Opinión

Trump: su verdadero retrato

Donald Trump

Trump gusta pasar por hombre duro, actúa y recomienda a sus funcionarios comportarse de la misma forma



“Trump había demostrado que tenía un gran

problema que Dowd conocía, pero no podía decírselo

al presidente a la cara: ‘Era un mentiroso de mierda’”.

Bob Woodward

La forma intempestiva con que Donald Trump ingresó a la política, su odio visceral contra medios y periodistas y el uso indiscriminado del twitter —con fruición inusual para un mandatario de la primera potencia político-militar del mundo— sirvieron de estímulo para que escribiera un libro (La era de la posverdad, Managua, 2017) y me adentrara en las aguas turbulentas de las redes sociales, sus riachuelos y cascadas. Un estímulo necesario. Estábamos frente a un gobernante atípico, empecinado en ejercer el poder a partir de un populismo simplón. Sus arrebatos iniciales presagiaban la implementación de una política económica encaminada a un encerramiento dentro de sus fronteras. Su máxima se sintetiza en tres palabras: Estados Unidos primero.

Sus desplantes iniciales contra la prensa se transformaron en una actitud de permanente de rechazo y confrontamiento. Con cálculo premeditado logró galvanizar el comportamiento de los electores y los condujo a una polarización rampante. Propenso a deslindar los afectos cree que la lealtad de los funcionarios la deben a él —quien les nombró— y no a las prescripciones establecidas en las leyes. Trump nunca ha dejado de concitar mi interés. Un político que resume las características analizadas por Manuel Castells en una de sus más amplias y mejores investigaciones, La era de la información, Siglo XXI Editores, 1996; un supremacista blanco, individualista, creyente y atesorador de dinero. Un practicante radical de sus instintos.

Cuando se anunció la aparición del libro MIEDO Trump en la Casa Blanca, (Roca Editorial, México, noviembre 2018), escrito por el periodista Bob Woodward, dos veces ganador del premio Pulitzer —el más grande reconocimiento que puede alcanzar un escritor de no ficción en Estados Unidos— sentí la curiosidad de escudriñar sus páginas lápiz en mano. Woodward periodista investigador tiene cuarenta y siete años de permanencia en The Washington Post. Él y Carl Bernstein formaron la dupla que investigó las conexiones Nixon-Watergate. Su pasión por el periodismo investigativo lo ha llevado a escribir dieciocho libros. En la investigación sobre Trump amplía y aflora otros aspectos en la conducta política del presidente.

El presidente Trump jamás da su brazo a torcer, caso simbólico resulta ser Charlottesville. Al arribar al séptimo mes de su mandato, supremacistas blancos se comportaron en forma violenta —portando antorchas al viejo estilo del Ku Klus Klan (KKK)— arremetiendo contra los manifestantes que querían retirar la estatua del general confederado Robert E. Lee. A la una y diecinueve del sábado doce de agosto tuiteó: “Todos debemos unirnos y condenar todo lo que defiende el odio. Esta clase de violencia no tiene lugar en Estados Unidos. ¡Debemos unirnos como uno!”. Un poco después se contradijo. Afirmó que la violencia provenía de “muchos lados”. Los senadores Marco Rubio, Cory Gardner y Orrin Hatch, coincidieron que se trató de un acto criminal.

El retrato del mandatario estadounidense Woodward lo dibuja pacientemente, casi a cuenta gotas, para que observemos cómo frunce el ceño, grita y se desespera. Refleja la impaciencia congénita del presidente. Nada de mesura ni medias tintas contra los adversarios. Cuando puede espetarles en público su animadversión lo hace sin dobleces. Sus más íntimos colaboradores, general John Mattis, Rex Tillersson, Reince Priebus, general Michael Flynn, Steve Bannon —su más ferviente impulsor— son objeto de burlas. Imita su voz. Trump enfurece fácilmente, carece de concentración. Abandona los temas muy rápido, excepto aquellos que le acosan: aranceles para el acero, las relaciones con Corea del Sur y Norte, Afganistán y la reforma fiscal.

