Nación

“¿De qué se quejan?”, “minúsculos”, “vandálicos”, “vampiros”

La mujer del Comandante

Rosario Murillo

La primera dama, vicepresidenta y heredera, contempla el derribamiento de sus "árboles de la vida" y sus sueños de poder



Argelia, 1980. Visita oficial del presidente de Nicaragua, comandante Daniel Ortega. A Ortega lo acompañan funcionarios del Gobierno, asesores presidenciales, periodistas del diario oficial, Barricada, y un personaje incómodo para el protocolo oficial: una mujer delgada, de cabellera negra ondulada que cae sobre sus hombros, labios finos en una boca ancha, cejas depiladas y ojos con altas pestañas. Camina unos pasos atrás del Comandante, el hombre de verde olivo que dirige la revolución sandinista. Ella, Rosario Murillo, nunca va a su lado. No le habla directamente en público, aunque en la lista figura como su asistente personal. Se somete mansamente a la rigidez del protocolo hasta que llega el momento de acomodar a la comitiva. Los funcionarios argelinos disponen habitaciones, ordenan a los botones que trasladen equipajes. Ella pide que sus maletas vayan a la suite del Comandante. Los funcionarios argelinos se resisten educadamente, intentan explicar a madame que su equipaje no puede estar en esa habitación. Ella insiste. Se altera. Exige que le obedezcan. Le espeta a uno de los encargados del protocolo argelino: “Je suis la femme du commandant!”

Esta escena la recuerda una de las personas que estuvo en aquella comitiva. Asegura que en los viajes oficiales Rosario Murillo siempre generaba un problema de protocolo, porque ella no viajaba como la esposa de Ortega, como lo sería una primera dama en toda la regla, y además temía del Comandante, un hombre que debía demostrar una postura de duro, un militar a cargo del Gobierno y la defensa de un país atacado por Estados Unidos, que viajaba por el mundo para pedir respaldo a la revolución sandinista. Pero la verdad era que Murillo era su mujer. Ella lo había visitado en la cárcel y se había quedado prendada de aquel hombre marcado por siete años de encierro. Desde que lo vio –cuentan viejas amistades de Murillo–, la mujer decidió que se convertiría en imprescindible para él. Hizo una especie de pacto con él. Pero los años pasaron y Murillo, quien estuvo encarcelada brevemente por su colaboración con los guerrilleros sandinistas que anhelaban derrotar al dictador Somoza, se exilió en Costa Rica. Allá trabajó en un teatro, la Sala Garbo, y vivía con sus hijos y con el que en ese entonces era su compañero sentimental. Había olvidado de momento la lucha sandinista y sus planes eran mudarse a París a estudiar cine. Pero Ortega llegó a su vida, lo que marcó su futuro y el de un país entero. Se convirtió en la mujer del Comandante.

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Managua, 1972. La villa está en plenas festividades de Navidad. La ciudad se ha adornado con guirnaldas que cuelgan de sus calles, árboles navideños se han instalado en las oficinas, hay fiestas de fin de año en las empresas y la capital de casas de adobe, avenidas con parques y unos cuantos edificios importantes se presenta feliz a pesar de la dictadura que lleva décadas machacando Nicaragua. Esa felicidad, sin embargo, sería aplastada de forma brutal. A las 00:35 horas del 23 de diciembre, mientras las fiestas estaban en su apogeo en aquella ciudad que ahora los nicaragüenses recuerdan como idílica. La tierra se sacudió con fuerza, destrozando en unos segundos la capital. Hubo más de 12 000 muertos, causados por uno de los terremotos más destructivos de los que se tenga registro. Murillo perdió a un hijo en la tragedia. Hay varias versiones de este episodio. Una de ellas cuenta que la joven se encontraba de fiesta en aquel fatídico diciembre y había dejado al pequeño en casa al cuidado de una nana. Cuando el terremoto arrasó Managua, el niño quedó atrapado en los escombros de la que era la casa de Murillo. Aquel episodio la traumó, por lo que tuvo que ser tratada sicológicamente. Quienes la conocieron de cerca afirman que Murillo nunca superó aquel trauma.

