Opinion

¡Ya no caben más muertos!

El drama de los juigalpinos obedece a que no hay visos que vaya a construirse un nuevo cementerio

Puede alguna autoridad decretar la defunción de un cementerio? ¿En qué momento debe hacerlo y cuáles son las razones que podría aducir? El cementerio de Juigalpa —con más de un siglo de existencia— vive su ocaso. ¡Ya no caben más muertos! Su construcción marcaba hacia el noroeste los límites de la provincia ganadera. El vecindario del campo santo— muchísimos años después— fue habitado en la parte norte, por las familias de Lupón, Sisimique y Delia Vargas; y por la familia Flores en la parte sur. Entonces fue cuando empezaron las dudas de que los muertos salen. ¿Cómo explicar que varias familias habitaran sus orillas sin ningún temor? Asistíamos al despegue y apogeo de Pancho Madrigal (1959). Sus relatos estaban poblados de muertos y aparecidos. Era la época que Radio Mundial catapultaba los gustos de la audiencia. Fabio Gadea —su creador— estaba consciente que para garantizar el éxito debía mantenerlo en esa emisora. Él se había marchado a dar vida a Radio Católica (1960).

El drama de los juigalpinos obedece a que no hay visos que vaya a construirse un nuevo cementerio. Al menos no existen planes al corto plazo. Para enfrentar el déficit de tierras han tenido que expandirlo hacia el oeste. En unas lomas de difícil acceso. Las familias lamentan apesaradas —que además de sufrir el deceso de sus seres más queridos— tienen que soportar el suplicio de encaramarse sobre un terreno escarpado. Esto dificulta decir un adiós digno a sus deudos. En términos precisos lo que acontece a los habitantes de Juigalpa viene a ser la antítesis de lo que ocurre en El Bien Amado. La telenovela brasileña nació de la inspiración de Dias Gomes. Un éxito taquillero del Sistema Sandinista de Televisión. Odorico Paraguazú, Alcalde de Sucupira —un poblado pobre ubicado en Bahía— decidió construir un panteón. Lo hizo con la intención de perpetuar su nombre. El cementerio colmaba un vacío. Sería su opera magna. Como suele ocurrir el terreno lo había comprado a él mismo a un precio inverosímil.

Las vicisitudes de Odorico —sus jaquecas y dolores de cabeza— obedecen a que nadie muere en Sucupira. En su desesperación contrata un asesino para que de muerte a cualquiera de sus habitantes. El delincuente para entonces era una mansa paloma. No cumple sus deseos. Avisado de un huracán que viaja en dirección de Sucupira en vez de causar estupor a Odorico le provoca alegría. Al fin podrá conseguir su propósito. Desoye al gobernador de Bahía. No toma providencias. Para su desgracia el huracán se desvía. Un médico prominente llegado de la capital evita que los enfermos mueran. Odorico jamás logra su cometido. En Sucupira nadie muere. La obra constituye un revés para sus aspiraciones políticas. En Juigalpa, el alcalde que construya un nuevo cementerio, será recordado toda la vida. Se trata de una obra urgente. Necesaria. A diario hay dos o tres fallecidos. Las baratas recorren las calles dando a conocer los nombres de los muertos, invitando a su misa y sepelio.

Zenaida —la panteonera— no sabe dónde ubicar a los nuevos fallecidos. Muy pocas familias están de acuerdo en enterrar sus muertos en la parte alta. El terreno adquirido por Erwing de Castilla —cuando estuvo al frente de la comuna juigalpina— no es muy codiciado. Casi todos prefieren que sus deudos queden en la parte baja. Cómo hacerlo si ya no queda espacio, se lamenta Zenaida. El trabajo lo heredó de su madre. Delia Vargas empezó a laborar en el cementerio a partir de 1979. Después de su fallecimiento, Zenaida se hizo cargo del empleo el 1 de octubre de 1987. Ya tiene 28 años de abrir y cerrar las puertas del cementerio. Yo quisiera —agrega— que todos fuesen sepultados donde desean sus familiares. Solícita les acompaña a escoger el lugar donde quieren sepultar a sus abuelas, abuelos, padres, madres, hermanos y hermanas, primas y demás parentela. Un oficio duro. Ahora no es como antes —reflexiona en voz alta— por allá se morían a lo sumo dos o tres personas. Entierros hay todos los días.

