Opinión

Sin los medios ¿qué?

Periodista

El país urge información y análisis que orienten y ayuden a la ciudadanía. Necesitan saber las repercusiones de la insurrección cívica



I

En un enfoque sobre la crisis que vive el país, el analista político Julio López Campos, en respuesta a una de las preguntas formuladas por el periodista Fabrice Le Lous, argumentó: “Si Managua despierta yo no sé si van a poder distribuir el periódico ustedes”, refiriéndose al diario La Prensa. López Campos aludía la posibilidad que Managua pudiese convertirse en una ciudad intransitable ante el desborde de violencia. Cuatro días antes directivos del Grupo Editorial La Prensa, habían enviado a sus suscriptores una esquela haciéndoles saber, que debido a que sus repartidores por las madrugadas habían sido “asaltados, amenazados e incluso les han disparado con armas de fuego, habiendo resultado lesionados cuatro de ellos el último fin de semana”, el periódico llegaría “un tiempo más tarde del acostumbrado”.  Eso en Managua.

Con ciento veinticinco tranques contabilizados por la dirigente campesina, Francisca Ramírez, desconozco los tropiezos que enfrentan La Prensa y El Nuevo Diario, para trasladar los periódicos hacia Masaya Carazo, Granada, Rivas, Boaco, Chontales, Matagalpa, Jinotega, Estelí Madriz y Nueva Segovia. ¿Los transportistas no han puesto reparos? ¿Qué riesgos corren los repartidores en una ciudad como Masaya, donde han emplazados más de ochenta tranques? ¿Con qué identificación circulan? ¿Pueden transitar por las calles sin temer a recibir un balazo? ¿Cómo hacen para recorrer la ciudad? ¿Cuántas amenazas han recibido o no han recibido ninguna? ¿A partir de qué hora salen a venderlos? ¿Los suscriptores a qué hora lo reciben en sus casas? ¿Cuáles son las quejas más comunes que reciben de los distribuidores?

Los medios requieren de la presencia de periodistas en el lugar de los hechos; una temeridad que a diario asumen. El ejercicio del periodismo durante estos meses se ha convertido en Nicaragua en una actividad letal. La inseguridad de corresponsales o enviados especiales va en aumento. Los periodistas tienen que desplazarse por calles y avenidas. Su presencia se vuelve imprescindible. ¿De qué otra manera verificar y contrastar lo acontecido? Las constantes amenazas recibidas los vuelven presa fácil de fanáticos enardecidos. Viven al acecho. Siempre ha existido la tendencia a confundir al mensaje con el mensajero. Personas —de uno y otro bando— se transforman en enemigas acérrimas de medios y periodistas. En épocas de crisis —en vez de reducirse— el déficit histórico de tolerancia tiende a crecer.

Grupos que operan por las noches, fueron los que quemaron radio Nicaragua y atacaron en su casa, a las dos de la mañana, al periodista de La Prensa, Josué Garay. Un patrón de conducta que se repite cada vez que surgen turbulencias políticas. ¿Qué hacer para que la ciudadanía entienda que medios y periodistas —independientemente de su pertenencia partidaria y preferencias ideológicas— no deben ser objeto de agresiones? Todos los gobiernos durante el siglo veinte y lo que va del siglo veintiuno, han buscado inclinar la labor de la prensa a su favor. En el presente ha sido a través de la cooptación económica, compra de medios, la contratación de periodistas como relacionistas públicos, otorgamiento discrecional de la publicidad, cierres de canales de televisión y radioemisoras, y entrega parcializada de las licencias audiovisuales.

En un contexto radicalizado, con brotes permanentes de violencia y ciento cuarenta y nueve personas muertas y más de mil agredidas, según el Centro Nicaragüense de Derechos Humanos (Cenidh), la necesidad más apremiante de la ciudadanía —además de pan con paz— es disponer de información fiable. Información que genere confianza y poder discernir en un universo agitado por las emociones, donde los sentimientos fácilmente se enardecen y ponen al rojo vivo. Los medios tienen que apegarse —hoy más que nunca— a los principios que rigen su existencia. Ni la veracidad ni la responsabilidad pueden ser dejadas a un lado. Si lo hacen perderían legitimidad. Comprometerían su presente y futuro. El peor traspiés para un medio de comunicación, sigue siendo recurrir a la mentira y falsificar lo ocurrido.

