Opinion

Reflexiones para los jóvenes que luchan por una sociedad más justa

Para construir una sociedad más justa, el primer paso es salir de esta dictadura a través de una lucha pacífica, no violenta

Muchas gracias a los jóvenes de Alianza Universitaria Nicaragüense (AUN) por haberme invitado a este conversatorio. No soy político, mucho menos analista político o nada parecido. He sido miembro de la directiva de CADIN, de la directiva de AMCHAM y presidente de FUNIDES. Pero hoy les hablo como empresario independiente.

Me gustaría conversar sobre liderazgo, democracia y justicia. Inicio con un libro de historia llamado: Aquellos hombres grises, de Christopher Browning.

Básicamente, el autor, un historiador del Holocausto, encuentra los archivos completos de un batallón alemán de 500 personas que se formó a mediados de 1942 para ser enviado a Polonia, sin previo conocimiento de ellos, a colaborar con la solución al problema judío.

En más o menos dos años, estas 500 personas se encargaron de fusilar a 39 mil judíos y llevar a otros 44 mil a campos de concentración, donde la mayoría también fueron asesinados. Recuerden, estamos hablando de familias completas, mujeres y hombres, y niños y niñas. Lo que le llama la atención al autor es que revisando la documentación del batallón, descubre que estas personas no eran realmente Nazis, sino pequeños empresarios o profesionales de la clase media y media baja de Alemania. No eran políticamente activos. Podríamos decir, asevera el autor, que era una mala selección para la actividad que iban a realizar. Posiblemente, personas muy parecidas a muchos de ustedes, o a sus hermanos o padres. Lo segundo que le asombra es que el Jefe del Batallón, desde un inicio, reconociendo lo horrible de la actividad, les dio la oportunidad de no participar en los fusilamientos; pero solo doce explícitamente se excusaron y unos más, alrededor de 30, evitaron hacerlo buscando excusas variadas que iban desde enfermarse, o simplemente perderse haciendo otras actividades en el momento preciso.

La primera parte del libro describe con mucho detalle como fusilaban a los judíos, incluyendo a miles de niños. Al inicio lo hacen sin saber exactamente cómo y con temblor en la mano, con sentimiento de culpa, con asco de lo que están haciendo, requiriendo de varios tiros en diferentes partes del cuerpo y dejando muchas veces a la persona media muerta (el autor es muy descriptivo al respecto, pues tiene acceso también a los juicios que les hicieron a estos militares); a medida que van repitiendo la acción, van perfeccionándola y aprendiendo poco a poco donde disparar y cómo hacerlo limpio y de un solo tiro. Con la repetición, a la mayoría les deja de molestar y a otros simplemente les llega a gustar. Poco a poco, estos alemanes, ciudadanos comunes de clase media, se convierten en asesinos, fríos y calculadores.

Y surge la pregunta, ¿por qué solo doce tuvieron la entereza, el carácter, los valores, de negarse explícitamente a participar en semejante matanza? ¿cómo se convirtieron estas personas relativamente buenas en la representación de la maldad viviente?

El libro presenta varias respuestas:

  1. Desde una perspectiva global, advierte que se vivía, en un mundo donde el racismo, el sectarismo, ya sea religioso o ideológico, y la violencia son omnipresentes; en el que los poderes de legitimación y movilización gubernamentales son poderosos y crecientes; y, por tanto, el sentido o vínculo de responsabilidad personal en nuestro actuar se ve cada vez más atenuado por la burocratización.
  2. Desde una perspectiva personal, menciona la preeminencia de la conformidad con el valor imperante en la sociedad; la presión de los iguales, que nos impulsa a no separarnos de nuestros compañeros; y la deferencia a la autoridad, el supuesto que a las ordenes se le responde con obediencia, cayendo en la falsedad de asumir que la autoridad puede sancionar el crimen particular.
  3. Desde otra perspectiva, podríamos hablar de fuerzas sistémicas, que explican cómo, poco a poco, hechos criminales, se van convirtiendo, para el ejecutor, en hechos banales por el contexto en que se ejecutan.

Este último punto fue desarrollado en un libro, de otro autor, que no he leído, pero lo mencionan en muchos cursos de liderazgo, llamado: El efecto Lucifer. El libro argumenta que cualquier persona, dada la influencia apropiada, puede abandonar su moral, tornarse violenta o colaborar con la violencia y opresión contra humanos inocentes. Y continúa demostrando que este abandono a la moral se da no solo por acción directa, sino que también por omisión frente a los atropellos, con lo cual la mayoría sucumbe ante su lado oscuro

Este libro me lleva a meditar sobre nuestra historia y vivencia en Nicaragua. Nos acostumbramos poco a poco a ser indiferentes a la maldad; algunos se fueron acostumbrando poco a poco a usar la violencia, cada vez con mayor fuerza e impunidad, con los más humildes; inicialmente, contra campesinos en el fondo de Nicaragua; para finalmente usarla, con toda naturalidad, contra jóvenes estudiantes en las calles frente a los ojos del mundo; otros nos acostumbramos a no pararnos, a no protestar ante esa represión y violencia. Y así, poco a poco, el mal se volvió parte de nuestra vida.

La violencia, la anarquía, la opresión del más débil, la vivimos en Nicaragua desde antes de nuestra independencia. No hay que engañarse, la violencia y la maldad no es nueva en nuestra historia, tristemente no es monopolio del régimen actual. No ha sido monopolio de la izquierda, ni de la derecha. Nuestra historia documentada es una repetición de sucesos violentos, nuestros héroes, que pasan de moda según quien esté en el poder, son individuos que han ejercido la violencia: Fruto Chamorro, Zelaya, Sandino, Somoza, etc.

