Opinión

Un fiel retrato

Mirar hacia un solo lado, hubiese disminuido y parcializado la visión de Valdez Cárdenas



Estudioso como pocos del fenómeno de la narcoactividad, Javier Valdez Cárdenas, logró pintar un retrato fiel de sus actividades en el norte mexicano y algunas de sus incursiones en diferentes lugares de México. En la enormidad de su lienzo quedaron dibujadas las innumerables puertas y ventanas, por donde filtra sus fechorías. Su persistencia por delinear en grandes pinceladas todo cuanto hacían, engangrenando el tejido social mexicano, me recuerda la obsesión de los grandes muralistas mexicanos —Diego Rivera, José Clemente Orozco y David Alfaro Siqueiros— por graficar las convulsiones y transformaciones realizadas por la revolución mexicana. Igual que ellos, Valdez Cárdenas, ofrece una visión global y a la vez muy particular, de las atrocidades cometidas por los narcotraficantes, en connivencia —según comprobó— con las más altas autoridades del país azteca. Sus trazos van de lo general a lo particular y a la inversa.

El elogio a los libros, ensayos, reportajes y crónicas de Valdez Cárdenas, es unánime. Los estudiosos de la narcoactividad —uno de los retos más acuciantes en el presente siglo— acuden a sus textos, con la seguridad de obtener un panorama completo de las tropelías cometidas por los narcos. Su aproximación sociológica ofrece la oportunidad de meterse en los entresijos de un fenómeno que traspasa fronteras y desafía a la humanidad. Javier Valdez Cárdenas tuvo la valentía de escudriñarlo como pocos. Se planteó revelar los nombres de las distintas instituciones y los diversos actores implicados, a sabiendas de los riesgos que corría. Un testigo privilegiado. Desanduvo los diferentes caminos por dónde camina el narcotráfico. Una temeridad. Sus comprobaciones —autoridades de distinto peso y tamaño, involucradas como partícipes— en vez de paralizar su ánimo, fueron estímulo requerido para no dar marcha atrás. Para insistir y perseverar.

La exaltación de las investigaciones emprendidas a lo largo de más de un decenio,  destacan su capacidad de análisis, la testarudez con que actuaba y la búsqueda incesante del dato preciso. Dueño de un temperamento especial, Valdez Cárdenas apostó por develar las una y mil caras del ascenso creciente de la narcoactividad. También se propuso conseguir el equilibrio necesario en cada uno de sus relatos. Ahondar en el análisis, no significaba renunciar a la contrastación. Miles de muertos enlutan a la sociedad mexicana. Las tentaciones, y la vida fácil que ofrecen las drogas, son inciertas. La muerte ronda por las calles de Culiacán, Nuevo México y Tamaulipas. En su desborde, arrastra vidas inocentes. Millares de personas jamás supieron las razones de su muerte. El carácter envolvente del narcotráfico, busca la complicidad de todos y cuando no la obtiene, sicarios a sueldo imponen su mensaje de sangre.

Todavía queda por valorar la calidad de la prosa de Javier Valdez Cárdenas. En cada una de sus crónicas supo recurrir al mejor de los lenguajes. Ese que no se agota en el momento. El que trasciende tiempo y espacio. Dio un vuelo poético a sus narrativas más exultantes. Era la única forma que su discurso calara y fuese convincente. Valdez Cárdenas ratifica que no hay malos temas, sino malos escritores. Entre sus diversos libros, creo que Miss Narco-Belleza, poder y violencia; (Punto de Lectura, 2012), testimonia como pocos, su pasión por estructurar sus relatos. Sus páginas destilan densidad poética. Teje sus historias de manera encantadora. En un solo párrafo, nombra a cuatro o cinco personas, metidas en un amplio contexto, para que comprendamos la historia de sus vidas, los miedos que les acosan y la inutilidad de sus muertes. La ciudad es un panteón, sentencia. Todos los rincones son zonas de ejecución, remata.

En una región donde los carnavales forman parte de sus tradiciones más sentidas, las historias que nos cuenta y la forma como asume el tema, se me antoja muy parecida a la manera que el ruso Mijaíl Bajtin, describe estas celebraciones, (La cultura popular en la edad media y en el renacimiento, Alianza, Madrid, 2005). Solo atengámonos a su descripción palpitante: El carnaval es la perdición. Cualquiera, todos, en esos actos públicos, ejercicios de desmanes e irreverencias. Para la meada, el faje en rincones ajenos, los besos más allá de los linderos del sostén y el extravió de los sentidos. Son borrachera y cruda. Festín y olvido y mutación y disfraz y degenere. No importan los olores nauseabundos de los bulevares, calles anchas y malecones: vómito y flujos: olores fétidos a nauseas, a amaneceres encerrados, meados, eructos de borrachos, viento caliente y espeso, basura, colilla de cigarro y bote de cerveza a medio tomar. El carnaval es una guarida  Alcanza la misma altura de Bajtin. Se deleita con lo que nos está contando.

