Opinión

Una resolución sin colmillos

La OEA no sólo tiene problemas internos de locomoción, sino, que además se amarra el zapato izquierdo con los cordones del zapato derecho



Esta última resolución de la OEA sobre el tema de Nicaragua, aprobada el 28 de junio en Medellín, Colombia, parte de la imprudente tesis de Almagro que Ortega gobierna. Mejor dicho, que desea gobernar, y que desea impedir –pero, desde el poder- la catástrofe de las sanciones que llevarían al país a una crisis humanitaria. E irresponsablemente afirma Almagro que, dado que está preocupado por atender los problemas sociales, Ortega no es el problema, sino, que es el indicado para negociar los cambios democráticos, para que no se le apliquen sanciones económicas al país.

El conservadurismo reaccionario desde la aparente oposición a Ortega

La premisa de Almagro es falsa. El análisis es metodológicamente falso, y la conclusión es falsa. Ortega y el poder absolutista son una identidad política. Para Ortega, el único poder posible es el absolutista, y sin él no hay país. En realidad, Ortega identifica al país consigo mismo: L’État c’est moi, podría decir si tuviera cultura histórica. Pero, a su modo esotérico y cursi dice algo semejante: Pueblo-Presidente. Aunque la suerte del país, fuera de su control, le vale un comino. Y el pueblo, sin él de presidente, es nada.

La OEA parece ignorar que entre el poder absolutista y los cambios democráticos hay una contradicción antagónica, sin acuerdo posible. Entre ambos, lo que media es una revolución o la barbarie.

Obviamente, la esencia metodológica de la revolución es la movilización de las masas. Sin ella, no hay revolución, como sin la hidratación del cuerpo humano no hay vida. Y esa esencia metodológica más bien preocupa a la OEA.

El secretario de la OEA, a pesar que su opinión es razonablemente errática, siempre ha pensado que hasta antes de abril, el país, con Ortega en el poder, iba bien. Y apunta hacia ese pasado. Como lo pensaban también los empresarios, que hasta abril de 2018 deseaban exportar el corporativismo antidemocrático del modelo COSEP, que les permitía enriquecerse a base de privilegios (los mismos que hoy, sin razón alguna, con un profundo rechazo de la población, prevalecen en la Alianza Cívica, nada menos que como estrategas sui generis del proceso de democratización).

El sector empresarial, mediante el vehículo esclerotizado de la Alianza, que les otorga a ellos artificialmente un peso decisivo exagerado, constituye el principal obstáculo para que democráticamente se geste un movimiento con participación de masas.

¿Entendimiento con Ortega o lucha por el cambio?

La Alianza, la UNAB y la OEA, desplazando la participación de las masas del proceso de democratización, conciben la negociación como una forma de abortar el cambio revolucionario, por un entendimiento absurdo con Ortega.

La palabra de orden del conservadurismo es: ¡La única salida es la negociación! Que es otra forma de decir: ¡No a la acción independiente de las masas! La acción de las masas, en cambio, es como un torrente que va abriendo salidas donde no las hay.  Y son esas salidas forzadas las que hacen posible los cambios cualitativos del estatus quo. Son las que transforman la realidad.

La única salida o la única forma de lucha… son expresiones de un mismo pensamiento mágico que no parte de la realidad para la transformación de la realidad. Por hoy, en la lucha, no hay principios metodológicos. Se ha carecido de dirección política.

La acción de masas no conduce, necesariamente, a una negociación, como cree la UNAB.  Es al inverso. Toda negociación habría que verla como una forma de alentar ulteriormente la acción de masas como solución del conflicto, por la derrota aplastante del sistema antidemocrático.

Una resolución sin dientes

La resolución de la OEA parece un ultimátum, porque establece un plazo. Tiene ese formato engañoso. Pero, el plazo es lo de menos, porque un ultimátum verdadero, llegado el momento, conlleva a la ejecución de una acción de fuerza que provocará certeramente un daño mayor al sentenciado. Esta resolución, en cambio, culmina con ambigüedad e incertidumbre, revela el agotamiento de las presiones externas como centro estratégico del cambio en Nicaragua.

No sólo se ha comprendido que la suerte del país –como es obvio- depende de la correlación de fuerzas internas, sino, que al momento de beberla o derramarla se hace evidente la debilidad estructural de la OEA como organización horizontal. Ya que siete islitas, con una población, un área geográfica y el peso de su economía conjunta extraordinariamente insignificante, tienen la capacidad desproporcionada de paralizar políticamente a la OEA por medio de sus votos. La efectividad de la OEA, como factor de cambio político, es prácticamente nula.