¿Alguien sabe por ejemplo quién es el Padre Diego Alvarez de Osorio? Pues es el primer defensor de los derechos indígenas en Nicaragua. ¿Y saben del franciscano Pedro de Chávez? Pues es el primer religioso asesinado por defender los derechos de los indígenas ¿Dónde hay estatuas de ellos? ¿Dónde se recuerdan estas figuras? Por la razón que sea, por más de 150 años no nos ha interesado reconocer los valores que estas figuras representan. Con raras excepciones, en la política, aquí nadie glorifica la sabiduría, el talento, la defensa de soluciones pacíficas. Aquí se glorifica la violencia, el sectarismo, la fidelidad al caudillo, al hombre de partido, como dirían algunos.

Ustedes deben convencerse de la necesidad de un cambio de actitud. En una de sus primeras palabras como jefe de la Iglesia, el papa Francisco decía que todos debíamos participar en el manejo de nuestra sociedad, que debíamos participar, aunque sea iniciándonos en organizaciones simples, como organizaciones de barrio, organizaciones de colegio, de profesionales y hasta de deportes. Que debíamos ir aprendiendo a hacer el bien. Promover la bondad, pero que la bondad, al igual que la maldad, se aprende practicándola.

El papa Francisco nos invita a convertirnos en líderes; pero ser líderes que defiendan las causas de los desprotegidos, de los pobres, de los que no tienen posibilidades de competir, para lo cual nos dice: este liderazgo se aprende practicándolo.

Para practicarlo, lo primero es aceptar que la responsabilidad humana es una cuestión individual. Que cada uno de nosotros somos responsables individuales de nuestro actuar. Y en el caso de Nicaragua, en el caso de ustedes, el liderazgo es simplemente tomar la responsabilidad que les ha caído en sus hombros de cambiar el rumbo de nuestra historia. Así como el mal puede meterse en nuestras vidas, ustedes tienen la responsabilidad de impulsar la bondad, poco a poco, practicándola.

Y en Nicaragua eso implica dejar la conformidad y participar, a como ya lo están haciendo; tener una voz propia, no ser parte del rebaño, aprender a aguantar la presión de sus compañeros cuando toman caminos que no son los suyos y ustedes no los siguen; a no doblegar sus principios por deferencia ante los poderes de hecho que se han tomado nuestro país; pero también modificar totalmente los métodos usados para defender sus valores y visión de una sociedad justa.

Les sugiero que una visión de nación realmente novedosa y constructiva para Nicaragua debería incluir dos puntos básicos:

  1. El compromiso, la promesa, de que no vamos a imponer a la fuerza y por la violencia visiones particulares de nación; que la lucha armada entre nicaragüenses queda erradicada como solución a nuestras discrepancias; que no vamos a continuar matándonos entre nosotros. 
  2. El compromiso de que la definición del Estado y de la Justicia se hará de forma democrática; que vamos a trasladar el campo de la batalla ideológica desde el conflicto armado y la represión, a la discusión parlamentaria.

Todos ustedes quieren y luchan por una sociedad más justa, pero lo que no deben hacer es creer que esa visión es absoluta y que debe imponerse a la fuerza en la sociedad, porque ese actuar nos llevará a más de lo mismo en Nicaragua. Ustedes tienen que luchar para que el concepto de sociedad justa sea un concepto en construcción permanente que se haga a través del razonamiento de los ciudadanos a través de un proceso democrático. Tenemos que construir una sociedad que sea amigable al razonamiento y la discusión de la visión de sociedad que queremos.

Para construir una sociedad más justa, el primer paso es salir de esta dictadura.  Muchos nicaragüenses, incluido yo, creemos que la forma de lucha define de cierta manera el tipo de sociedad que suplantará al régimen actual. Por tanto, los que buscamos construir una democracia creemos en la salida pacífica. Creemos que las salidas violentas y armadas no impulsan a líderes democráticos ni valores de tolerancia. Pero también es importante no confundirse. Las dictaduras no se van por su gusto. La no violencia no significa la inexistencia de costos personales, mucho menos de costos económicos para el país y es muy probable que implique una fuerte desestabilización social.

Precisamente, lo que una salida pacífica busca es profundizar aún más la crisis de un Estado autoritario. Se tiene que lograr debilitar su capacidad de administración en los poderes del Estado; su capacidad extractiva, de extraer impuestos y rentas que lo financian; y por último, y más difícil, su capacidad represiva para ser garante del orden y la estabilidad impuesta por el régimen. La no violencia al final pretende debilitar y deslegitimar al Estado y eso tiene un costo muy alto para todos. Supongo que estos procesos de cambio no dan opción para aterrizajes suaves.

En conclusión, mi perspectiva es primero salir del régimen y hacerlo sin uso de violencia; segundo, más que visiones de nación, proponer el cómo vamos a manejar los intereses no comunes y las visiones opuestas de lo que creemos debe ser una sociedad justa, es decir, cómo vamos a manejar los conflictos sociales; tercero, si los vamos a manejar democrática y pacíficamente, a través del razonamiento conjunto de los ciudadanos, ustedes jóvenes deben desarrollar su intelecto, su comprensión de la sociedad, es decir, estudiar continuamente; finalmente, un líder debe construirse en la actividad política y ciudadana diariamente, participando, construyendo carácter, aportando positivamente a la sociedad desde muchos ámbitos, tal como se ve que lo están haciendo.

Hagan lo que aconseja el papa Francisco, inviten a la bondad actuando bondadosamente y por el bien común, no dejen que la maldad los consuma, se mete poco a poco, tengan cuidado con ella. La violencia la invita, poco a poco.

Muchas gracias por el tiempo que me dieron y ojalá que estos pensamientos sean de alguna utilidad para ustedes.

*Palabras introductorias en una conversación con Alianza Universitaria Nicaragüense

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