A inicios de los años setenta, Murillo formó parte de un movimiento artístico conocido como Grupo Gradas, un conjunto de artistas que recitaban poemas en las escalinatas de iglesias, universidades y edificios públicos. “Era gente con pasiones claramente antisomocistas y algunos simpatizaban con el FSLN”, dice la exguerrillera e historiadora Dora María Téllez. Tras el triunfo de la revolución, Murillo se convirtió en directora de la Asociación Sandinista de Trabajadores de la Cultura, una poderosa organización que aglutinaba a poetas, pintores, escritores y actores del país. De aquella época, recuerda la escritora Gioconda Belli: “La elegimos directora de la Asociación y por su vinculación al poder logró un terreno para instalar la organización. Montó una estructura y tenía medios a su disposición para deslumbrar a los artistas, pero con los que se dio de cabeza fue con los escritores. La mayoría éramos cuadros del Frente Sandinista y cuestionábamos muchas de las cosas que hacía. Entonces comenzó a aislar a los escritores, porque es una persona que no tolera la crítica. Sí, tiene una gran capacidad de trabajo, pero es vertical”.

La cultura era el ámbito de Murillo, que no tenía nada que ver con la política. Incapaz de someter a los escritores, comenzó una campaña contra Ernesto Cardenal, entonces ministro de Cultura, hasta socavar su autoridad y quitar funciones al ministerio. “Hicimos una protesta que fue aplastada apelando a la disciplina militante”, recuerda Belli. Para Murillo el agravio de los escritores fue imperdonable. Ella se ve a sí misma como una poeta (ha publicado una decena de títulos, entre los que se encuentran Gualtayán, Sube a nacer conmigo, Amar es combatir, En las espléndidas ciudades y Las esperanzas misteriosas, algunos de ellos disponibles en Amazon), pero su trabajo literario nunca fue reconocido en un país que ha dado a la literatura latinoamericana varios nombres de peso, desde Rubén Darío, pasando por Carlos Martínez Rivas, Ernesto Cardenal o la propia Belli. Desde el regreso de Ortega al poder en 2007, Murillo desencadenó una persecución contra Cardenal, a quien la justicia nicaragüense congeló sus cuentas bancarias. El poeta, nonagenario, ha denunciado los desmanes y arbitrariedades de la pareja allá donde viaja.

Nicaragua. 1998. El país ha dejado atrás la guerra de los ochenta y por primera vez conoce la democracia. Se ha formado un Estado que cumple con firmeza las órdenes del Fondo Monetario Internacional (FMI), el Banco Mundial y los acreedores internacionales de la ingente deuda externa. Hay un gran descontento social por la pérdida de las ya de por sí exiguas ayudas sociales que daba el Gobierno sandinista, derrotado en 1990 –en unas elecciones supervigiladas– por una mujer, Violeta Chamorro, cuya principal credencial hasta aquel momento era haber sido la esposa de Pedro Joaquín Chamorro, mártir nicaragüense, asesinado por el somocismo en 1978. En el poder está ahora Arnoldo Alemán, sucesor de Chamorro, un personaje volcánico, popular en las zonas rurales, entre el campesinado, campechano y de voz rotunda. Este será un año trágico para Nicaragua, porque en octubre el huracán Mitch golpearía con furia al país y causaría más de 3000 muertos. Pero meses antes, en mayo, ocurrió un hecho que cambió para siempre la política nicaragüense. Un verdadero terremoto político. El 31 de mayo Zoilamérica Narváez, hija de Murillo, acusó públicamente a su padrastro, el líder de la oposición, Daniel Ortega, por violación, por abusar de ella desde que era una niña: “Daniel Ortega Saavedra me violó en el año de 1982. No recuerdo con exactitud el día, pero sí los hechos. Fue en mi cuarto, tirada en la alfombra por él mismo, donde no solamente me manoseó sino que con agresividad y bruscos movimientos me dañó, sentí mucho dolor y un frío intenso. Lloré y sentí nauseas. Todo aquel acto fue forzado, yo no lo deseé nunca, no fue de mi agrado ni consentimiento. Mi voluntad ya había sido vencida por él. El eyaculó sobre mi cuerpo para no correr riesgos de embarazos, y así continuó haciéndolo durante repetidas veces; mi boca, mis piernas y pechos fueron las zonas donde más acostumbró echar su semen, pese a mi asco y repugnancia. Él ensució mi cuerpo, lo utilizó a como quiso sin importarle lo que yo sintiera o pensara. Lo más importante fue su placer, de mi dolor hizo caso omiso”.

