Opinion

Ver entre el arcoíris y las sombras

Después de 27 años de la frustración revolucionaria, vino la traición a la memoria de Sandino del oportunismo orteguista

La Organización de Estados Americanos, mejor conocida como “la OEA”, por fin organizó la comisión diplomática de alto nivel para facilitar un arreglo pacífico y negociado de la crisis política y social de nuestro país. Una crisis cuyos orígenes están en la serie de violaciones constitucionales de Daniel Ortega desde el 2007, cuando su autoritarismo comenzó a degenerar en la dictadura Ortega-Murillo, la que se confirmó como tal, con la represión y los asesinatos del 18 de abril del año pasado, en adelante.

El nombramiento de la comisión de la OEA coincide con sus 51 años de existencia (Colombia, 1948) dando continuidad a los 59 años de su antecesora, la Unión Panamericana (1889) y cada una en su tiempo, nació como instrumento diplomático de la política hemisférica de los Estados Unidos. Es decir, entre las dos organizaciones cumplen 110 años, más los 66 años precursores e inspiradores de la “doctrina Monroe”, desde 1823.

Es cierto que desde entonces “ha pasado mucha agua bajo el puente”, y muchos cambios políticos ha habido en América Latina, pero la inspiración política de la “doctrina Monroe” nunca la desperdició la Unión Panamericana, tampoco la OEA, y con la “doctrina Monroe”… ¡han cumplido 196 años de servicio!

En ese lapso, han sido variadas las formas de la injerencia norteamericana en América Latina, desde guerras de anexión de territorios y países, hasta intervenciones armadas, pasando por golpes de Estado en consorcio: Departamento de Estado-CIA-militares cipayos nacionales. Y todo eso, contó con el apoyo de la UP y de la OEA.

La siempre incómoda historia (¿qué culpa tenemos?)  No es necesario mucho esfuerzo para imaginar, que cualquier cambio que haya sucedido durante ese lapso en la política hemisférica de los Estados Unidos hacia América Latina, no ha sido por su propia gracia, sino por acciones políticas y luchas cruentas de sus pueblos.

Y del nuestro también, claro, cuya bandera más alta estuvo en manos de Augusto Calderón Sandino, durante seis años, para poder expulsar a los interventores norteamericanos (1927-1933), aunque para nadie era posible evitar su continuidad con su injerencia política, a través de su engendro, la dictadura somocista de 45 años, hasta 1979.

Después de 27 años de la frustración revolucionaria, vino la traición a la memoria de Sandino del oportunismo orteguista que ahora ofende a su bandera persiguiendo, secuestrando y asesinando a su pueblo desarmado, pese a lo cual, este pueblo no se rinde.

Esta resistencia, por heroica y justa, es reconocida por todo el mundo, pero un pueblo inerme no podría resistir por tiempo indefinido solo con el reconocimiento –como no sería capaz de hacerlo ningún otro pueblo—, sin seguir sufriendo pérdidas de vidas humanas, y la postergación del bienestar social de los sobrevivientes… ¡por quién sabe cuántos años más!

Así, sin nada más con defenderse que su dignidad, y continuar resistiendo la represión con sus manos vacías, el pueblo nicaragüense ha tenido que demandar la solidaridad internacional, incluida la de la OEA.  Y esa demanda, no es un reconocimiento de su historia ni a sus vínculos actuales con los Estados Unidos, sino porque, siendo nuestro país un activo miembro de este organismo, está obligado a darle cumplimiento a sus declaradas finalidades democráticas, las mismas que se obtuvo en 1978, cuando el FSLN lo demandó para derrotar la dictadura de Somoza.

Además, el Gobierno de Ortega nunca ha renunciado a su membresía, y por eso está obligado a cumplir con los acuerdos de la OEA.  No se vale que solo ejerza su derecho de ocuparla como tribuna para justificar sus crímenes contra el pueblo.

