Opinion

Una loca historia de amor

La novelista Elena Poniatowska en su libro Paseo de la Reforma, ofrece el retrato de Elena Garro, una mujer estrujante y avasalladora

“Elena es un icono, un mito, una mujer fuera de serie,

con un talento enorme. A nadie deja indiferente. Impresionó  

a todos los que la conocieron, marcó con una

huella indeleble a quienes la trataron…”.

Elena Poniatowska

No contenta con haber escrito una crónica enjundiosa y a la vez crítica de la escritora mexicana Elena Garro —Una biografía de Elena Garro, (La Jornada, 17 de septiembre de 2006)— tres años después la novelista Elena Poniatowska, en un juego de manos, decidió fabular sobre los arrebatos impetuosos y las grandes contradicciones de quien fuera la primera esposa del Nobel Octavio Paz. A través de esos lances embrujadores a los que nos tenía acostumbrado Gabriel García Márquez, Poniatowska trasmutó su crónica en espléndida novela. En Paseo de la Reforma, (Booket, México, 2017), ofrece el retrato de una mujer estrujante y avasalladora, vuelta de tuerca para evitar que “el personaje se trague a la escritora”. Poniatowska estaba convencida que la vida de Garro era la de un ser prodigioso. Valía la pena rescatarla, aunque fuese de esta forma.

Por los entrecruces de ficción y realidad desfilan decenas de escritores, en esas tertulias imaginarias o verdaderas donde Amaya —una reencarnación de Garro— se convertía en el centro de todas las conversaciones. Para no caer en la idolatría y no emitir un cheque en blanco, a diferencia de Patricia Rosas Lotápegui, la biógrafa de Garro, Poniatowska ofrece un relato donde dibuja sus claros-oscuros. El reconocimiento a una trayectoria no supone eludir las ambigüedades, el delirio de persecución asediaba a Garro y atormentaba sus días con sus noches. La admiración de Poniatowska por Garro queda en evidencia. Inventar una historia a partir de realidades implica desdibujar fronteras. El personaje tiene que ser rehecho sin que pierda sus contornos.  Describe sin miramientos la ira y el compromiso de Garro con los pobres.

Solo una mujer llena de sabiduría, independencia, dispuesta a exponer su criterio ante tantas almas iluminadas, podía embriagar y seducir a quienes le escuchaban. A parte de su belleza y galanura, Amaya, es decir Garro, imantaba a quienes le rodeaban. Su hondura de pensamiento deshacía clichés y con su canto atraía a los contertulios. Poniatowska, mujer comprometida, mezcla lo humano y lo divino, el pasado con el presente. Los viejos dirigentes de la revolución mexicana son invocados junto con sus herederos, esos que esquilmaban el erario, corrompían las instituciones y se enriquecían a la sombra de viejas hazañas. Ashby Egbert ¿deberíamos entender que se trata del millonario Archibaldo Burns? quedó prendado por la personalidad arrolladora de Amaya, con quien vivió una loca historia de amor.

Un personaje —cuando encarna un ser humano— es la sumatoria de muchas personas. Los novelistas difuminan sus contornos. Nunca se ocupan de su vida y milagro en estado puro. Eso hay que dejarlo a los cronistas. Elena Poniatowska lo sabe muy bien por su doble condición de novelista y cronista. En la trama de Paseo de la Reforma, la contracara de Amaya es Nora, con quien Ashby está desposado. La construcción de este personaje plantea diversas exigencias, la más importante tal vez consista en encarnarla de virtudes de las que carece Amaya. Aunque ambas escriban, Nora es hogareña, dedicada a sus hijos, sin ninguna atracción por la gula y el despilfarro. Amaya encontró en Ashby al millonario que además de acompañarle en sus reclamos al poder y a los poderosos, puso su fortuna al servicio de sus causas.

En la decisión por reiterar el carácter volcánico de Amaya (Garro) y su participación directa en la defensa de los menesterosos, Poniatowska dimensiona su rabia. Tampoco evade plantear las tertulias patrocinadas por Nora, donde Ashby quedó atrapado por los cantos de sirena de Amaya. Durante las reuniones nocturnas las discusiones eran encendidas. Llenas de ingenio, golpes y contragolpes. Poniatowska, devota de José Revueltas, narra el zarpazo propinado por sus pares. Al calor de los guiskis, gins y vodka tonics, los ausentes se convertían en diana de todos los dardos. No perdonan la militancia de Revueltas. Apostrofan que debía dedicarse a escribir. A eso se debe —objetan los asiduos— que no haya dado la talla. Un aguijonazo cargado chile y vitriolo. Un mal extendido entre escritores y poetas. No hay clemencia.