La joven intentaría enjuiciar al Comandante, pero gracias a un pacto político entre Ortega y Alemán (un acuerdo conocido como “el Pacto”, con el que ambos se repartían los poderes en Nicaragua), una jueza sobreseyó el caso, argumentando que los hechos habían prescrito. La verdadera salvación de Ortega, sin embargo, fue su mujer, Rosario Murillo, quien se puso contra su hija y defendió a su compañero públicamente. “Es el momento clave de Rosario Murillo. Descalifica, desmiente y sacrifica a su hija, la declara loca, y así rinde un servicio a Ortega y se hace imprescindible para Daniel”, explica la periodista Sofía Montenegro. Una posición similar mantiene Dora María Téllez, mítica comandante guerrillera. “Con la denuncia por violación de Zoilamérica, Rosario interviene respaldando a Ortega, lo que le da un enorme poder frente a Daniel, además de una gran cuenta por cobrar. Es una factura carísima para Ortega”, asegura Téllez.

Rosario Murillo
Zoilamérica Narváez, hija de Rosario Murillo. Archivo de CONFIDENCIAL.

“El acto sexual siempre siguió los mismos patrones de agresividad. En varias ocasiones logré que no me quitara la ropa para no sentirme desnuda. Me atemorizaba mucho la prolongación de las sesiones con la puerta bajo llave, tenía que persuadirlo de que me dejara en paz, pero él continuaba hasta satisfacerse completamente”.

Testimonio de Zoilamérica Narváez

Comienza entonces una nueva etapa en la política de Nicaragua. Ortega ya se había hecho con el poder del Frente Sandinista de Liberación Nacional (FSLN), un partido que había entrado en crisis tras la derrota de 1990, con un sector que pedía la democratización de ese órgano político, que se convirtiera en un partido moderno, de una izquierda socialdemócrata, y otro más autoritario, que apelaba a mantener la violencia callejera como forma de presión frente al nuevo régimen. Zoilamérica salió a vivir a una especie de exilio en Costa Rica. Las principales figuras intelectuales del sandinismo dejaron el partido, en 1995 el exvicepresidente y escritor Sergio Ramírez fundó otro, el Movimiento Renovador Sandinista. Ortega y su círculo más cercano quedaron al frente del FSLN y en la campaña presidencial de 2000, un nuevo Ortega apareció públicamente. Ya no era el “gallo ennavajado”, el comandante fuerte de los ochenta y principios de los noventa, sino un político renovado, vestido de blanco, que hablaba de paz, amor y reconciliación. Murillo se convirtió en su jefa de campaña, y montó un nuevo discurso que mezclaba lo místico, lo revolucionario y lo religioso, con la New Age.

En 2005 logra una alianza con el ya fallecido cardenal Miguel Obando y Bravo, férreo oponente de Ortega en los ochenta, pero venido a menos en la iglesia tras su destitución, por parte de un moribundo Juan Pablo II, como jefe de la Arquidiócesis de Managua. El 3 de septiembre de ese año Obando casó por la iglesia a Ortega y Murillo quien, tras décadas de unión libre, pasó a ser oficialmente y bajo bendición católica la mujer del Comandante. Un año después, el Frente Sandinista hizo un guiño a los sectores más conservadores del país al aprobar una reforma al Código Penal en la que se penalizaba el aborto terapéutico, una opción vigente durante más de un siglo en Nicaragua y que se practicaba a aquellas mujeres cuya vida estuviera en riesgo por el embarazo. Esa decisión hizo que Ortega y su mujer se convirtieran en centro de críticas del fuerte movimiento feminista de Nicaragua, que los denunció –y denuncia– a nivel internacional. De hecho, Murillo nunca ha simpatizado con ese movimiento y ha perseguido y atacado a las feministas de Nicaragua. En un artículo titulado La conexión feminista, escribió: “El feminismo quiso ser una proposición de Justicia. La distorsión del feminismo, la manipulación de sus banderas, la deformación de sus contenidos, la disposición de sus postulados para la Causa del Mal en el mundo, es, indiscutiblemente, un acto de traición, alevoso y cruel, de los verdaderos intereses, personales y colectivos de las mujeres, que son sustituidos por mezquinas ambiciones, y perversas intenciones políticas”.