El denominador común de su equipo de trabajo es la falta de confianza en el gobernante. Incluso su abogado principal en la investigación sobre la trama rusa —John Dowd— renunció a seguir en el caso. Está convencido que, si el presidente comparece ante el fiscal especial Robert Mueller a contestar un pliego de preguntas, puede ser contraproducente. Debido a su carácter irascible se encoleriza muy pronto. El presidente estadounidense sufre de un padecimiento mayor. Para su operador en la reforma fiscal, Gary Cohn, director del Consejo Nacional de Economía, Trump piensa que nunca se ha equivocado. ¿Cómo lidiar día a día con un hombre que no admite haber incurrido alguna vez en equivocaciones? Difícil, hasta traumático.

Trump gusta pasar por hombre duro, actúa y recomienda a sus funcionarios comportarse de la misma forma. Las explicaciones de su equipo de política exterior sobre la importancia capital de renovar el Korus — convenio de Estados Unidos con Corea del Sur— no bastaron. Acusó a Moon Ji-in de estar robándoles. ¿Habrá entendido a estas alturas las relaciones entre geopolítica y negocios? Kelly, McMaster, Tillerson y Mattis, bromearon con sorna diciéndole que para ellos resultaba inexplicable que dirigiera más su ira sobre Corea del Sur que sobre sus adversarios: China, Rusia, Irán, Siria y Corea del Norte. Le costó mucho —si es que acaso entendió— que Corea del Sur es uno de sus aliados estratégicos. No lo aceptaba.

El Consejo Nacional de Seguridad de Estados Unidos tiene puesta su mirada en Corea del Norte. El interés por mantener buenas relaciones con Corea del Sur obedece a razones estratégicas. Piensan que constituye un muro de contención contra cualquier desaguisado de Kim Jong-un. La manera que respondió con un tuit al norcoreano resulta inexplicable. Impropia de un jefe de Estado. Ante la afirmación de Kim Jon-un que tenía a su alcance los botones nucleares, Trump replicó que él también los tenía a mano y eran de una potencia mayor. La crítica de parte de su entorno fue inmediata. En su respuesta afirmó que nunca debía mostrarse débil. “Necesito convencer a Kim y a todos los demás que estoy dispuesto a hacer cualquier cosa para defender mis intereses”.

Como acontece en nuestra política doméstica, las posibilidades de una nueva relación del gobernante estadounidense con la prensa de su país, cada vez son más remotas. Woodward deja al descubierto que también su ex-abogado Dowd expresó a Trump que la prensa le tenía mala baba. Te odian y odian tu valentía. A renglón seguido Dowd le sugirió que les retirara las credenciales para acceder a la Casa Blanca. Trump pensaba igual. Se quejó que ni John Kelly ni Hope Hicks lo dejaban. No hay forma que transija. El uso de twitter es la manera expedita de saltarse a la prensa y evitar los filtros. Nunca podrá echar de la Casa Blanca a los periodistas solo porque se le antoje. Hay candados de seguridad. La Primera Enmienda es un valladar inexpugnable.

El primer ensayo por deshacerse de un periodista incómodo y crítico, como Jim Acosta de CNN le resultó fallido. La libertad de prensa constituye uno de los pilares básicos de la democracia estadounidense. Una diferencia radical con respecto al gobierno del presidente Daniel Ortega es que no puede tirarles las puertas a los periodistas. El acceso a la presidencia como el nombramiento de los periodistas que cubrirán la Casa Blanca es prerrogativa de los medios. No queda a capricho de su jefe de prensa bloquear o determinar qué periodistas serán los que van a cubrir las conferencias y los briefings de otras secretarías de Estado, que comparecen ante la prensa. No vislumbro posibilidad de acercamiento entre estos dos actores.

MIEDO Trump en la Casa Blanca, ratifica la necesidad imperiosa de la existencia del periodismo investigativo. El periodismo investigativo posibilita que la ciudadanía conozca hechos y situaciones que de otra manera jamás se enteraría. Un periodismo tenaz y eficiente. Bob Woodward ha mostrado temple y consistencia metiéndose de cabeza a armar el puzle que constituye la actuación del presidente Trump. Es ajeno a toda formalidad, vicioso de la televisión —puede pasar tres horas frente a la caja hipnótica— enemigo jurado de la lectura, no hablo siquiera de libros, aludo a los documentos que está obligado a leer y resulta incapaz de someterse a la disciplina que impone el cargo. Este es el Donald Trump que nos retrata Woodward.