Además, dañar a Ortega, sin dañar al país, diplomáticamente es imposible. La OEA exige que Ortega negocie con la Alianza Cívica las reformas electorales, y a la Alianza le exige que la actividad antidictatorial la haga en el marco constitucional vigente en el orteguismo. De modo, que la OEA no sólo tiene problemas internos de locomoción, sino, que además se amarra el zapato izquierdo con los cordones del zapato derecho.

La trasformación topológica de la dictadura

De esta forma, la OEA impone que sea la Alianza la organización que dirija el cambio en Nicaragua. Y al imponerle a la Alianza la restricción de actuar sólo dentro del marco constitucional orteguista, obliga a que se busquen formas de gobierno topológicamente equivalentes al régimen orteguista.

Es decir, que el gobierno post orteguista debe conservar el mismo rasgo burocrático esencial, con el mismo orden económico. En topología (que es una rama de las matemáticas que estudia la transformación de los cuerpos geométricos, que permanecen inalterados durante las transformaciones) se permite estirar, encoger, retorcer, un espacio geométrico, de manera que una taza con asa es equivalente a una dona, o bien, se puede transformar en una dona. Y un triángulo es equivalente a una circunferencia. Pero, no hay equivalencia topológica si se corta lo que está unido, o se pega lo que está separado. De manera, que una taza con asa, o una dona, topológicamente no se pueden transformar en una esfera.

Si a partir de una dona se desea obtener una esfera, habrá que cortar y pegar, no sólo estirar y retorcer. Las restricciones que ha impuesto la OEA tienen la finalidad de encontrar sólo un equivalente topológico de la dictadura orteguista.

De modo, que no hay una estrategia para derrotar a Ortega, pero, si hay una estrategia para impedir la participación de las masas en la lucha contra Ortega, y para defender el sistema burocrático del cual la dictadura orteguista es parte. La transformación que busca la OEA con sus restricciones no debe destruir los fundamentos del orteguismo, no debe afectar el neoliberalismo, ni el rol del Estado que privatiza sus servicios y funciones.

La OEA necesita a Ortega como punto de partida de un cambio topológico equivalente, de un cambio negociado, sin rupturas cualitativas. De modo, que intenta una reforma, no una revolución.

Una estrategia nacional sería diametralmente opuesta a la estrategia de la OEA.

Falta una estrategia nacional

Resta como factor de presión real las sanciones de EEUU y Canadá dirigidas contra funcionarios orteguistas, con la idea de paralizar la operatividad de la dictadura bajo una estrategia de geopolítica unilateral muy eficaz, que tiende a producir la búsqueda desesperada de algún acuerdo secreto reaccionario de parte de Ortega, que podría poner en riesgo la soberanía nacional y los derechos humanos de la población emigrante. La estrategia norteamericana es una estrategia de dominación.

Lo que nunca ha existido es una estrategia nacional, porque las clases dominantes (incluidos los nuevos ricos del orteguismo) venden los recursos naturales del país y nuestra mano de obra barata, e imponen sus intereses rentistas como proveedores de materias primas en la economía global (sin invertir en conocimiento, en tecnología, en valor agregado, en desarrollo de las fuerzas productivas). De manera, que el principal motor de la economía extractiva, expoliadora, además del trabajo informal, y la pequeña empresa, son las remesas del ahorro externo de nuestros emigrantes (que han abandonado dramáticamente el país por falta de oportunidades).

El sistema económico, de remanentes precapitalistas, es una enfermedad sistemática, estructural. El orteguismo es su expresión política espontánea, de ahí su resistencia genética, a pesar de la torpeza política. Mientras la correlación de fuerzas favorezca a Ortega al interior del país, una negociación con él no conduce a ningún acuerdo serio que limite la represión o el absolutismo.

Una negociación válida debe expresar la situación política. Es decir, la evolución de los conflictos sociales fundamentales. Para esbozar una estrategia nacional, el principio básico es entrever en la lucha entre democracia y dictadura, no sólo una contradicción formal, una contradicción superestructural (que se puede resolver, en apariencia, con un arreglo político, supuestamente sin ideologías), sino, una contradicción social en ciernes, que se resuelve, necesariamente, con una revolución nacional (*).

*El autor es ingeniero eléctrico. Nota del autor: Este artículo no se propone abordar el análisis estratégico de la situación actual, ni el programa de lucha que se correspondería con tal análisis.