Los debates en que se enzarzan van desde la revolución mexicana, la Generación del 27, la Generación del Ateneo, el daño causado por el pensamiento positivista en México y toda América Latina, hasta ocuparse de la República española. Una amplia agenda. Enviaban a los despeñaderos con quienes discrepaban. A las reuniones sabatinas asistían Juan Soriano, Joaquín Díez Canedo y Aurora, Paco Giner de los Ríos y su mujer, la bella Carmen Marín, Manuel Cabrera y María Ramona Rey, Rosario Castellanos, los hermanos Gutierre, Carletto Tibón, Alberto Gironella y Bambi, Max Aub y Pegua, José Luis Cuevas, Carlos Fuentes, Salvador Elizondo, Alfonso Reyes, José Vasconcelos, el poeta Octavio Paz y su mujer Elena Garro. En esos encuentros Amaya Chacel era el centro del universo. Su estrella brillaba.

Los críticos y estudiosos de Elena Garro coinciden en su enorme poder de seducción, elogian su belleza y exaltan su cabellera de encendidos oros. Talento y empatía, fueron desde luego armas para que Ashby la siguiese embobado. Siempre encontró razones para ponerle de su lado. El abandono constante al que lo sometía quedaba superado gracias al embrujamiento que suscitaban los juicios de Amaya. Sus piernas bien torneadas eran capaces de maravillar al hombre más bragado. Ashby terminó siendo su acólito. Lo moldeaba. Dilapidó todo cuanto tenía para satisfacer sus más enrevesados caprichos. Una veleta sin rumbo. La acompañó en el exilio. La displicencia con que actuaba Amaya era un imán. Ashby iba y venía según ella dispusiera. Cayó rendido a sus pies. Pese a todo, nunca dejó de amarla.

Una característica de Amaya era su acendrado catolicismo; como dijo en una ocasión Robert Bazin de nuestro paisano inevitable, don Rubén Darío, era pagana por amor a la vida y cristiana por temor a Dios. Como la canción de Agustín Lara, Amaya se sentía pecadora. Prisionera de sus creencias la palabra pecado estaba en sus labios. Los pecados en los que podía incurrir eran múltiples. Pecado social, pecado por omisión, pecado imperdonable, pecado mortal, pecado venial, etc. Una de sus contradicciones políticas fue ser partidaria de la monarquía. La revolución francesa fue para Amaya una masacre; y la revolución mexicana una revuelta que mató a un millón de hombres. Se mostraba admiradora de Emiliano Zapata. ¿Qué mayor contradicción? Su defensa de los pobres la convertía en energúmena. No transigía.

El amor que se profesaron fue un amor desquiciado, cayeron arrastrados por una corriente eléctrica, Amaya hizo que Ashby se saliese de su mundo. Un encantamiento mutuo. Sintió celos por su hombre más allá de su aparente desgana y falta de compromiso amoroso. Ashby encontró en Amaya a la mujer ideal. Sus ausencias le producían desasosiego. Sus conocimientos y la forma que confrontaba a escritores encumbrados fueron determinantes para quedar enloquecido por Amaya. Ajeno al México profundo y al agobio cotidiano, sintió renacer el día que Amaya confrontó al gobernador de Cuernavaca exigiéndole la libertad de siete campesinos de Temixco, detenidos para robarles sus tierras. Ese día entró a un mundo distinto. A su regreso a Ciudad de México se revolcaron por primera vez y quedó marcado para siempre.

El último capítulo de Paseo de la Reforma (Capítulo 12) resulta enternecedor. Después de comprobar la muerte de Amaya en El Ajusco (era miembro de una célula guerrillera), la vida de Ashby perdió sentido. Amaya era su polo a tierra. Se despidió de sus hijos diciéndoles que iniciaría un largo viaje. No era otro que ir al reencuentro con sus compañeros de sala en el hospital Obrero, cuando fue llevado de emergencia a curarse las quemaduras sufridas por un cable de alta tensión. En un giro radical, Ashby se deshizo de todo cuanto tenía. Malvendió su Mercedes Benz y su departamento, regaló los trajes y todos los muebles. Empacó su Rolex, su llavero de oro, mancuernillas y cinturones de Ortega y los dejó en casa de Nora. Al final se dio cuenta que Amaya no era pintora. Tarde supo que había vivido con un fantasma.

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