Opinion

Un discurso pedagógico

Nicaragua es una universidad tipo Halloween, en la que la verdad no nos hace libres, sino prisioneros

El 29 de octubre se despidió de Nicaragua, en AMCHAM, la Embajadora de los Estados Unidos, Laura Dogu. Su discurso fue pedagógico, porque es un legado de enseñanzas para afrontar nuestro futuro de nación, desde su experiencia de tres años en tan incómodo cargo. Incómodo, necesariamente, porque sencillamente en Nicaragua nada es normal. Incluso para el Día de Difuntos, el 2 de noviembre, la policía detuvo en los cementerios a deudos de familiares que querían pintar sus sepulcros del color de la bandera de la patria. Ya no se podrá tener siquiera un cielo azul y blanco, y es probable que curas fariseos de brocha gorda, los auto vendidos a la pareja por ser calumniadores de sacerdotes tipo San Oscar Arnulfo Romero, comiencen a pintar nuestro cielo de rojo con la sangre de los asesinados. Pero las reflexiones de la Embajadora, certeramente así llamadas por ella, nos dejan la sensación de un cielo despejado y diáfano. Son reflexiones expuestas con una claridad que revelan su origen en la honestidad y la decencia cívica y moral de la expositora, apelando constantemente a la recuperación de un estado de derecho y  democracia a través de unas urgentes elecciones libres.

Se persigue a la iglesia, y todo lo que ocurre en Nicaragua deja constancia de ello. Recientemente el sacerdote Silvio Romero, en Catedral, hablando del diálogo que rechazan los gobernantes y los curas tránsfugas, citó a San Oscar Arnulfo Romero, quien, refiriéndose a una situación similar a la nuestra en El Salvador, antes de morir asesinado dijo: “El problema no es entre el gobierno y la iglesia, sino que es entre el gobierno y el pueblo, en esta situación la iglesia está con el pueblo y el pueblo está con la iglesia.” Para la Embajadora ese problema está claro. Y para el pueblo está claro que tiene iglesia, aunque se recojan firmas forzadas en contra de los obispos, y se les mande  en son de burla al papa Francisco. Un documento elaborado por los gobernantes, lleno de manchones sobre la palabra democracia, es un problema del gobierno contra el pueblo. Las palabras verdad y libertad, están estigmatizadas por  los tiranos. Pronunciadas por el pueblo,  hace que el gobierno califique al pueblo de golpista y terrorista. Son palabras vivas que hay que asesinar hasta que su sangre se coagule sobre nuestra bandera bicolor. Se percibe que eso lo ha vivido, lo siente, y lo dice con extrema humildad, la señora Embajadora.

Lo más importante quizás sea que sustenta su pleno derecho a hablar tan claramente como lo hace, en que ama al país que deja, lo conoce y sabe de nuestros sufrimientos: “Al concluir mi tiempo de servicio en Nicaragua…permítanme enfocarme en la Nicaragua de la cual me enamoré durante mi tiempo aquí…me preocupo por los muchos que han sido arrestados tan injustamente y los muchos que se han visto obligados a dejar a sus familias e irse del país. También lamento las muchas vidas perdidas en los últimos meses. Nunca los conocí  personalmente, pero sentí la pérdida de cada uno de ellos. Ellos representan lo mejor de la Nicaragua que amo y que tristemente ahora tengo que dejar.”

Ahora bien, inspirado en el contexto positivamente crítico de semejante discurso, permítanme imaginar, en el contexto de la realidad negativa que sobrevivimos, que Nicaragua es una universidad tipo Halloween,  en la que la verdad no nos hace libres, sino  prisioneros. Es una universidad siniestra a la que no se llega por el lema “a la libertad por la universidad”, sino por las “sentencias dictatoriales” de “a la cárcel o a la muerte por la universidad”. Es una universidad sin autonomía, y sin estudiantes porque son delincuentes. Se dan clases de tortura. Master en corrupción. Doctorados en inquisición. Alumnos y profesores deambulan como zombis, encapuchados. Pero no son estudiantes. En los largos pasillos obligan a los empleados del estado a dar sus firmas para escribirle al papa Francisco una serie de calumnias contra obispos que sí creen  que la verdad nos hace libres. En esta universidad de la ignominia se explota al pueblo y se lampacean las calles con su dignidad.

La Rectoría es una “habitación del pánico”. En paredes cuelgan grilletes, cadenas, esposas, tubos de hierro y punzones. A ambos lados de la Rectoría están  dos aulas conocidas como “El Chipote” y “La Esperanza”. Hace muy poco a “La Esperanza”, donde están recluidas las prisioneras políticas, entraron numerosos encapuchados a golpearlas cruelmente. Esa era la enseñanza de la “Pedagogía de la Opresión”, que de diversas maneras se le hace saber al pueblo a diario. En la “Rectoría”, Rector y Vice-Rectora se burlan del papa al redactar el documento que le enviarán, pidiendo se destituya a los obispos que dicen la verdad y que por lo mismo, al afirmar que la verdad nos hará libres, son golpistas por propagar, partiendo del diálogo, la libertad. Y si es una libertad azul y blanco, peor. Y si es un diálogo con gente civilizada, imposible, ya que entre esos rectores el único diálogo posible es con los alumnos encapuchados, que son a su vez esbirros, sapos, y sicarios a su servicio.

De todo eso supo la Embajadora Laura Dogu en sus tres años en Nicaragua, y con su estilo desenfadado, recordaba eso y más, a la hora de leer su Lección Magistral, en el Auditorio de la Libertad, mejor conocido como Aula Magna Abraham Lincoln, autónoma e independiente, aún estando dentro de la Universidad de la Pedagogía de la Opresión. Una síntesis de esa cátedra podría ser, que cuando viajó por el interior de Nicaragua, constató que pequeños agricultores, jóvenes empresarios, estudiantes, mujeres líderes, comunidades indígenas, tienen una visión de futuro: “Ahora está claro que la gran mayoría de los nicaragüenses ya no aceptarán más la corrupción de los funcionarios gubernamentales o de las empresas privadas y que ya no confían en las instituciones del gobierno”. Si yo fuera miembro de un tribunal de calificación a la veracidad de este excelente discurso, éste sería mi veredicto de cara al país: Gobierno, reprobado. Empresa privada, con asignaturas pendientes. Juventud, aprobada con honores.

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