Opinión

Un gobierno “zombi”

FSLN

El Gobierno Ortega-Murillo es un gobierno zombi, porque es un muerto viviente cuyo certificado de defunción revela que falleció el 18 de abril



Todos hemos sido expuestos a la ficción de los muertos-vivos llamados zombis, en películas y series de televisión cuya popularidad, de acuerdo con algunos estudiosos de la posmodernidad, se debe al sentimiento generalizado de inseguridad creado por el mercado global y el desmoronamiento de las certezas de la modernidad –como la democracia y el progreso ilimitado de la humanidad. Zombi, nos dice un diccionario en línea, “es un término de la lengua inglesa que, en nuestro idioma, se traduce como:  un cadáver que, a través de algún tipo de hechizo, ha sido reanimado. Un zombi, por lo tanto, es un muerto viviente”. Apoyados en esta definición, podemos decir que el Gobierno Ortega-Murillo es un gobierno zombi, porque es un muerto viviente cuyo certificado de defunción revela que falleció el 18 de abril, cuando se suicidó con las mismas balas con las que asesinó a decenas de jóvenes, en el acto de terrorismo estatal más grande en la historia de nuestro país.

La neurobiología del fenómeno zombi

Las ciencias cognitivas no han resistido la tentación de opinar sobre el fenómeno de los zombis. Varios destacados neurocientíficos, sicólogos, y expertos en otras especialidades que contribuyen al estudio de la mente, señalan que los zombis sufren las siguientes deficiencias neurobiológicas:

Hiperfagia

La hiperfagia, nos dicen los especialistas, es un daño en el hipotálamo ventromedial que produce un deseo incontenible e insaciable de comer. La hiperfagia de los Ortega-Murillo es bien conocida. Ellos padecen de un apetito de poder ilimitado que les impide controlar sus ambiciones. Rosario Murillo, para citar un ejemplo, ha querido construir una imagen heroica de su esposo, comparable con la del Che o la del mismo Sandino. Recordemos como hace unos años ella ensayó llamarlo “Daniel de América” en sus discursos, hasta que se dio cuenta de que todo el mundo –incluyendo a la izquierda latinoamericana– se reía de su ocurrencia. Ella abandonó esta idea, pero, junto con su esposo, siguieron acumulando riquezas y poder –desmantelando las instituciones del país; abusando de los fondos derivados de la cooperación venezolana; negociando la soberanía nacional con un oscuro inversionista chino; y, ahora, torturando, asesinando y haciendo desaparecer a sus adversarios. Todo esto, mientras la megalomanía y la hiperfagia de la pareja presidencial les permiten decir, como si de verdad lo creyeran, que ellos están, “restaurando el Alma nicaragüense, restaurándonos como Familia, como Herman@s, restaurando la Potencia del Mensaje Cristiano que establece que tod@s somos Hij@s de Dios, que tod@s somos Herman@s y que tod@s debemos procurar la Paz” (Rosario Murillo, 19 Digital 07/07/18).

Torpeza y brutalidad

El cerebelo y los ganglios de los zombis funcionan defectuosamente produciendo la pérdida de coordinación de la persona infectada. Esto explica que los zombis sean torpes y caminen con dificultad. Un zombi, para poner un ejemplo, no puede coordinar los movimientos de su mano para abrir una puerta. Un zombi la abre a golpes y patadas.

Como los zombis, los Ortega-Murillo gobiernan en forma abrutada. Para enfrentar una protesta estudiantil, como la que iniciaron nuestros jóvenes el 18 de abril, los Ortega-Murillo recurrieron a las peores formas de violencia posible, asesinando a más de cuarenta personas en tan solo 15 días. Luego, el 1 de mayo, Día de las Madres, en una insólita muestra de sadismo y crueldad, atacaron con francotiradores la marcha de protesta liderada por las madres de los asesinados. Hoy, los Ortega-Murillo continúan agrandando la montaña de muertos causada por su estupidez y su incapacidad para controlar sus peores impulsos.

Insensibilidad

Muchos estudiosos de la mente aceptan la existencia de “neuronas espejos” en el cerebro humano. Estas neuronas “reflejan” lo que vemos; es decir, nos hacen sentir lo que sienten las personas que observamos. Por eso es que nos sentimos tristes cuando vemos a alguien triste –en la vida real o en una película–; o logramos apreciar y hasta “sentir” el dolor del “otro” o de la “otra”, cuando somos expuestos visualmente a su sufrimiento. De ahí que Steven C. Schlozman, profesor de siquiatría en la Universidad de Harvard, argumente que las “neuronas espejos” constituyen un “modelo neurobiológico para la empatía, que sugiere, de una manera muy esperanzadora, que podríamos estar conectados entre sí”.

