearon en poner sus propias huestes bajo el comando foráneo del coronel Joseph Pendleton y el mayor Smedley Butler, a quienes colaboraron en la toma del Coyotepe, La Barranca y Masaya, aquel infausto 4 de octubre en que Zeledón cayó sin arriar la bandera nacional ante los mercenarios extranjeros ni ante el Ejército cipayo que los asaltó por ajena intención e interés.

Emiliano y Diego Manuel obtuvieron la menguada plusvalía de su traición, porque ambos alcanzaron la presidencia, bajo la salvaguardia de una fuerza imperial que permaneció en el país hasta 1925. Ellos llamaron a esa fuerza, y bajo su manto surgió el tratado Bryan­Chamorro, uno de los documentos más inicuos de la historia de Iberoamérica. Después, otra vez Emiliano Chamorro hizo posible el regreso de los marines, aunque a poco debió ceder la posta al indescriptible Adolfo Díaz. Estas puntualizaciones son pertinentes para quienes, por inocencia, desconocimiento o distracción, suponen que la Dinastía sangrienta se originó afines de la década del veinte. No, los Somoza fueron concebidos en 1912, y el 4 de octubre fue la fecha remota de su concepción espuria. Ni los Chamorro ni los Somoza lo supieron entonces, y cuando tuvieron noción de su origen, los azares políticos los enfrentaron, a unos con el nombre del Partido Liberal, y a los otros con el del Partido Conservador, pero su cordón umbilical los unía a la misma matriz imperial, a la que nunca dejaron de ser fieles al tiempo que mamaron de sus ubres.

En la década del 50, un Chamorro joven, claro y limpio se alzó contra la significación ominosa de su apellido. En el Diario de un preso, día 21 de noviembre, de 1959, escribió: “Anoche soñé que un tribunal compuesto por siete hombres me había llamado ante él para decirme:

—‘Ciudadano Chamorro, se le condena a la búsqueda de una Patria’.”

Pedro Joaquín cumplió esa condena hasta el último día de su vida, sé que con devoción y heroísmo, desde varias trincheras, sin escatimar esfuerzos ni angustia. Suya es la honra de no haber claudicado ni cedido. Y no pretendo hacer fácil literatura si concluyo afirmando que la historia de su patria rescatará su lucha como una de las páginas más dignas de la resistencia de décadas contra el fraude, la entrega y la ignominia, una batalla en la que un apellido ominoso emergió con la connotación de los fundadores de causas nobles e imperecederas. Si él pudo advertirlo al reivindicar, como lo hizo, la memoria de Sandino, no dudo de que más temprano que tarde, no habrá sandinista que no vea en él otra cosa que un compañero de causa, de trinchera, de patria. Sandino mismo lo habría mirado de ese modo.

*Segundo prólogo de Gregorio Selser al libro Estirpe sangrienta: los Somoza, escrito en 1978,  publicado en la quinta edición que circuló en 2001. Gregorio Selser (Buenos Aires, 1922 – México, 1991) fue periodista y escritor argentino, mejor conocido en Nicaragua como el biógrafo de Augusto C. Sandino. En 1958, Selser también escribió el prólogo a la primera edición argentina del libro, y en este texto explica las diferencias entre ambos y su visión de Pedro Joaquín y su legado después de su asesinato.

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