El feminismo es “sexismo politizado, servido en bandejas de oro del Imperio. Porque es Odio. De sexo y de clase. Porque es Odio a la Vida. Porque es también anticultura, de destrucción personal, y familiar. Porque es cultura de aniquilación”.

Rosario Murillo en “La conexión feminista”

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Karen Kampwirth es profesora de Ciencias Políticas de Knox College, en Estados Unidos. Es estudiosa del movimiento feminista en Nicaragua y ha escrito artículos sobre este. Kampwirth me dijo que Murillo “ha sido una mujer con demasiado poder, que nunca ha sentido la desigualdad que sentían las mujeres dentro de la revolución, por lo que es lógico que nunca haya sentido la necesidad del feminismo”. El feminismo, dice Kampwirth, “es el enemigo de Daniel Ortega y Rosario Murillo por miles de razones: por lo que sintieron como una falta de lealtad a la revolución al pedir las mujeres autonomía, por el caso de Zoilamérica Narváez y porque, junto a los medios de comunicación, han denunciado varios problemas políticos con respecto a la democracia”. “El movimiento feminista –agregó– es beligerante, autónomo, y es lógico que Ortega y Murillo le tengan miedo”. La alianza con la Iglesia católica, para esta catedrática, fue una estrategia política que, de paso, ayudó a atacar al feminismo. “No era cuestión de buscar el apoyo de la Iglesia, sino garantizar el fin de los problemas que les causaba la iglesia. En 2006 el FSLN no ganó más votos por esta estrategia de alianza, sino que no perdió votos”, dijo Kampwirth.

En las credenciales de Rosario Murillo nunca ha estado la religiosidad. Murillo nació en Managua el 22 de junio de 1951. Es hija de Zoilamérica Zambrana Sandino, sobrinanieta de Augusto Sandino –el héroe nacional de Nicaragua–, y Teódulo Murillo, un hombre conservador originario de Chontales, zona ganadera del centro del país. Tuvo tres hermanas. Cuando era adolescente Murillo fue enviada por sus padres –acomodados productores de algodón– a estudiar a Suiza. Quienes la conocen dicen que eran estudios básicos de etiqueta, de modales burgueses, para preparar a las jovencitas para el matrimonio.

Rosario Murillo
Murillo y Ortega durante la toma de posesión en enero de 2017. Carlos Herrera | CONFIDENCIAL.

Managua, 2017.  La Loma de Tiscapa, en el centro de Managua, es el verdadero símbolo del poder en este país. En esa loma tenía el primer Somoza su casa y desde ahí gobernaba con mano dura. Era ahí donde el régimen tenía las celdas de tortura y también fue la sede de pactos y amarres políticos que durante décadas comprometieron el futuro de Nicaragua. Cerca de ahí, también, los marines estadounidenses vigilaban lo que durante años fue un protectorado más de Washington. Tras el triunfo de la revolución y más tarde bajo el gobierno de Violeta Chamorro, la loma se convirtió en un monumento histórico. Las celdas de tortura fueron selladas a cal y canto, pero todavía hay rastros de la vieja mansión de Somoza, hay un tanque oxidado que Mussolini regaló al dictador tropical y piezas que recuerdan a la dictadura. Fue erigida allí una enorme silueta de Sandino diseñada por Ernesto Cardenal, que vigila desde la loma a la ciudad. Pero desde diciembre de 2013 un nuevo símbolo se ha impuesto en la loma. Rosario Murillo, la mujer del Comandante, ha mandado instalar sus árboles amarillos de metal, las aparatosas estructuras que según investigaciones de los medios independientes de Nicaragua cuestan 20 000 dólares cada una. El diseño es tomado de una figura de Gustav Klimt. Murillo instaló uno de esos árboles, gigantesco, a la par de la figura de Sandino, como una muestra indiscutible del nuevo poder que se alza en el país.