II

Las familias mantienen una profunda relación afectiva con los cementerios. Son los depositarios de lo más querido entre sus seres queridos. Con excepción de los sepelios cuyas familias se desplazan por la Carretera al Rama, la ruta que siguen los entierros desde su fundación es la misma. Nunca ha variado. En el argot popular se dice que todos tendrán que transitar por la bajada de Juan Báez. Una manera de aludir el último trecho que deberá recorrerse para llegar al campo santo. La entrada que iba a construirse en la parte trasera —por el Ceibón— nunca se hizo. Otra promesa incumplida por alcaldes cuya mayor preocupación ha sido la de mantenerse en el cargo. Sus preocupaciones son otras. Existen excepciones. La de Carlos Guerra Colindres 1961-1962 y la de Isaac Salvador Chaco Deleo Rivas 1990-1996. Ambos ediles son recordados por su empeño en el desarrollo de Juigalpa. Sus nombres son recordados y quedaron incorporados en la historia local.

La primera imagen colocada sobre una tumba fue la de doña Estelita Vigil, fallecida el 30 de septiembre de 1932. Un Ángel traído de Granada por su esposo cruzó el Lago Cocibolca. Entró por Puerto Díaz. Todavía Chontales no tenía acceso por tierra con el resto del país. Su llegada fue todo un acontecimiento. Decenas de personas fueron hasta el cementerio para ver la imagen. Llegó el mismo día que en Juigalpa las Lechuguitas celebraban a san Jerónimo doctor —el 30 de septiembre— santo patrono de los masayas. Eso supuso un doble festejo. Uno para el santo milagroso y otro para dar la bienvenida al Ángel que acompaña todavía en su soledad a Estelita. El registro más antiguo —con nombres en una placa— se debe a la pareja conformada por J. A. J. fallecido el 9 de febrero de 1915 y la de L de Jerez muerta el 24 de noviembre de 1916. Ella no resistió la desaparición de su esposo. Abajo puede leerse: Bajo la sombra de la Cruz descansen en paz. Con eso basta. La cruz significa todo, afirma Zenaida.

La sentencia que más llama la atención es la del general Arsenio Cruz, fallecido el 28 de abril de 1941. Además de incluir signos masónicos —esas mismas personas que sesionaban donde fue la casa de Eudelia— dejó escrito su epitafio: No hay religión más elevada que la verdad. No hay duda que el prestigiado militar chontaleño reafirmaba su condición de hombre progresista. Amante de la verdad como lo fue Sócrates —el filósofo griego— creyó que solo eso bastaba poner. Siendo de raigambre conservadora se comportaba como liberal. Un adelantado al resto de sus correligionarios. En esa época y todavía ahora, la inmensa mayoría de los muertos eran puestos en manos del dios cristiano. Los seres humanos —ávidos por trascender— se apegan a los dictados de las religiones que profesan. Nadie, absolutamente nadie, pareciera querer morirse para siempre. Todos los creyentes apuestan por la resurrección definitiva.

El amor por nuestros deudos es imperecedero. Se inscribe más allá de la muerte. Esa devoción se aprecia mejor en la reafirmación de afecto profesada por Socorro Aguilar Barea con su hijo Freddy Figueroa Aguilar. Una madre jamás piensa que a ella corresponderá enterrar a sus hijos. Biológicamente a cada uno de nosotros corresponderá sepultar a nuestros padres y madres. El caso de la Coco fue a la inversa. Tuvo que afrontar el más insondable dolor. Todas las semanas —de forma religiosa— limpia la sepultura de Freddy. Las flores lo acompañan de manera permanente. 46 años antes había sido enterrado en este mismo lugar a su hijo Luis E Figueroa Aguilar —8 de junio de 1951—9 de junio de 1951. Luego le repuso. Una madre jamás dejará que se apague la llama incandescente del amor. Una muestra convincente para dar inicio a la construcción del nuevo cementerio. El actual no da para más. ¿Serán las autoridades municipales o las de salud quienes certificaran su defunción?

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