En esta guerra sin cuartel, el dolor atraviesa fronteras, enluta a madres, hijas y hermanas. No importa de qué bando sean. Es una batalla de todos contra todos. El llanto florece en las esquinas. Solo existe una racionalidad: la impuesta por los narcos. Tienen sus códigos y juzgan de acuerdo a sus propias leyes. No hay tregua ni razón. La guadaña devasta las ciudades. El campo no es ajeno a estos dolores. La sabiduría de Valdez Cárdenas consiste en dirigir la mirada en todas las direcciones. No se circunscribe a los padecimientos de las víctimas gratuitas. Estar en lugar menos indicado. ¿Pero cuál lugar es el indicado? ¡Ninguno! Nadie escapa a los sinsabores de la crueldad y la saña. La tragedia se reparte de manera democrática. La quirina o la flaca —como prefiere llamarla Javier— plantó pies en la vastedad del territorio mexicano. El narcotráfico se expande a velocidad exponencial. Un cáncer que pareciera inextirpable, incurable, indetenible.

Mirar hacia un solo lado, hubiese disminuido y parcializado la visión de Valdez Cárdenas. El lienzo pintado está lleno de cicatrices y sangre provenientes de los convidados de piedra. El llanto es parejo. Los sufrimientos viajan por todos los rincones. Las esposas, madres y hermanas de los policías, lloran a sus deudos, como lo hacen las esposas, madres y hermanas de los narcotraficantes. En la crónica, Una piedra que llora, la más extensa que figura en Miss Narco, Belleza, poder y violencia, retrata las desventuras de Aurora Fuentes Vega, madre de Amado Carrillo Fuentes, Señor de los cielos. Doña Aurora vive su propio calvario. La cripta familiar de doña Aurora está llena de deudos: sus hijos.  Alude su desdicha. Es muy dura —confiesa— lo supera uno porque hay más hijos y familia. Valdez Cárdenas devela su desolación. Sus arrugas parecen ahondarse, crecer, la mantienen en pie, petrificada y viva. Dueña de su destino.

Caprichosos hasta más no decir, los narcos traducen en hechos sus veleidades. Cuando no lo consiguen por las buenas, van por las malas. Instalan el terror para satisfacer sus desvaríos. Nada los detiene. Si para lograr su objetivo tienen que matar, matan sin contemplaciones. Sus órdenes se acatan o pereces. Para hacerle un hueco a Cristian y  pudiera formar parte del equipo que conquistó el subcampeonato de la Serie Latinoamericana de Beisbol de Ligas Pequeñas, celebrado en Puerto Rico, del 30 de agosto al 5 de septiembre de 2006, donde no tenía cabida, su padre que era el jefe del cartel de Tamaulipas, dueño de la ciudad, cacique, mandamás y benefactor de la policía y los bomberos, orilló a la madre de otro niño. Su madre lo acompañó en la jornada, envió varias notas al periódico El Mañana. En una reza: Va en deportes y no se le mueve ni una coma. Como la envió, ¡salió! Nos mandan la cuenta, pidieron a los dueños del periódico.

Los escritos y especialmente la conducta de Javier Valdez Cárdenas, seguirán siendo un referente. Dignificó el periodismo. Mostró a los insulsos —en esta época de banalidades— la posibilidad de hacer un periodismo diferente. Siempre supo que corría peligro. Nombró a los culpables del drama. ¿De dónde provendrían los disparos que acabaron con esta vida fecunda? En la turbulencia del narco muchos son los imputados. Los autores podrían estar agazapados entre esa especie variopinta, cómplices en todo. Pudieron haber provenido de los dueños de las calles, de los restaurantes, de las chavas. Los que siempre tienen que estar encabezando las filas de los automóviles frente al semáforo en rojo. Los que rebasan por la derecha, ponen las luces altas y sacan la fusta ante cualquier reclamo. Los que jalan el gatillo, jalan a la muerte, jalan la vida, la aceleran y violentan. Los que mandan y matanandan por las calles, sus personeros, representantes plenipotenciarios. ¡Su ejemplo vive!


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