Reporte ciudadano

Valentina y mi generación

Mientras leía la carta de Valentina, sentí una invitación honesta a vernos hacia adentro. Valentina es nuestro espejo.

Me desperté, tomé café y me preparaba para escribir mi tesis. El calor de Boa Vista te da ganas de morir. Recordé aquellos tiempos, cuando de verdad sentía ganas de morir, tenía 20 años. Una Managua donde mis amigos se van suicidando, uno por uno. Nadie del grupo tenía el valor de hablarlo. No, ya no tengo ganas de morir.

Mientras almorzaba, recibí por las redes sociales la noticia sobre una chica, una activista que falleció. Se suicidó. Dejó una carta. Sentí un dolor en la garganta con cada palabra que leía, porque en sus letras, me escuchaba a mí, a mis 20.

Me despertó varios de mis miedos. Y solo pude repetir en voz baja “Gracias por tu valentía, honro tu vida. Hoy tenés un lugar en nuestra historia”.

Leer la carta de Valentina me dolió, pero el dolor fue agrio, cuando vi que mucha gente culpa al régimen de su decisión. Debo decir, que soy firmemente opositora al régimen, pero también, tengo un interés genuino en que este contexto que vivimos no se vuelva a repetir.

Y aquí me quiero detener, porque mientras leía la carta, sentí una invitación honesta a vernos hacia adentro. Valentina es nuestro espejo, y nos muestra de la forma más limpia posible el dolor que cargamos como generación posguerra, que ha sido acentuado desde Abril 2018, pero que nos acompaña desde antes.

No es casual que seamos la generación con mayor índice de suicidio, de uso y abuso de drogas, alcoholismo y depresión. Es como si quisiéramos vivir en la desconexión, evadiendo la posibilidad de nombrar lo que sentimos. Somos la generación que se desconectó de su proyecto de vida. La misma, que sueña con una Nicaragua diferente. Me pregunto: ¿Cómo será la nueva Nicaragua? ¿Cómo podremos construir un proyecto de país, si no tenemos un proyecto de vida?

Me duele el romanticismo, el morbo y el simplismo con el que se aborda el suicidio en mi país, Valentina es un caso conocido, pero es la historia de muchas personas. Me duele ver que es más cómodo culpar al Estado, en vez de abordar de forma sistémica los dolores colectivos que nos habitan. Después de esto, reitero la necesidad de hacer trabajo psicosocial para cualquier persona que quiera involucrarse en política.

Recuerdo que cuando fui trabajando mi depresión y mis traumas me di cuenta que no era la única persona de mi generación que tenía impulsos hacía la muerte (y no es que morir sea malo, todas las personas lo haremos algún día). Desde entonces, cada día he ido conociendo más jóvenes que no le encuentran sentido a la vida, y por ende, no tienen un proyecto de vida que les dé pertenencia y/o fuerza vital para construir su camino.

Comencé a preguntarme: ¿Por qué sucede esto? Allí inició mi curiosidad por el trauma social y la transmisión transgeneracional de los traumas. Y especialmente, sobre la pérdida del sentido de vida que puede llegar a tener una generación completa.

Pronto entendí que no se puede separar un evento traumático de su contexto, por lo tanto, cuando una persona decide terminar con su vida, lo más conveniente es integrar y analizar todas las variables de dicho contexto (historia individual, familiar, social, económica y política) en el que sucede el evento, y no solo los motivos de la víctima.

A continuación, comparto algunos elementos que considero importantes para hablar de sobre suicidio de forma sistémica:

  • Cada persona tiene una biografía emocional, con duelos cíclicos, es decir, eventos traumáticos que han ocurrido desde el embarazo y la primera infancia, que al no ser abordados de forma adecuada (como sucede la mayoría del tiempo), se van repitiendo cada cierto tiempo de forma inconsciente, con la finalidad revivir el dolor del trauma originario. Esto viene siendo un mecanismo de homeostasis emocional de la memoria celular. Es como una alarma del cuerpo, para recordarnos que algo está pendiente aún por sanar.
  • Somos la suma de la historia de nuestros ancestros: contenemos sus gustos, sus sueños, sus enfermedades, sus formas de vivir, pero sobre todo, contenemos sus secretos.
    Como si fuéramos unas criptas, como si la historia fuera un fantasma, repetimos sus patrones de comportamiento. Se le llama principio de pertenencia. Nuestro inconsciente hace de todo para pertenecer al sistema familiar, siendo leales a esa historia. Mientras más evadamos los secretos que no se cuentan en las familias, aumentan las posibilidades de repetirlos en las generaciones siguientes. La lista es larga, acá algunos ejemplos: abortos, asesinatos, alcoholismo, suicidios, abuso de drogas, migración, infidelidades, enfermedades, rechazo familiar, pobreza, abuso sexual, violaciones sexuales, desapariciones, y la guerra.
  • Síndrome de sobreviviente,aparece como consecuencia del trastorno por estrés postraumático, cuando está relacionado con la muerte de seres queridos, cuando alguien ha sido testigo de la muerte de otras personas o cuando se ha estado involucrado en una situación en la que otras han muerto, aunque no se haya sido testigo de dicho suceso. Es como si de forma inconsciente el alma se va con quienes murieron. Y para quien sobrevive, es difícil encontrarle sentido a la vida.

Ahora, bien, no se trata de “interpretar” a nuestro gusto los motivos de Valentina, ni cuestionar su decisión. Sería irrespetuoso y arrogante de nuestra parte.

Personalmente, confío en las juventudes de Nicaragua, y espero que la lección de fondo de esta experiencia, la asumamos con responsabilidad, especialmente, quienes queremos construir un país diferente, porque el camino que nos falta es largo.

Espero, Valentina, que por respeto a vos y a tus ilusiones, un día, tomemos a este país en serio y dejemos de repetir los graves errores del pasado.

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