Opinion

Una carta contra la intolerancia y los nuevos tabúes

153 intelectuales, artistas y escritores enfrentan el “clima del miedo” que se ha desatado en las redes sociales

El libre intercambio de información e ideas se constriñe más cada día. Una actitud censuradora se expande en nuestra cultura.

Ese diagnóstico tan duro fue suscrito por 153 intelectuales, artistas y escritores de gran renombre, y publicado en la revista Harper’s Magazine, de EE. UU. Entre los firmantes está la escritora, Margaret Atwood; el lingüista, Noam Chomsky; la historiadora, Anne Applebaum; el novelista, Salman Rushdie; la activista pro derechos civiles, Sarah Haider; el músico, Wynton Marsalis; el politólogo, Francis Fukuyama; la feminista Gloria Steinem y muchos más.

Ese centenar y medio de personalidades aplaude “las poderosas protestas que demandan justicia racial y social”. Por otro lado, ellos advierten que “el necesario ajuste de cuentas acarreado por esas demandas ha intensificado un conjunto de actitudes moralistas, y compromisos políticos, que tienden a debilitar el debate abierto y tolerante de las diferencias, favoreciendo la conformidad ideológica”. Y añaden: “Gradualmente se estrechan los límites de lo que puede decirse sin temor a represalias. [Mientras] aumenta la aversión al riesgo entre artistas, escritores y periodistas que temen perder sus medios de subsistencia si se apartan del consenso o, incluso, si muestran su acuerdo sin demasiado entusiasmo”.

Esa declaración alude a casos de intolerancia a la libre expresión de ideas ocurridos en el espacio cultural. Desde hace unos años y con frecuencia creciente la “presión popular” ha expulsado de sus trabajos a editores de periódicos, a profesores universitarios y a analistas políticos que difundieron opiniones políticamente incorrectas. En algunos casos esas opiniones eran ajenas y contrarias a sus propias ideas, pero ellos las difundían para debatirlas; y esto también se juzgó incorrecto.

Apenas publicada esa carta las redes sociales se volcaron, mayoritariamente, contra ella. Sobre sus autores cayó una lluvia ácida de descalificaciones personales (mientras del contenido poco se hablaba). Algunos fueron acusados, precisamente, de incorrecciones políticas. Al resto se los culpó de codearse con aquellos “parias”.

El impulsor de esa declaración pública defendió la idoneidad de los firmantes. Thomas Chatterton Williams, un ensayista afroamericano de 39 años, tuvo que subrayar: “Los que escribimos esa carta no somos un montón de viejos blancos”, declaró. (¿Si lo fueran, sus argumentos serían erróneos?). Williams agregó: “Entre nosotros hay muchos pensadores negros, musulmanes, judíos, gente que es trans y gay, viejos y jóvenes, de derecha y de izquierda”.

Ese certificado de diversidad no bastó para calmar a las redes. Otros usuarios acusaron a esos 153 intelectuales de un pecado que, supuestamente, anularía la pluralidad de sus diferencias. Ellos son prestigiosos y la mayoría disfruta de grandes audiencias. Estos privilegios los desautorizarían para hablar de censuras. De hecho, la mera publicación de esa misiva bastaría para probar que la cultura censuradora que denuncian no existe. (¡Nuestras redes sociales producen mejores sofistas que la Grecia clásica!)

Williams contratacó en Twitter: “Debido al clima de miedo muchas personas conocidas y admiradas nos dijeron, confidencialmente, que estaban de acuerdo, pero que no se atrevían a firmar [la carta]”.

Ese “clima de miedo” en la cultura no es privativo de la sociedad estadounidense. Pocos días antes de aquella declaración de los 153 intelectuales, dos jóvenes escritores argentinos publicaban un artículo titulado: “Editores y escritores de rodillas”. En ese ensayo, aparecido en El País de España, Ariana Harwicz y Edgardo Scott argumentan que vivimos “un tiempo donde la cultura, como en el Medioevo, vuelve a apostar por la represión y la propaganda”. Citando sus propias experiencias en Francia, Harwicz y Scott testimonian la autocensura que cunde en los autores y en las editoriales y que luego se traslada a los lectores. Estos reciben “textos que dicen lo que ya se dice, lo que se quiere escuchar, sin disidencias ni contradicciones, textos celebratorios del discurso de época. […] Este será quizás el siglo donde no hará falta [la censura], pueden descansar los jueces. La autocensura ha ganado”.

Ese diagnóstico de Harwicz y Scott podría ser demasiado pesimista. El artículo que estos firman y la declaración de aquellos 153 intelectuales, demuestran un coraje esperanzador. Se necesita coraje para desafiar un consenso general, más aún si este es mayoritario en el gremio al que pertenecen los disidentes. Y allí donde hay valentía hay esperanza.

El espíritu rebelde desafía al instinto de manada. Los espíritus libres desconfían de las unanimidades y de las mayorías aplastantes, especialmente cuando esos consensos se emplean para establecer tabúes. Freud sospechó que el tabú existe para reprimir un deseo. Pero el tabú también provoca el deseo de romperlo.

Es cierto, los vetos sociales y gremiales inducen, en algunos artistas e intelectuales, una autocensura borreguil. Pero, en otros casos –los mejores– la censura produce una rebeldía creativa. Cuando “se estrechan los límites de lo que puede decirse sin temor a represalias”, crece el ansia de romper esos mismos límites. La palabra vetada enciende el deseo de pronunciarla a escondidas o el ingenio para hacerlo de otra manera. La libertad es un instinto tan poderoso como el miedo. El niño al que le prohíben decir “caca”, repite esa palabrita con deleite apenas le dan la espalda o inventa nuevas formas para decir lo mismo. Los tabúes engendran metáforas.

A su vez, esas metáforas provocan nuevas disputas. La operación metafórica traslada la idea vetada al territorio de otro concepto. Esta colonización de un espacio conceptual ajeno generará conflictos. La imagen metafórica forjará nuevas asociaciones semánticas. Estos significados insólitos ofenderán, inevitablemente, a alguien. La corrección política reaccionará acusando insensibilidad, impropiedad, “apropiación cultural” y exigirá tabúes adicionales.

No se aumenta la tolerancia fomentando nuevas intolerancias. Las censuras sociales a la libre expresión crean encadenamientos de prohibiciones que, tarde o temprano, alcanzarán a los propios grupos que iniciaron esas censuras.

La carta de esos 153 intelectuales infunde algunas esperanzas. Pero esta batalla entre los nuevos tabúes y los deseos de romperlos continuará. Y con ella proseguirá, en formas inesperadas, la inagotable lucha por la libertad de pensamiento.

Un “clima de miedo” en el campo cultural debería preocuparnos a todos, no sólo a quienes ejercen la creación literaria y artística, el periodismo o el debate universitario. Tradicionalmente, esos espacios fueron considerados los más libres y abiertos a la experimentación y a la discrepancia razonada. Si ahora en esos lugares se afianzan los tabúes ¿dónde podremos romperlos?

*Escritor y novelista chileno. Su blog Espejo de Tinta se publica en niu.com.ni, la revista de Confidencial.

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