Opinion

Sandinismo histérico y omisiones peligrosas

Ese sandinismo, por cuya causa miles de jóvenes murieron y de los cuales solo unos pocos son recordados por el oficialismo, ya no existe

Tan largo me pareció el acceso a la funeraria en donde se velaba el deudo de una familia amiga, que cuando llegamos no pude evitar un comentario, quizá no de tan buen gusto: “Este lugar tan lejano, pareciera hecho exprofeso para evitar el hedor a pobre de la ciudad”.

Cuando cumplía ya el deber humano y social, de velar y enterrar al prójimo –y pensando que no estará muy largo del día en que otros cumplirán igual deber con nosotros—, observaba a los que iban llegando, quienes por su edad, bien pudieron estar pensando lo mismo que yo respecto a la muerte. Y siguieron llegando otras y otros, entre los cuales, quizá sintiendo el inútil temor a lo inevitable. Siendo una funeraria el lugar más propicio para pensar en eso.

Luego, apareció una pequeña procesión de ancianos más o menos de misma cantidad de abriles (o de cualquiera otro de los once meses del año) y ninguno daba ejemplo de cómo caminar con agilidad, pues tampoco faltaban quienes se ayudaban con sus bastones.

Nada extraño, pues el porcentaje de la población mundial de vetarros que aún respiramos, no es nada despreciable. Quizá sea más despreciable y lucrativo, lo que somos para los burócratas y los líderes políticos que se sirven de la seguridad social, junto a los empresarios. Eso es lo que muchos países “democráticos” están demostrando con sus calles incendiadas, como protesta contra su cruel negocio con las pensiones.

Lo que llamó la atención de aquella procesión “gereátrica”, fue lo simbólico de la leyenda escrita en una cinta que llevaban como estandarte, con la cual se identificaban y se representaban en el velorio: ¡“Sandinismo histórico”!

Sus imágenes simbolizaban con exactitud la decadencia del sandinismo de sus lejanos días de juventud. Ese sandinismo, por cuya causa miles de jóvenes murieron y de los cuales solo unos pocos son recordados por el oficialismo, ya no existe. Pero estando a punto de saldar cuentas con la vida (como todos lo estamos)… ojalá tengan el tiempo suficiente para su desengaño.

Los que, desde hace muchos años, ya no tienen de qué desengañarse, e igual andan con el rótulo del “sandinismo histórico” junto a las armas de fuego, son los paramilitares al servicio de la dictadura. Y de esos, no son sandinistas ni históricos, sino orteguistas. Algunos, antes del 79, no tenían la edad para ser combatientes del sandinismo histórico. Otros, que sí tenían la edad, estuvieron en su derecho de no querer ser sandinistas.

Pero, entre ellos, no faltan quienes decidieron llegar el Frente, cuando este ya no era sandinista, sino orteguista. Tampoco falten antiguos sandinistas al servicio de los dictadores Ortega-Murillo; estos hacen mayoría entre los que ocupan posiciones de mando y ordeno en todas las instituciones del Estado, la “JS” y en la jefatura del paramilitarismo… Y, cómo no, también están al servicio de sí mismos: de sus mansiones, buenas casas, lujosos vehículos, grandes negocios y mucho dinero acumulado.

Si tuviéramos que definir algo de todo lo que son, de lo suyo y de lo ajeno que representan los paramilitares, sería como… pandilla armada del orteguismo histérico. Porque, en verdad, como actúan con mucho histerismo, este su histerismo, sí es histórico, pues los mantiene en un estado de intensa excitación defendiendo el pasado, con pretensión de estabilizar por tiempo indefinido el poder político del par de dictadores.

La enfermiza ilusión de frustrar la posibilidad real de perder el poder, les impulsa a reprimir, secuestrar, asediar, torturar y matar como único recurso, la fuerza bruta.

Sin embargo, pese a todo lo dicho sobre las causas que prolongan esta crisis política y social, bajo la que se nos obliga a vivir con las libertades públicas y los derechos humanos mancillados, nos falta señalar una causa fundamental:

¡Que el Ejército Nacional está incumpliendo su responsabilidad que le manda la Constitución Política, de no permitir la existencia de otro cuerpo armado diferente a la Policía y al propio Ejército!

Y ese cuerpo armado espurio que la Constitución no le concede el derecho de existir, es el paramilitarismo. Ese que, junto a la Policía, ejecuta todos los delitos que en los últimos dos años la dictadura ha manejado bajo el rótulo del “sandinismo histórico”.

La renuncia a la responsabilidad constitucional ha sido patentizada en tres factores esenciales que han hecho sucumbir la autonomía y la profesionalidad del Ejército Nacional:

  • En hecho de que su jefe, el general Julio César María Avilés, se haya identificado y comprometido públicamente con la política represiva de Daniel Ortega;
  • La complacencia del general Avilés con la decisión dictatorial de Daniel Ortega de reelegirlo una y otra vez en la jefatura del EN, en flagrante violación de la ley orgánica del Ejército, con la tolerancia de los jefes militares a quienes, según el escalafón, deben ser ascendidos al cargo inmediato superior;
  • La omisión de los jefes del EN de su deber constitucional de cuidar de la paz, la seguridad y la soberanía del pueblo, con el agravante de que con esa actitud permisiva están contribuyendo, al menos por omisión, con la represión y los crímenes de la dictadura.

Tratando de encubrir esta grave falta, el jefe reelecto del Ejército Nacional ha esgrimido su apoliticidad por respeto a una Constitución Política. Pero, la apoliticidad y la Constitución, han sido anuladas por la dictadura para permitir la reelección indefinida de Daniel Ortega. Tanto es manoseada la Constitución, que los derechos que no han sido reformados son incumplidos por los dictadores.

Hablamos no solo de la Constitución de 1977, sino también de las reformas de 1995, con las que se le corrigieron omisiones, siendo la más notoria, la no reelección consecutiva.

Pero todos los textos constitucionales, incluyendo el de la Constitución actual, en penosa vigencia, le ordenan al Ejército la no tolerancia de un cuerpo armado ajeno a los que ella misma señala.

De manera que esa omisión comprueba que el respeto que el general Avilés proclama no es cierto, pues, al decirlo, él piensa en la Constitución adulterada por Daniel Ortega, que le permite el abuso de reelegirse por encima de la voluntad de la mayoría de los votantes, y controlar a su gusto el Consejo Supremo Electoral, una maquinaria de fabricar fraudes electorales, una de las fuentes su poder político.

Si el EN sigue renuente a cumplir su deber constitucional de no permitir un ilegal tercer ejército… ¿será acaso, porque sus jefes piensan que esta falta de paz, de estabilidad política y económica, de seguridad y bienestar de sus habitantes, son garantías para una vida social estable? ¿También creen que así, en permanente estado de represión y supresión de derechos, garantizan su futuro como cuerpo armado y el del gobierno despótico con el que están haciendo causa común?

Aunque los jefes militares omisos y no respondan, el pueblo sabe que existe una sola conveniente: que el Ejército Nacional cumpla el mandato constitucional contra el militarismo y, dejar de ser la otra fuente del espurio poder de Ortega. Sería lo más beneficioso para la paz, la seguridad y la vida de todos los nicaragüenses.

Piense en eso, general Avilés. El pueblo se lo agradecerá… ¡cuando esté libre de la opresión dictatorial!

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