“Los ‘Árboles de la Vida’ son un símbolo talismán. Rosario Murillo tiene un miedo del tamaño de su poder, y quiere conjurar la posible pérdida de ese poder con un talismán. Son un emblema de protección para conjurar los males que pueden acechar al poder. Por eso llena la ciudad con esos árboles, rodea la Loma de Tiscapa con los árboles, porque esa loma ha sido siempre el símbolo de poder en Nicaragua. Para mí es algo patológico, es una enfermedad. La podríamos llamar ‘el síndrome de los Árboles de la Vida’”, dice la exguerrillera sandinista Dora María Téllez.

La tarde se retira poco a poco. Las luces de la ciudad comienzan a encenderse y la avenida Bolívar, arteria importante de esta capital destruida hace más de cuarenta años por el terremoto –que la convirtió en un laberinto de barriadas, repartos, y baldíos habitados por okupas– se enciende como si fuera una calle de Las Vegas. Las inmensas estructuras de metal, con decenas de bujías adheridas, iluminan la calle, una arbolada metálica costosa que nace en las costas del lago y llega hasta una gran rotonda donde un gigantesco rostro amarillo del fallecido presidente Hugo Chávez saluda a los capitalinos. La avenida se llena de gente, autos, carretones desvencijados jalados por caballos famélicos. Y sobre este paisaje, aparece ella, la mujer del Comandante, en gigantescos rótulos que proclaman una Nicaragua, “bendecida, prosperada y en victorias”.

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el poder de Ortega
Rosario Murillo y Daniel Ortega después de la investidura de 2017. Foto: Presidencia de Nicaragua.

La Rosario Murillo de ahora no es aquella mujer que tenía que tragarse las rigideces del protocolo oficial allá donde Ortega viajaba. Murillo manda con férreo puño en un Estado donde nada se mueve sin su visto bueno. Ha acumulado un poder casi total y es autoritaria. Es la mujer del Comandante, primera dama, esposa casada por la Iglesia católica, pero también vicepresidenta. Ortega la ha nombrado canciller en funciones en sus viajes oficiales y sus hijos son asesores presidenciales. La pareja tiene nueve hijos: Carlos Enrique, Daniel Edmundo, Juan Carlos, Camila, Luciana, Maurice, Rafael, Laureano y Zoilamérica. En la Cumbre de la Comunidad de Estados Latinoamericanos y Caribeños (CELAC) celebrada en enero de 2015 en Costa Rica, Camila y Luciana fueron acreditadas como asesoras presidenciales, Rafael viajó con rango de ministro de Gobierno y Rosario Murillo, como canciller. Laureano es asesor presidencial para inversiones y es el hombre encargado de la relación con el empresario chino Wang Jing, a quien Ortega le entregó la concesión de cien años para la construcción de un canal interoceánico en el país, un proyecto fantasma del que no se ha construido una sola carretera.

La familia gobierna Nicaragua. Quienes la conocen comparan a Murillo con Elena Ceaușescu, la esposa del líder rumano Nicolae Ceaușescu, con quien compartía el poder y funcionaba, de hecho, como primera ministra de la nación comunista. Elena cultivaba un culto a la personalidad gracias al control de la propaganda y los medios de comunicación del Estado. La familia Ortega controla al menos cinco canales de televisión en Nicaragua, comprados y financiados con fondos de la cooperación petrolera venezolana, que desde 2007 el presidente Ortega administra de forma discrecional y que han sumado alrededor de 4500 millones de dólares. Juan Carlos Ortega, hijo de Murillo, es el director del Canal 8, comprado en 2009 por un monto de 9.7 millones de dólares, provenientes de las arcas de Albanisa, supuestamente destinados a combatir la pobreza y crear infraestructura social. Maurice y Carlos Enrique, controlan directamente el Canal 13 y el Canal 9, también propiedad de la familia. Además, Murillo maneja el Canal 6, la cadena pública del Estado.