Las “neuronas espejo” de los zombis funcionan defectuosamente. Esto explica que los zombis sean insensibles al sufrimiento de los demás. Como los zombis, el gobierno Ortega-Murillo no empatiza con sus víctimas. Nos ven sufrir, pero no logran apreciar y sentir la pena de las madres que lloran a sus hijos muertos o desaparecidos; o la angustia que padece una población traumatizada por la violencia que ellos han desatado.  Esta bárbara insensibilidad explica la sorprendente capacidad que tiene la vicepresidenta Rosario Murillo de implorar en sus discursos la intervención del “Santísimo”, para lograr la paz que su ambición y la de su esposo han hecho desaparecer en nuestro país.

Muerte por ilegitimidad

El gobierno Ortega-Murillo, como señalamos antes, es un cadáver vivo, aunque la pareja presidencial no lo quiera reconocer; y aunque ellos ni siquiera se percaten de que el olor a la carroña que hoy envuelve al país proviene de sus propias entrañas. Es un gobierno zombi que no logrará gobernar JAMAS, si por gobernar se entiende “el manejo con autoridad y la dirección que alguien ejerce sobre algo” (Diccionario ABC).

En la cita anterior, el concepto de autoridad implica legitimidad; es decir, hace referencia a una condición en la que el poder del Estado ha logrado convertirse en derecho; y en la que la sociedad reconoce este derecho, y asume que su obligación ciudadana es obedecer las leyes y políticas públicas que formulan los que controlan el poder estatal. En este sentido, la autoridad del Estado elimina o por lo menos reduce, la necesidad de la coerción en el mantenimiento del orden.

El recurso a la violencia por parte del gobierno Ortega-Murillo; y, sobre todo, su decisión de hacer uso de fuerzas paramilitares para controlar las protestas que se iniciaron hace dos meses en todo el país, marca el surgimiento de un régimen totalmente carente de legitimidad y, por lo tanto, sin autoridad para mantener el orden y la paz social. Los zombis que controlan este régimen solamente pueden sobrevivir mutilando y matando para saciar su incontrolable apetito de riqueza y poder.

Sabemos, sin embargo, que un régimen que depende de la coerción para sobrevivir es un régimen insostenible en el mediano y largo plazo. El gobierno de los Ortega-Murillo no logrará sobrevivir porque no podrá transformar su fuerza bruta en autoridad. No lo logrará, porque la crueldad con la que la pareja presidencial ha respondido a las justas demandas de la sociedad nicaragüense sobrepasa los límites de lo explicable y lo justificable. Ellos son hoy, la antítesis de la honestidad, la capacidad, y la decencia que se necesitan para gobernar.

¿Muertos que nunca mueren?

Aunque es imposible establecer el cómo y el cuándo de la salida del poder de los Ortega-Murillo, es posible asegurar que su gobierno boquea y va a colapsar –como han colapsado todos los gobiernos que han intentando mantenerse en el poder mediante la fuerza y la intimidación. Nosotros podemos y debemos ayudarlos a morir.

Para matar a un zombi hay que destruirle el cerebro. Para poner fin a un gobierno zombi es necesario destruir sus fuentes de apoyo. Más concretamente, es necesario cortar el oxígeno político que recibe de sus bases, así como el que les proporciona la desorientada izquierda latinoamericana e internacional que todavía no se convence de la putrefacción del cuerpo político del régimen nicaragüense actual. Para ello debemos tender una mano a los y las sandinistas honestos, dentro y fuera del país, y combatir las mentiras del régimen con nuestra verdad.

“La verdad nos hará libres”, dice el evangelista Juan. Nuestra verdad –la de los que conocemos quiénes son los que se han enriquecido en el poder; la de los que sabemos que un niño de 14 meses de edad no se suicida; la de los que todavía tenemos muchas preguntas sobre otros oscuros “suicidios”; la de los que no olvidamos el drama de la niña Zoilamérica Narváez porque nuestra obligación es no olvidar; la de los que leemos y escuchamos a Rosario Murillo para estudiar el fenómeno de la perversión; la de los que leemos y escuchamos a Daniel Ortega para estudiar los vericuetos de una mente chata y gastada–; esa verdad pondrá fin a la pesadilla que vivimos y nos hará libres.

La verdad nos hará libres si logramos mantener la lucha contra el régimen dentro del marco de la resistencia cívica y pacífica; y si logramos evitar la derechización de nuestras posiciones políticas, en un momento en el que el miedo y la inseguridad nos pueden empujar a saltar del fuego a las brasas y buscar soluciones a nuestra crisis en Washington, o en los cuarteles del ejército, o incluso en nuestras Iglesias. Ni Washington, ni el ejército, ni las Iglesias podrán salvarnos de nosotros mismos; de nuestra incapacidad como sociedad para construir nuestra propia modernidad, organizándonos políticamente y construyendo un Estado democrático que responda a lo que somos y queremos ser.