Nación

Compañeros de clase asisten al entierro aún con el uniforme puesto

Un ataúd para Matt Romero, y otro para la indignación contra el Gobierno

Matt Andrés Romero

Familiares de Matt descartan versión policial del "fuego cruzado", y rechazan "apoyo" del INAFOR a madre del estudiante que trabaja en la institución



En la pequeña sala de la casa había dos ataúdes. El que estaba sobre el pedestal fúnebre contenía los restos de Matt Andrés Romero, el joven de 16 años asesinado por el fusil del régimen de Daniel Ortega este domingo 23 de septiembre. Y el otro cajón, el que estaba a un lado y arrinconado en el piso, contenía la indignación y la rabia de una abuela de setenta años, una madre resquebrajada y unos tíos furiosos. La familia entera rechazó el féretro y la ayuda monetaria que una institución gubernamental envió tras la tragedia.

“A mi hermana le dieron la caja para apoyarla en la institución que trabaja, pero nosotros no la aceptamos. Allí la pueden ver a un lado. Nosotros le compramos su caja por aparte”, afirmó Dilcia Romero, tía del joven, quien fue abatido por un disparo en el pecho durante la marcha azul y blanco que demandaba la liberación de los presos políticos este domingo.

La madre de Matt Andrés Romero, Tania Romero, es conserje del Instituto Nacional Forestal (INAFOR). La mujer deambulaba en la pequeña sala sumida en estado de estupor, yendo de un lado para el otro con su hijo menor de tres años de edad en los brazos. Romero se acercaba al ataúd y a través del cristal observaba el rostro inerte de “Andrés”, como solían llamar en su casa al joven asesinado.

Romero puso sobre el piso a su hijo menor, le dio un cartel que tenía escrita la consigna “Matt Romero, ¡presente!, y lo alentó a decir: “Era mi hermano, era mi hermano”. Desde hacía más de cuatro meses, las consignas se volvieron habituales en la casa de los Romero. Matt Andrés Romero era “rigioso a ir a las marchas”, casi al igual que para jugar futbol en la posición de arquero. El trofeo en forma de zapatilla de futbol y la bandera azul y blanco sobre su ataúd, eran un homenaje a sus “rigios”.

De los “rigios” de Matt Andrés Romero sabe mucho su abuela, Rosa Largaespada. La anciana de 70 años crió al muchacho mientras su hija trabajaba como conserje todo el día. El nieto ayudaba a la abuela a preparar y vender los nacatamales. Y aunque nunca le decía que no a la “mamita”, terminaba yéndose a jugar futbol o, últimamente, a las marchas contra el Gobierno de Daniel Ortega.

Matt Andrés Romero
Wilfredo Miranda | Confidencial

“Cuando vi en las noticias que él salió herido, yo pensé que era mentira. Ahí no más le dije a mi hija (Dilcia) que se fuera en carrera a buscarlo”, narró Rosa Largaespada. “Vayan a ver a mi muchachito, a Andresito, que se está muriendo… Me imaginé que se iba a morir, porque esa gente son tiros certeros los que dan. Esos no te dan en un brazo o una canilla, te dan en la cabeza o en el pecho de un solo”, agregó la anciana.

Nadie cree en el “fuego cruzado”

Ni la abuela, ni los tíos, ni los compañeros de clases en el instituto público Rubén Darío aceptan la versión de la Policía Nacional. La versión de la Policía sostiene que Matt Andrés Romero cayó “en un fuego cruzado”, pese  las múltiples pruebas fotográficas y videográficas que dan cuenta de un ataque conjunto e indiscriminado contra manifestantes desarmados en el sector de Las Américas 3.

“Yo creo la versión de mi hijo de catorce años, que andaba en la marcha con su primo Matt”, aseguró Dilcia Romero. “Él me dijo cómo fue todo: Primero los atacaron los paramilitares con piedras y luego vinieron los tiros de AK… le daban a quien fuese: niños, adultos, ancianos… A Matt le dieron por capear a una señora de las balas. A los policías, antimotines y paramilitares no les importa nada. Cumplen órdenes. Eso es todo”, dijo la tía con enojo.

Matt Andrés Romero
La madre y el hermano menor de Matt Andrés Romero. Wilfredo Miranda | Confidencial

Los amigos del instituto Rubén Darío que solían ir a las marchas con Matt Andrés Romero, le insistieron el domingo que no fuera. Que mejor se quedara jugando al futbol. Pero el joven no quiso. Tomó su mochila, guardó su botella de agua y se dirigió a los semáforos del mercado El Mayoreo.

