Opinion

Sandor Dolmus: el hijo compartido con el pueblo

La catedral a reventar a pesar de que para entrar se tuvo que atravesar varios círculos de polisillas bloqueando los accesos al templo, de antimotines con el cuerpo pegado a las paredes y las jaurías de sandinistas armados con esos palos y cadenas conocidos como chacos. El obispo con cara de abatido se dirigió a la madre para consolarla diciéndole que el niño ya compartía la pasión de Jesús, y que su muerte “trágica”, fue cruel e injusta como la de Jesús. Ese fue el momento en el que esta mujer, Ivania Dolmus, quien generalmente aparece estoica, se quebró, lloraba copiosamente y se abrazaba a sí misma.

Cómo pues, la gente leonesa y de otras partes de país, no iba a arriesgar el físico para acompañar a esta mujer y a su familia. Un día antes de la misa, Camilo Báez, hijo de la eterna diputada del mismo apellido, llamó a los sandinistas por las redes sociales a preparar chacos amanzapuchos, para desbaratar la misa por el eterno descanso del niño Sandor Dolmus, el hijo único de doña Ivania. La Policía saturó las calles de antimotines la ciudad desde el día anterior, y el día de la misa este 15 de junio pasado, pasaban lenta y amenazadores por la casa de la familia Dolmus.

Pero León es León y privó la solidaridad, se sobrepuso el sagrado deber de llorar y honrar a los muertos. Gano la solidaridad de las madres quienes no quieren ni imaginarse que les pase algo similar a sus hijos e hijas. Vinieron los excarcelados, los monaguillos, los parientes lejanos, el periodismo y los cantos a la Virgen, acunando el dolor de tanta muerte y represión.

Mientras tanto, afuera, una jauría de sandinistas azuzados por el Camilo de marras, y  resguardados por centenares de antimotines del peligro de las avemarías que las personas asediadas rezaban al interior de la Basílica, crankeaban unos parlantes del alto de una casa con su canción de cuna, El Komandante se keda.

Al terminar la misa doña Ivania ya no estuvo sola, la abrazó todo el amor del pueblo, incluidos los sacerdotes y el obispo quien se fue de espaldas al enterarse de que el niño lo había llamado en su lecho de muerte. No supe qué le dijo al periodista que le preguntó. Ahí también prometió que no iba a permitir represión, promesa que quedó vacía, pues los sandinistas además apedrearon el templo, atacaron con huleras, botellas y grandes pedazos de hielo.

En medio del asedio, la tía de Sandor Dolmus, compartía mientras los ojos se le iluminaban, que tenía un video de Sandor chiquito, jugando allí en esa escalera, una gradería en forma de caracol, ubicada en la esquina sur este de Patio del Príncipe de la Catedral de León.

Allí en ese patio, Sandor también aparece en otras fotos: en uniforme de monaguillo, de paisano, de pie, recostado en un pilar, sereno, posando serio o como como galán de película setentera. Con todas las fotos que han circulado sus amistades y su mamá, se me hace que era un niño  muy querido. Antes de Internet las fotos eran caras, tener cámara, revelar, costaba un montón de dinero.  Pero su mamá no escatimó en esos gastos. Doña Ivania Dolmus ‘se veía en su hijo’, y tiene fotos desde que se sentó como de seis meses, pero “ya macizo”, en la mesa del comedor vestido de amarillo y luego en el primer cumpleaños rodeado de regalos.

Y así tiene fotos de graduación de preescolar luciendo corbata azul y birrete, de su Primera comunión o en la banda de guerra, abrazado con sus primos; al pie de la Virgen, en poses de adolescente, con fondo de catedral, de volcanes, selfies, abrazando a su mama, cubierto con la bandera, portando su cintillo de Nicaragua.

Un año atrás, su asesinato nos sacudió, le vimos en Facebook en shorts, chinelas y un adoquín en la mano y dos minutos después los gritos de “¡mataron a un chavalo!, ¡mataron a un chavalo!”, y su foto con el cintillo azul, la palabra Nicaragua en su frente. Se siente como si el niño también nos perteneciera.

Era un niño amado, y más amado después de su asesinato, de la forma como el padre de catedral dijo de Jesús durante la misa del 30 de Mayo. El profeta le dijo a María que su hijo sería odiado y amado por ser un signo de contradicción. Sandor era un niño nacido con signo de interrogación, y molestaba al sistema opresor, lo odió tanto que lo asesinó. Y ahora, no sé si eso consolará un poco a su madre, pero como pueblo nos unimos a ese amor engrandecido que nos convierte en la familia ampliada del niño mártir de León.

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