Opinion

Qué hago con los libros de mi madre

Yo aún quiero conservar un rato el olor de esos libros antiguos, el silencio de mis padres, su presencia

Ayer me dieron el aviso. La casa de mi madre se pondrá en venta. Hay que recoger lo que quede. A las 9:50 a.m. del próximo 15 de enero llegaré a Sevilla, y después por tierra a Huelva. Hace poquitos meses falleció y aún hay allá muchos libros, algunos de mi abuelo, de un tío, de mi padre, de mi madre… Dejé también algunas ropas y la túnica de Semana Santa que estaba planchada antes de que yo llegase, un rito de la infancia.

Desde acá, en Managua, puede que esas cosas se miren lejanas. Desde el corazón, nunca se mueven, van con uno bajo una especie de concha de caracol para cuando el mundo se vuelve “ancho y ajeno”. Pero lo cierto es que los libros (lo único de algún valor que allí conservo) pesan mucho, así que tengo que anticiparme a que un cura y un barbero me los quemen a precio de saldo.

Hace poco, un amigo con el que viajé se enfrentó a una situación parecida. Huérfano ahora, como yo, o “no más que otro naufrago”, como el Ismael de Moby Dick, no quería desprenderse de los libros de su padre, pero le aconsejaron donarlos a una biblioteca y, según me cuenta, sintió una gran liberación. A otro amigo fotógrafo, Tomasi, se le quemaron por accidente todos los libros que tenía. Fue el día de su cumpleaños. Y también se sintió empezar de nuevo.

Creo que yo no puedo. Aún no. Sigo aferrado hasta al olor que de ellos se desprende. El mismo ejemplar de Moby Dick que allá tengo huele al tabaco negro de mi padre mientras leía con una voz poderosa (como de doblador de películas viejas) el sermón del padre Mapple a sus camaradas pescadores de la obra de Melville. Grande, como era mi padre, repantingado a lo ancho del sillón que no le contenía, leía el libro abierto en una mano, y en la otra el cigarrillo con la ceniza haciendo equilibrio. Mi madre ordenaba el silencio de nosotros, mientras él leía novelas en voz alta como recitando poesía.

Mi madre era la que me regalaba el 3 de diciembre, por mi santo, las novelas de Jack London, el de Los Mares del Sur, y algunos otros libros para jóvenes. Ahí los tengo aún. Pero luego, venía mi tío Ricardo, un químico y poeta, que me regalaba libros de Unamuno. A quién se le ocurre hacer que un niño de nueve años lea por placer a Unamuno. ¡Y luego pretendían que ese niño fuera normalito! Ahí tengo a Unamuno junto a Jack London en la estantería de mi madre, y a los dos navegando en mi memoria.

Cuando Nicaragua, y en general todo lo que ocurría en Centroamérica, se cruzó en nuestras vidas, a mi padre se le revolvieron sus viejas ideas de derecha. Religioso a su manera, le llegó a las manos un libro de María López Vigil sobre Monseñor Romero (Piezas para un retrato). Y mi padre, que antes no simpatizaba con el personaje, se sintió conmovido por un fragmento en el que el arzobispo de El Salvador dejaba hablar a los campesinos en una homilía sobre el milagro de los panes y los peces. Mi padre se lo leía a mi tío Ricardo casi en secreto para que yo no viera que el dinosaurio se estaba tambaleando. Los hombres buenos se comunican siempre unos con otros, se tocan el alma, aunque estén jodidos, más allá de las fronteras del tiempo, el espacio o las creencias.

Allá también tengo la vieja edición de Cien años de soledad. Allá, también el Hamlet que me erizó la piel a los 14 años cuando supe que las palabras podían arañar hasta en la rabia más secreta y sacarla a la luz en una forma de belleza. Allá la edición de Aguilar con la obra completa de García Lorca, y el Platero de Juan Ramón, el poeta de mi tierra natal, y discípulo de Darío. Y allá también muchos otros libros que no leí y que esperan mi decisión.

Quisiera tener la bondad y entereza de mi amigo para desprenderme de todo eso. Pero ya he dispuesto las cajas y las maletas. No sé si me cabrán todos. Es más: no sé si al final… (¿Nunca han meditado mucho una decisión y cuando ya creen estar seguros, en el momento de la verdad, de repente, deciden lo contrario?)

La noticia me llega ahora, al final de un viaje interior y exterior. Durante dos o tres años apenas he escrito más que algunos artículos o reportajes. Un viaje por diferentes trabajos y encargos, pero sobre todo un viaje de silencio donde he conocido el miedo, la alegría y el desgarro que produce el mayor amor que jamás yo haya sentido.

Después de eso, hay pocas cosas que den más miedo. Casi nada. Porque si la inmortalidad existe, sabe a este amor que a veces es dolor y alegría, amor así que no se me va, aunque ella no esté.

Si al final me desprendo de esos libros, estoy seguro que dejaré en las estanterías uno solo para que se lo lleven con todos los demás escombros. Era la novela preferida de mi padre, aunque yo no la leí hasta más tarde: El gatopardo. Una vieja edición que ya no querría casi nadie. Dejarlo allí para que se lo lleven es honrar el final de la novela, cuando la figura del perro disecado, símbolo de otros tiempos, termina cayendo por la ventana entre las demás cosas “apaciguadas en un montoncito de polvo lívido”.

Huérfano del todo ya, quizá sea un naufrago más, como el Ismael de Moby Dick, o como el amigo que donó sus libros. Él es periodista en África, Pepe Naranjo, y dice que después de donar los libros se sintió más nómada. Y que quizá no tenía otra opción.

Yo aún quiero conservar un rato el olor de esos libros antiguos, el silencio de mis padres, su presencia. Es posible que los deje ir. No sé. Pero como el naufrago Ismael sé que también me salvé de algo, que sobreviví a la marcha de los míos antes de tiempo. Aun empapado y con frío, herido, confuso, estoy aquí, de nuevo en tierra. De nuevo… Ya les contaré lo que siga.

sanchomas@gmail.com.

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