Directora del instituto se negó a rendir homenaje

Horas después sus compañeros se enteraron de la noticia a través de los medios de comunicación y las redes sociales. La conmoción fue generalizada en el cuarto año del instituto Rubén Darío, y entre otras generaciones que conocían y jugaban futbol con Matt Andrés Romero. Los alumnos dijeron a Confidencial que la directora del centro de estudios, la profesora Gloria Segura, se negó este lunes a realizar un homenaje al alumno caído.

Al no poder honrar la memoria de Matt en la plaza del instituto, los compañeros asistieron al entierro al salir de clases a mediodía. Caminaron desde el barrio Larreynaga, en Managua, hasta el cementerio Milagro de Dios, gritando por su “héroe caído”.

— ¡Matt Romero! — gritaba una juvenil voz desgarrada.

— ¡Presente! — respondía un tumulto de adolescentes no mayores de 18 años, con las caras cubiertas por pañoletas, banderitas azul y blanco pintadas con acuarelas en los pómulos, y el nombre “Matt” inscrito con tinta negra sobre sus frentes sudadas.

— ¿Cuántos años tenía? — replicaba la voz de la muchacha flaquita.

— Dieciséis— contestaba el azorado e imberbe tumulto.

Matt Andrés Romero es otro joven más asesinado por la represión del Gobierno de Daniel Ortega. Otro chavalo más enterrado en el Milagro de Dios, un cementerio que se ha tragado a muchos de los 325 muertos desde el 19 de abril. Hay decenas de tumbas frescas donde brota el monte verde, y la tierra alrededor de ellas es tan maleable de tanto ser picoteada por macanas y palas.

Lo despiden cantando “¡Ay Nicaragua, Nicaragüita!”

El ataúd iba en un carro fúnebre. Al final de trayecto, al tope de la calzada del cementerio, sus compañeros sacaron a Matt Andrés Romero de la carroza y la cargaron en los hombros. La  madre de la víctima, Tania, siempre estaba sumida en ese intenso estupor que le impedía llorar sin consuelo en comparación a los compañeros de su hijo. Era como si la madre todavía no terminara de asimilar que la vida para “Andresito” había terminado hacía más de 24 horas a causa de una estocada de fuego.

Los compañeros del instituto, muchos de ellos vestidos aún con sus uniformes azul y blanco, entonaron el himno nacional y cantaron “¡Ay Nicaragua, Nicaragüita!”, mientras otros jóvenes se subieron a un árbol a lanzar globos azul y blanco por encima de la muchedumbre dolosa. El maratonista Alexander Vanegas, ese viejo hombre que corre “para correr a Daniel Ortega del poder”, lanzó una paloma blanca cuando ya el féretro estaba al fondo de la fosa.

El trofeo en forma de zapatilla de futbol y la bandera de Nicaragua se fueron en el ataúd que su familia le compró a Matt Andrés Romero. El otro ataúd, el que mandó INAFOR como “apoyo”, quedó en la casa del barrio Larreynaga. Por ahora, la familia no sabe qué hacer con ese cajón. Mientras, la abuela Rosa Largaespada piensa cómo se sentirá su hija cuando le toque volver a su puesto de trabajo en el INAFOR.

“Debería volver. Ese es su trabajo. Tiene otro niño que debe mantener”, dijo la abuela con firmeza. En medio de este dolor abrupto, la familia de Matt Andrés Romero no tiene tan claras las cosas. Sin embargo, sí saben que no tienen miedo a represalias por parte del partido de Gobierno por su rechazo a la versión oficial del “fuego cruzado”.

“¿Por qué vamos a tener miedo, si ya nos quitaron un pedazo de la familia?”, interrogó la tía Dilcia. Es por eso que durante el trayecto del féretro hasta el cementerio Milagro de Dios la familia marchó determinada pese a “la vigilancia” constante de alrededor de ocho patrullas de la Policía Nacional cargadas de antimotines.

El entierro de Matt Andrés Romero terminó con un llanto tenue y quejumbroso de sus compañeros de clases, casi inaudible como el de un cachorro herido. Todos regresaron a casa con sus pintas azules y blancos desteñidas por las lágrimas y la brisa que empezó a caer. Los antimotines estaban plantados con sus fusiles muy cerca del cementerio Milagro de Dios, chequeando a los carros que pasaban por la calle estrecha y curveada. En guardia. Como dispuestos en cualquier momento a reeditar este ciclo violento de capturas, golpes, balazos, dolor y ataúdes.