II

El país urge información y análisis que orienten y ayuden a la ciudadanía a comprender el curso de los acontecimientos. Necesitan saber las repercusiones de la insurrección cívica en nuestras vidas. Desean información de expertos en Derechos Humanos que monitorean minuto a minuto las agresiones en tranques y barrios. Información verificable. Una exigencia que corre el riesgo de desaparecer, en la medida que el país vaya quedando incomunicado y el peligro de transitar por las calles se incremente. Conocer los efectos de la crisis en el deterioro de la economía; la caída de las reservas internacionales; cómo marcha el desarrollo del paro por todo el país; la probabilidad de llegar a acuerdos con la reapertura del Diálogo Nacional, etc. Los medios se asisten de especialistas para responder a todas estas inquietudes.

Los nicaragüenses siguen preguntándose, qué va a ocurrir cuando La Prensa y El Nuevo Diario dejen de llegar a sus hogares. Llegado ese extremo, ¿a qué medios acudir? Una de las alternativas a mano —dado el crecimiento y ubicuidad de las redes sociales— sería obtener información a través de estas plataformas. La incertidumbre de muchas personas gira en torno a la credibilidad que puede otorgarse a las redes. ¿Cómo fiarse de ellas si muchos de los nombres con que se identifican las personas son falsos? ¿Cómo dar por cierta una información que muchas veces es proporcionada para causar desasosiego? ¿Cómo creer en lo que circula en las redes si muchos cibernautas están más interesados en defender a ultranza sus posiciones políticas, que abrir espacio al diálogo? ¿Acaso no han comprobado cómo retuercen los hechos?

La ciudadanía tendría que continuar informándose a través de los canales y programas de televisión y radioemisoras de su preferencia. Con el paso de los años los nicaragüenses han aprendido a distinguir entre información y propaganda. Las crisis políticas deslindan posiciones. En cuanto cristalizan proyectos de sociedad, los primeros en hacerlo son los medios. Se trata del mejor momento para saber de qué lado se colocan. ¿A favor de qué o quiénes toman partido? Es absurdo pretender que cuando una sociedad debate su futuro, los medios permanezcan ajenos a lo acontecido. No pueden quedarse al margen. Equivaldría a desaparecer. A la ciudadanía siempre ha correspondido seleccionar el medio que mejor responde a sus intereses políticos, sociales, económicos y culturales. Máxime en una sociedad polarizada como la nicaragüense.

La única posibilidad como opción viable —el día que los medios impresos no puedan circular y los periodistas estén imposibilitados de cubrir las protestas— serán las redes sociales. Servirán para tomar el pulso a la insurrección cívica. Mark Zuckerberg creó Facebook para establecer relaciones amistosas. Con el paso del tiempo esta plataforma se convirtió en un medio informativo y es casi una ley, que las amistades se rompen cuando estallan revueltas políticas. Es tanta la desinformación que muchas personas han creído conveniente tomar distancia de aquellas cuentas que se dedican a esta labor. Las campañas de descrédito parecieran incontenibles. Millares de personas alegaron hace como un mes, que estaban depurando sus muros. De ser cierto las informaciones provendrán de personas de su confianza.

Constituye un imperativo reconocer que no todo lo que circula en las redes es falso. A través de ellas ha sido posible enterarse de agresiones policiales y de las fuerzas de choque. De otra manera no hubiesen sido posible. Desde hace rato muchos medios replican información generada a través de las redes. Sin su funcionamiento hubiese resultado difícil saber dónde se encontraban personas dadas por desaparecidas. Basta un ejemplo. La divulgación de las fotografías de Jaime Ramón Ampié, Julio José Ampié Machado, William Efraín Picado y Reynaldo Antonio Lira Luques, fueron determinantes para saber que los activistas de la Comisión Permanente de Derechos Humanos (CPDH), se encontraban detenidos en las cárceles de Rivas. De otra manera su ubicación hubiese resultado engorrosa o tal vez imposible.

III

Ante la escalada de violencia numerosos barrios en distintas ciudades y departamentos, se han visto obligados a trancar las calles como mecanismo de defensa. Muy pocos se atreven a circular en Managua después de la seis de la tarde. A partir de ese momento temen ser alcanzados por las balas. Las restricciones de circulación por las noches dejan a las ciudades desoladas. Cines y restaurantes lucen vacíos. El país vive bajo un aparente estado de sitio. Está prácticamente paralizado. Las actividades económicas deprimidas. La normalidad quedó desfondada desde el 19 de abril. Debido al incremento indiscriminado de la violencia, podría darse la circunstancia que medios y periodistas no pudiesen circular y/o movilizarse por el país. Estamos al borde. Llegada esta situación, ¡las redes forman parte del problema y de la solución!