En esos canales de televisión aparece todos los días, tras la comida, la vicepresidenta para dirigirse al país, para invitar a los nicaragüenses –según la transcripción oficial de su discurso– “a celebrar, junt@s, como gran familia nicaragüense, el Día del Cariño, el Día del Amor y la Amistad. Y empezamos a celebrar hoy… ¿Cómo? Uniéndonos tod@s en nuestras comunidades para luchar contra el mosquito, que significa también luchar contra el dengue, el chikungunya y el zika”. En sus alocuciones diarias Murillo lee partes meteorológicas, informes sísmicos y vulcanológicos y da alertas sanitarias, mientras menciona a la Virgen y al santoral. A través de esas presentaciones da órdenes a ministros, regaña a los funcionarios que no cumplen con sus proyecciones o presenta planes de Gobierno. El presidente Ortega rara vez aparece en escena. Es Murillo la cara, voz y mando del Ejecutivo.

Daniel Ortega y Rosario Murillo
Daniel Ortega y Rosario Murillo, durante un acto político, este 29 de agosto, en Managua. EFE | Confidencial

Managua abril 2018. Abril es temporada de florecimiento de los corteses en Managua. La ciudad se llena del amarillo intenso de las flores de este árbol, que le proyectan un resplandor dorado a la capital. Estos árboles son admirados por los capitalinos, orgullosos de que han crecido a su aire en esta ciudad desordenada y sucia, donde el peatón se juega la vida cada día por la falta de aceras y lo temerario de sus conductores. La belleza de estos árboles ha sido eclipsada por la aparición de las estrafalarias estructuras de metal de Murillo. La periodista Sofía Montenegro los bautizó como “arbolatas”, aunque los nicaragüenses lo llaman popularmente “chayopalos”, en referencia al nombre popular con el que se refieren a Murillo: “La Chayo” o “La Chamuca”, la bruja.

A mediados de abril, cuando estallaron protestas en la capital contra la imposición de una controvertida reforma a la Seguridad Social, la gente, excitada en el descubrimiento de su libertad, atacó los “Árboles de la Vida”. Cuando la primera estructura cayó hubo un sentimiento de liberación, y algunos testigos del triunfo de la revolución sandinista, hace 39 años, lo compararon con el derrumbamiento de la estatua de Somoza en el Estadio Nacional de béisbol de Managua en 1979. Hasta la fecha han sido derribados al menos una veintena de estos árboles de metal en una sintomática acción que puede servir de advertencia al régimen de Ortega.

Ilustración | PxMolina

Una tarde de sábado después de una fuerte tormenta asistí al derribo de una de estas estructuras. Decenas de personas se habían reunido en la céntrica Carretera a Masaya para ver cómo una veintena de muchachos luchaba para derribarla. A un chico a quien llamaban Spiderman, por su capacidad temeraria para escalar el “árbol”, le tocaba la tarea de amarrar en lo que serían las “ramas” las cuerdas con las que desde la base la halarían para que cayera. Debajo unos cinco muchachos, con pequeñas sierras de carpintero, rompían los tubos de hierro que la sostenían. Es un trabajo duro, que bien puede durar media hora. Un muchacho descamisado aserraba la “arbolata” con tanto ahínco que parecía poseído por una fuerza sobrenatural. Es la adrenalina que droga a estos jóvenes en rebeldía, que quieren demostrar su cansancio, su desprecio y su burla a un poder que los ha mantenido relegados por más de una década. El joven, moreno, alto y lleno de músculos, mostraba su potente pecho sudado al dar la señal de que la base estaba lista. Era hora de la recompensa. Un grupo de jóvenes recomendaba a los curiosos alejarse de la estructura, mientras otros tomaban las tres cuerdas amarradas al “árbol de la vida”. Al conteo de tres todos halaban con fuerza, haciendo crujir las bases del árbol, que comenzaba a tambalearse. “¡Sí se puede, sí se puede!”, gritaba la masa. “¡Qué se caiga, qué se caiga!”, animaban a los chicos. El “árbol” se movía de un lado a otro y tras varios minutos de forcejeo se desplomó sobre la avenida con un ronco estremecimiento. ¡Pum! Comenzaba el pandemónium. Los gritos y abrazos de alegría, la gente corriendo para saltar sobre el gigante desplomado, como un Gulliver totalmente derrotado por los liliputienses. El llanto, esa sensación de alivio y de triunfo, la certeza de que el miedo no volverá jamás, que “las calles son otra vez del pueblo” y de que Ortega, tarde o temprano, dejará el poder.