La necesidad de evitar más sacrificios a nuestro pueblo, es la causa principal para que se haya recurrido, y se siga recurriendo, a la solidaridad internacional con todo derecho y razón.  Eso debería entenderlo todo político de derechas o de izquierdas. Por otra parte, aquí nadie tiene posibilidades de cernir esa solidaridad, como si fuera arena o trigo, para evitar ulteriores intenciones de ningún gobierno del país que sea.

La dignidad nacional se perdió alguna vez en el pasado, pero la dignidad se mide y se resguarda según el presente, y, en este presente que vivimos, recibir solidaridad de cualquier lugar que venga, nada tiene que ver con la dignidad, sino con la necesidad de sobrevivir y derrotar a la dictadura sin más violencia ni guerras.

La dignidad de un país no está solo a lo largo de sus fronteras, ni es algo etéreo que está flotando en las nubes que pasan sobre su territorio, sino que radica y se manifiesta en esta tierra en el respeto a la vida de los seres humanos que la pueblan.  Y como aquí ninguna autoridad gubernamental respeta la vida, la libertad ni cuida del bienestar de su población, no será, entones, la solidaridad que venga de un gobierno considerado adversario político de los dictadores, la que ofenderá nuestra dignidad; al  contrario, si esa solidaridad no viniera o fuera condicionada, la dignidad seguiría doblemente ofendida.

Esta realidad, no puede cambiarse aplicando recetas teoricistas, que hayan nacido apropiadas a otras realidades. Intentarlo, sería copiar la orientación y el lenguaje de Trump y su séquito de ultra derecha, quienes aprovechan la imagen y práctica repulsivas de “nuestros” dictadores, para comparar y, de paso, desplegar su fobia política contra otros países, en su búsqueda de la restauración conservadora en América Latina.

Frente a todo eso, no importan las características políticas de quienes nos den su solidaridad en esta lucha por la vida ante la dictadura.  T debe recordarse, que aquí no solo está en juego la vida, sino también conservarla en libertad, con respeto a todos los derechos y de gozarlos en democracia.

Por estar consciente de eso –y aunque hubiera una parte del pueblo que solo clamara solidaridad por instinto de sobrevivencia—, es que no debe ponerse obstáculos políticos e ideológicos, ni de preferencias personales y partidarias, al cumplimiento de las gestiones de la OEA.  Las que deberá cumplirlas con respeto y prontitud, como lo reclama el pueblo nicaragüense.

Es real que detrás de la solidaridad internacional existe el interés geopolítico del gobierno de Donald Trump, con su proceder atrabiliario, caprichoso, medio fascista y racista. Pero, ante eso, se nos impone la realidad de que las torpezas imperiales de los gobernantes extranjeros no son exactamente iguales –ni causan perjuicios tan directos e inmediatos— como los están causando las torpezas dictatoriales de los Ortega-Murillo.

Los múltiples problemas económicos y políticos que provoca Trump con su política exterior, no hay que verla con una visión sectaria y absoluta.  Recordemos la diferencia de la política realista de Barack Obama, con la política intolerante de Donald Trump, con respecto a las relaciones y el tratamiento de sus conflictos históricos con Cuba, para observar cómo nada es igual, pese a que ambos gobernantes responden con su propio estilo, a la política exterior de su país, y ninguno le cambia su naturaleza imperial.

Y una de las razones para no tener una visión sectaria ni para mirar todo en absoluto blanco y negro, entre otras, es que el mundo es un arcoíris de conflictos y no solo está lleno de sombras, ni las políticas que tratan cada caso no son –ni pueden tener—una reproducción mecánica.

Se debe evitar, para bien de nuestra causa, el mirar los problemas como un solo manojo, sin ninguna fisura ni las diferencias de tonalidades entre sus componentes.

En fin, hagámonos esta pregunta y respondámonos con sinceridad: ¿a quiénes les conviene más, que la unidad de los nicaragüenses se desintegrara por las diferencias de visión ideológica, color, origen social, religión y militancias políticas de los opositores, sino a los dictadores?

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