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Nicaragua, sin embargo, ha cumplido más de cinco meses de crisis. Las protestas que se han extendido en todo el país comenzaron como repudio a la reforma impuesta por Ortega para “rescatar” de la quiebra al Instituto Nicaragüense de Seguridad Social (INSS). Esas reformas, aprobadas por decreto y publicadas en el diario oficial del Estado sin consenso con las cúpulas empresariales, representaban un duro golpe para jubilados, empleados y empresas, principalmente las más pequeñas. Entre las medidas se incluía una reducción del 5% a las pensiones –ya de por sí muy menguadas– que reciben cientos de miles de jubilados, para que con ello financien su atención médica. Además aumentaba del 19% al 22.5% la cuota que las empresas deben entregar al Seguro, lo que para el economista Adolfo Acevedo hubiera obligado a los empresarios a buscar mecanismos para reducir la afiliación de trabajadores al sistema de Seguridad Social, reducir personal y, en el caso de las empresas pequeñas, echar el cierre. Los trabajadores también debían aumentar sus aportes, reduciendo el valor de sus salarios. El salario mínimo promedio en Nicaragua es de 150 dólares.

Rosario Murillo
Los nicaragüenses se han movilizado durante cuatro meses continuos contra el Gobierno de Daniel Ortega y Rosario Murillo. Carlos Herrera | Confidencial

Ortega desató una brutal represión contra los manifestantes, que ha dejado más de 320 muertos, según el recuento oficial de la Comisión Interamericana de Derechos Humanos (CIDH). Hay más de 2000 heridos y 204 presos, según el Gobierno, aunque organizaciones de derechos humanos afirman que el número de “presos políticos” puede superar los 400. Además se han perdido 347 000 empleos y más de 20 000 nicaragüenses han dejado el país huyendo de la violencia.

El mandatario acusó a los manifestantes de querer perpetrar un golpe de Estado en su contra, pero ha sido su esposa —en un acto de desesperación— quien ha atacado con dureza en los medios de comunicación a los manifestantes, catalogándolos de “minúsculos”, “vandálicos”, “plagas”, “delincuentes”, “vampiros”, “terroristas”, “golpistas” y “diabólicos”. “¡No pasarán! los diabólicos no podrán nunca gobernar Nicaragua”, dijo Murillo el pasado 16 de julio. Un fin de semana de finales de septiembre una Murillo descompuesta, los ojos encendidos y la voz pastosa, espetó a la cámara: “¡¿De qué se quejan, de qué se quejan!?” Por esos epítetos en Nicaragua los manifestantes la han bautizado como “Lady Minúscula”, en referencia a la Lady Macbeth de Shakespeare.

Ortega y su mujer intentan encajar el golpe, pero en Nicaragua, en plena primavera política, hay un antes y un después para el régimen. Ella, que según sus críticos soñaba con convertirse en la presidenta de Nicaragua instaurando una nueva dinastía familiar, ve cómo esos “terroristas” revientan sus planes. Encerrada junto a Ortega en su búnker de Managua bajo un sistema de seguridad enorme que incluye el cierre de calles a varios kilómetros de la residencia presidencial localizada en reparto El Carmen, la mujer del Comandante, Rosario Murillo, como una Lady Macbeth del trópico, ve cómo su propio bosque de Birnam, de puro metal, se mueve, en un preludio del fin de su sueño de poder.